29 de noviembre de 2012

La entrevista al ministro

A Isabela Dávila

   El ministro de Economía se prestó, previa administración de un valium, a una entrevista televisiva con el entrevistador menos agudo que se pudo encontrar en toda la cadena para que no pusiera en un aprieto a un personaje tan importante para el buen funcionamiento de la nación. Así los presentadores más prestigiosos de la cadena no perdían caché ante los espectadores. Por ello, hubieron de buscar a un periodista que solo trabajaba de corresponsal para contar chistes en un programa de las seis de la mañana y que en realidad se dedicaba a la agricultura a tiempo completo.

   El ministro entró tambaleándose y con las manos temblorosas al plató, el agricultor chistoso le dio la mano y, sentado el entrevistador en una silla de diseño sencillo para dar imagen de limpieza y el ministro en un sillón muy elegante para dar empaque a su presencia, comenzó la entrevista. El agricultor y entrevistador, llamado Chumillas, comenzó con una pregunta que puso más pálido al ministro de lo que estaba: 

   -Señor ministro, buenas noches -dijo-. ¿Puede decirnos cuánta gente ha muerto ya en España a causa de la Crisis?

   -¡Por favor, Chumillas -respondió el ministro-, qué preguntas hace usted! Con esa actitud no se incentiva el consumo y no se regenera la economía. Cuide lo que dice. Nadie tiene que morir por la crisis, por supuesto que no, la vida es lo más importante que tenemos los seres humanos...

   -¿Por qué quiere usted vender a España? -preguntó Chumillas a continuación.

   -¡Chumillas, haga usted el favor! -dijo el ministro-. No he dicho que quiera vender España, lo que yo quiero es que España sea vendible como producto, para que los inversores inviertan aquí y creen puestos de trabajo, cosa que es muy diferente...

   -¿Por qué hay españoles que sufren escasez de alimentos y los agricultores vemos perderse nuestros productos en las plantaciones porque, por no encontrar compradores, no podemos recogerlos aunque ya estén maduros o buenos para consumirse? -dijo Chumillas.

   -Bueno, es así el juego de la economía, Chumillas -dijo el ministro, sonriéndose un poco-, puede parecernos bien o mal pero así se las gasta el dinero. Hay que adaptarse a esto, no hay más remedio...

   -Mi madre me decía de pequeño que no jugara con la comida. Y ahora, que ya tengo una edad, ¿me recomiendan lo contrario? -Chumillas hizo unas muecas grotescas para despertar las risas de los espectadores, como acostumbraba cuando contaba sus chistes de las seis de la mañana-. Dígame señor ministro, ¿cuántos agricultores que se desnuquen trabajando juegan a la bolsa de valores, cuántos obreros de las fábricas dirigen bancos, cuántos ciudadanos hambrientos trabajan en la política? ¿Por qué se les deja a unos hombres que no tienen experiencia de sufrimiento alguno, que viven en la molicie y que no son más que ludópatas reprimidos decidir el destino de los ciudadanos? 

   El ministro torció la boca y, con aire desdeñoso, respondió:

   -Señor Chumillas, abandone ese tono agraviante o de lo contrario saldré de este plató. Esto empieza a parecerme más una maniobra de manipulación de la opinión pública que un programa de información veraz...

   -Señor ministro, ¿por qué le da más importancia al dinero que a las personas?

   -El dinero no es más que un símbolo del esfuerzo invertido en los demás -respondió el ministro-, si no existiera el dinero, la sociedad se disgregaría, nadie haría nada por nadie. Usted mismo reconoce lo duro que es trabajar...

   -Claro, claro, señor ministro, muy profundas sus palabras... Me acaba de definir a la Humanidad como un esclavo de su propio invento, el dinero, la herramienta que nos gobierna en base a la filosofía del intercambio. Pero la filosofía del intercambio es la más bastarda de las actitudes humanas. El ser humano solo es feliz siendo generoso más allá de todo interés. Cuando hace algo por la felicidad de sus semejantes es mucho más feliz que cuando lo hace solo para sí mismo. Un hombre solo no es nadie, es medio hombre. Un hombre que no practica el amor a sus semejantes está muerto, no ha llegado a ver en lo profundo de su naturaleza esencial. Hemos venido a este mundo para amar y para ser nosotros mismos, no para sacar de los demás un miserable sustento con un esfuerzo que todo el dinero del mundo no llegaría a pagar con justicia porque el trabajo nos da una vida dura e infeliz cuando no significa nada para nuestro corazón...

   Al ministro, con los nervios, le acometió, oyendo estas palabras, una risa floja y no fue capaz de frenar sus carcajadas para dar la réplica; como consecuencia de ello, hubo que interrumpir la retransmisión. El ministro no se esperaba un discurso tan coherente y de tal altura filosófica viniendo de un agricultor mostrenco que contaba chistes por la mañana. Le caían las lágrimas mientras reía como un poseso y no era capaz de parar. Parecía que le hubieran contado el chiste más gracioso de toda su vida. En realidad reía de impotencia porque no podía replicar nada contra lo que Chumillas había expuesto. Al día siguiente, el Presidente del gobierno le destituyó y nombró a un viejo político, retirado desde hacía muchos años y sordo como una tapia, que de joven había levantado una empresa con el capital que ganó jugando a la ruleta y había estado toda su vida enamorado del dinero.

   Cuando algunas personas preguntaron a Chumillas de dónde había sacado un agricultor como él las ideas que había manifestado en la entrevista, les respondió que ser agricultor no implicaba ser un porro y que, en todo caso, él no lo era porque, tras acabar la carrera de Filosofía, había estudiado un maestrado y luego, como la agricultura era un oficio que le daba vida y le gustaba a él personalmente, decidió dedicarse a ella en cuerpo y alma y solo en los ratos libres leía libros y cultivaba su espíritu.

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