1 de noviembre de 2012

El robo a un banquero (Cuento para un día de Todos los Santos)

A Susana Escarabajal Magaña

   En la puerta del cementerio, un policía municipal paseaba, parsimonioso, entre la multitud el día de Todos los Santos en una población no excesivamente importante de la Comunidad Murciana. No serían las diez de la mañana cuando un hombre vestido con un traje muy elegante, un aspecto muy pulcro y unas maneras llenas de urbanidad se acercó a él con una palidez cadavérica en el rostro y le dijo: 

   -Agente, quiero denunciar el robo de unas flores. 

   -Dígame cuándo ha ocurrido, el lugar y la naturaleza del objeto robado -dijo el policía sacando su blog de notas.

   -Mire usted, yo estaba en el panteón familiar, porque he venido a visitar la tumba de mis difuntos padres desde Madrid, donde soy uno de los accionistas principales de un gran banco... -el policía, al oír esto, casi se cuadra y saluda militarmente pero se contuvo al darse cuenta de lo ridículo que resultaría-. Hace no hará ni diez minutos, he ido al cuarto de baño sin cerrar el panteón porque creí que, tratándose de la última morada de un ser humano, nadie osaría robar nada pues la ira de Nuestro Señor caerá sin piedad alguna sobre tan malvado sujeto. Y cuando he vuelto, se me ha caído el alma al suelo porque las flores que he traído para honrar la memoria de mis dignísimos progenitores, de grandísimo valor pues había especímenes traídos incluso de la India, de donde han sido importados expresamente para este cometido concreto, habían desaparecido y no sé qué clase de desaprensivo puede habérselas llevado ni sé cómo empezar a buscar su paradero... De modo que mis padres, que quería que fueran los mejor honrados de este cementerio ahora no tienen ni un miserable clavel con que adornar su tumba este día tan especial.

   El policía lo anotó todo y, acto seguido, sin un segundo de vacilación, dijo al banquero: 

   -Venga conmigo, hágame el favor.

   Y el policía entró en el recinto del cementerio y, seguido por el banquero, con paso firme y sin mirar a los lados se dirigió, avanzando entre calles y doblando recodos hasta una pequeña tumba de piedra que se levantaba sobre el suelo con una placa que decía: 

MURIÓ ROBANDO PARA SUS HIJOS Y SU ESPOSA 

   Nada más llegar, el banquero lanzó una exclamación de alegría: 

   -¡Gracias a Dios! ¡Estas son las flores, sí! Muchísimas gracias, señor agente, su pericia es asombrosa. ¿Cómo ha podido encontrarlas con semejante celeridad?

   El policía, con el tono despreciativo de quien deplora el abuso de los desaprensivos, respondió:

   -Digamos que es un difunto con antecedentes...

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