15 de noviembre de 2012

El padre de Filippo

A Stella Ross

   Filippo volvía a su pueblo con su esposa después de diez años de ausencia. En ese tiempo se había convertido en una persona absolutamente diferente. Había dejado de ser el despistado y tímido adolescente que todo el mundo ignoraba y daba de lado para llegar a ser un auténtico artista de la fotografía que exponía en Nueva York y París y que había contraído matrimonio con una de las más atractivas actrices del momento. Pero lo que Filippo tenía en mente mientras su vehículo entraba en la comarca de su pueblo natal era la forma en que su padre, un adusto profesor de matemáticas que daba clases en el instituto, se despidió de él.

   Filippo, aquel día, iba a emprender un viaje a Londres en compañía de su tío Enrico, que se iba a establecer en aquella ciudad de forma permanente. Allí tenía previsto estudiar una carrera. Filippo era el mediano de tres hermanos y siempre se había sentido alguien de poco valor para la familia, en especial para su padre, que menospreciaba su carácter tímido y apocado y su torpeza para las matemáticas, que los otros dos hermanos dominaban con la destreza natural del profesor.

   Filippo recordaba cómo esperó más de media hora en la puerta de casa mientras Enrico y su padre hablaban con mucha cordialidad, deseándose suerte y comentando sus planes de futuro con esperanza. Filippo, con diecisiete años, permanecía a cierta distancia por no inmiscuirse en la conversación de los mayores. Finalmente, su tío abrazó a su padre y se dirigió al taxi. Filippo observó que su padre miraba cómo se marchaba Enrico pero le parecía que no se fijaba en él. Entonces levantó tímidamente su brazo para saludarle pero su padre no hizo otra cosa en ese mismo instante que volver la espalda y entrar en casa.

   Durante aquellos diez años, Filippo había sentido muchas veces la añoranza del hogar y, a medida que iba consiguiendo sus metas, lo que más le satisfacía era la esperanza de ganar importancia a los ojos de su padre. Había fotografiado muchas veces el desamor, el abandono, la marginación. Todo se lo inspiraba el recuerdo del adusto profesor de matemáticas, su padre, viudo desde que Filippo tenía tres años.

   Cuando el coche de Filippo paró en el patio de su casa natal, nada parecía distinto a aquel día que salió de allí en el taxi en dirección al aeropuerto junto a su tío Enrico. Salió del coche y el corazón le dio un vuelco cuando, en la puerta por la que aquel día entró su padre sin responder a su saludo, apareció de pronto un hombre canoso que muy pronto identificó como aquel cuyo afecto y estimación había codiciado toda su vida sin conseguirlos a su entender. Entonces, como si el tiempo volviera atrás para sanar las heridas, su padre levantó su mano y saludó con una sonrisa a su hijo. Filippo al verle aproximarse abrió los brazos para recibirle en un abrazo pero su padre a mitad de camino torció hacia el establo, se metió en él y al rato salió montado en un caballo para dar su paseo de los domingos por la campiña.

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