29 de noviembre de 2012

La entrevista al ministro

A Isabela Dávila

   El ministro de Economía se prestó, previa administración de un valium, a una entrevista televisiva con el entrevistador menos agudo que se pudo encontrar en toda la cadena para que no pusiera en un aprieto a un personaje tan importante para el buen funcionamiento de la nación. Así los presentadores más prestigiosos de la cadena no perdían caché ante los espectadores. Por ello, hubieron de buscar a un periodista que solo trabajaba de corresponsal para contar chistes en un programa de las seis de la mañana y que en realidad se dedicaba a la agricultura a tiempo completo.

   El ministro entró tambaleándose y con las manos temblorosas al plató, el agricultor chistoso le dio la mano y, sentado el entrevistador en una silla de diseño sencillo para dar imagen de limpieza y el ministro en un sillón muy elegante para dar empaque a su presencia, comenzó la entrevista. El agricultor y entrevistador, llamado Chumillas, comenzó con una pregunta que puso más pálido al ministro de lo que estaba: 

   -Señor ministro, buenas noches -dijo-. ¿Puede decirnos cuánta gente ha muerto ya en España a causa de la Crisis?

   -¡Por favor, Chumillas -respondió el ministro-, qué preguntas hace usted! Con esa actitud no se incentiva el consumo y no se regenera la economía. Cuide lo que dice. Nadie tiene que morir por la crisis, por supuesto que no, la vida es lo más importante que tenemos los seres humanos...

   -¿Por qué quiere usted vender a España? -preguntó Chumillas a continuación.

   -¡Chumillas, haga usted el favor! -dijo el ministro-. No he dicho que quiera vender España, lo que yo quiero es que España sea vendible como producto, para que los inversores inviertan aquí y creen puestos de trabajo, cosa que es muy diferente...

   -¿Por qué hay españoles que sufren escasez de alimentos y los agricultores vemos perderse nuestros productos en las plantaciones porque, por no encontrar compradores, no podemos recogerlos aunque ya estén maduros o buenos para consumirse? -dijo Chumillas.

   -Bueno, es así el juego de la economía, Chumillas -dijo el ministro, sonriéndose un poco-, puede parecernos bien o mal pero así se las gasta el dinero. Hay que adaptarse a esto, no hay más remedio...

   -Mi madre me decía de pequeño que no jugara con la comida. Y ahora, que ya tengo una edad, ¿me recomiendan lo contrario? -Chumillas hizo unas muecas grotescas para despertar las risas de los espectadores, como acostumbraba cuando contaba sus chistes de las seis de la mañana-. Dígame señor ministro, ¿cuántos agricultores que se desnuquen trabajando juegan a la bolsa de valores, cuántos obreros de las fábricas dirigen bancos, cuántos ciudadanos hambrientos trabajan en la política? ¿Por qué se les deja a unos hombres que no tienen experiencia de sufrimiento alguno, que viven en la molicie y que no son más que ludópatas reprimidos decidir el destino de los ciudadanos? 

   El ministro torció la boca y, con aire desdeñoso, respondió:

   -Señor Chumillas, abandone ese tono agraviante o de lo contrario saldré de este plató. Esto empieza a parecerme más una maniobra de manipulación de la opinión pública que un programa de información veraz...

   -Señor ministro, ¿por qué le da más importancia al dinero que a las personas?

   -El dinero no es más que un símbolo del esfuerzo invertido en los demás -respondió el ministro-, si no existiera el dinero, la sociedad se disgregaría, nadie haría nada por nadie. Usted mismo reconoce lo duro que es trabajar...

   -Claro, claro, señor ministro, muy profundas sus palabras... Me acaba de definir a la Humanidad como un esclavo de su propio invento, el dinero, la herramienta que nos gobierna en base a la filosofía del intercambio. Pero la filosofía del intercambio es la más bastarda de las actitudes humanas. El ser humano solo es feliz siendo generoso más allá de todo interés. Cuando hace algo por la felicidad de sus semejantes es mucho más feliz que cuando lo hace solo para sí mismo. Un hombre solo no es nadie, es medio hombre. Un hombre que no practica el amor a sus semejantes está muerto, no ha llegado a ver en lo profundo de su naturaleza esencial. Hemos venido a este mundo para amar y para ser nosotros mismos, no para sacar de los demás un miserable sustento con un esfuerzo que todo el dinero del mundo no llegaría a pagar con justicia porque el trabajo nos da una vida dura e infeliz cuando no significa nada para nuestro corazón...

   Al ministro, con los nervios, le acometió, oyendo estas palabras, una risa floja y no fue capaz de frenar sus carcajadas para dar la réplica; como consecuencia de ello, hubo que interrumpir la retransmisión. El ministro no se esperaba un discurso tan coherente y de tal altura filosófica viniendo de un agricultor mostrenco que contaba chistes por la mañana. Le caían las lágrimas mientras reía como un poseso y no era capaz de parar. Parecía que le hubieran contado el chiste más gracioso de toda su vida. En realidad reía de impotencia porque no podía replicar nada contra lo que Chumillas había expuesto. Al día siguiente, el Presidente del gobierno le destituyó y nombró a un viejo político, retirado desde hacía muchos años y sordo como una tapia, que de joven había levantado una empresa con el capital que ganó jugando a la ruleta y había estado toda su vida enamorado del dinero.

   Cuando algunas personas preguntaron a Chumillas de dónde había sacado un agricultor como él las ideas que había manifestado en la entrevista, les respondió que ser agricultor no implicaba ser un porro y que, en todo caso, él no lo era porque, tras acabar la carrera de Filosofía, había estudiado un maestrado y luego, como la agricultura era un oficio que le daba vida y le gustaba a él personalmente, decidió dedicarse a ella en cuerpo y alma y solo en los ratos libres leía libros y cultivaba su espíritu.

26 de noviembre de 2012

La crisis tonta

A Isi Dávila

   En el módulo lunar, LUMBRERA-Z56, en la cafetería de la Academia de Historia Antigua, Selenio Gámez, ojeaba distraído el Moon Magazine, sentado en una de las sillas ergonómicas del local, cuando apareció Frank Vázquez quien, tras pedir un capuchino, se sentó junto a Selenio, cogió una aceituna de su plato y mientras la masticaba le dijo:

   -¡Selenio, hombre, dichosos visores míos! ¿Dónde has estado todo este tiempo que no te hemos visto la calva?

   -Pues mira, Frank, escapando un poco de la dura realidad para sumergirme en el estudio de tiempos lejanos y sugestivos -contestó Selenio con tono pesaroso.

   -¿En la Biblioteca Lunar? -preguntó Frank.

   -Sí -respondió Selenio-, estudiando la crisis económica que hubo en el siglo XXI después de Jesucristo.

   -Ahá. Muy interesante -dijo Frank-. ¿Has visionado imágenes? Están bastante vetadas últimamente debido a los ataques de desesperación. Un anciano que vio un bosque en el visionador se electrocutó deliberadamente rompiendo la pantalla con sus puños.

   -Me he enterado pero sí pude ver imágenes; como historiador tengo derecho. Vi un telediario de la primera cadena de Televisión Española perfectamente conservado donde se veía a un matrimonio llorando por un desahucio hecho por el banco. Se marcharon directos a la calle a pesar de que votaron sí a la Constitución.

   -¡Qué extraño! ¿Por qué motivo? 

   -Estaban pagando el piso a plazos pero se quedaron sin trabajo y, como dejaron de abonar los plazos, el banco los echó a la calle.

   -¿No eran buenos en el trabajo? ¿Eran perezosos o negligentes? 

   -No -contestó Selenio-, fueron víctimas de despidos por reajustes de plantilla. Las empresas estaban en crisis y, si no despedían a parte del personal, acababan quebrando.

   -¿Y tenían la culpa los empleados de esa crisis de las empresas? -preguntó ingenuamente Frank.

   -No. La culpa de la crisis fue la burbuja financiera -dijo Selenio.

   -Suena como a traje espacial para uso erótico -dijo Frank.

   -No tiene nada que ver -respondió Selenio-. Los bancos se habían dedicado a prestar dinero a todo el mundo, esto hizo aumentar el capital pero con dinero irreal pues el dinero podía pasar de una cuenta a otra de los bancos sin necesidad de hacerse efectivo. La gente comenzó a comprar su segundo coche, su segunda casa, su segundo chalet, pero no lo pagaba al contado sino a plazos y para acabar de pagarlo se necesitaba que la gente se empeñara en comprar su tercer coche, su tercera casa, su tercer chalet... Pero de pronto el consumo decreció, la gente se hartó de tener cosas y todo se quedó sin pagar. Las empresas quebraron y la economía se paralizó. 

   -Bueno, fue una crisis tonta -dijo Frank-. La solución la tuvieron en la palma de la mano y no la usaron: en lugar de tener dos coches, ¿por qué no fueron por el tercero?

   -Bueno -dijo Selenio-, supongo que porque todavía no tenían la opción de vivir en la Luna.

24 de noviembre de 2012

Cuando murió el orgullo

A Isi Dávila

"Yo sé que existo
porque tu me imaginas..."

-Muerte en el Olvido, Ángel González-

   Marcos Montilla, desde que era un niño, vivía obsesionado con la idea de que no era amado por nadie. Cuando sus otros hermanos o sus amigos conversaban alegre y animadamente o jugaban o bromeaban llenos de complicidad, él se hacía a un lado, dolido porque imaginaba que era excluido por ellos y que solo le ofrecían un trato afectuoso cuando estaba a solas con cada uno de ellos por separado.

   Su humor, por esto, se fue agriando con los años. No conseguía el amor de ninguna mujer, según él, porque había en su aspecto físico o en su personalidad algo que las repelía. En realidad, había dejado escapar muchísimas oportunidades convencido de que las mujeres con las que iniciaba una relación o que empezaba a conocer jamás llegarían a amarle y de que todo lo que les inspiraba era frío y desprecio.Hasta que llegó un día el amor de verdad.

   Isabel era una desconocida que descubrió en internet. Con el tiempo y el trato continuado pero restringido al medio cibernético, Marcos se enamoró vivamente de ella a sus 47 años. Su corazón, sediento de afecto, halló un remanso de dulzura en aquella mujer, que sentía apacible y bondadosa, sencilla e inteligente, hermosa y delicada, y le declaró su amor de la forma más apasionada. Ella, vencida al fin por sus ruegos, le abrió su corazón.

   Marcos, hecho al rencor, al sufrimiento, al desamor, a la frustración más amarga, a ver pasar la vida sin el calor de un afecto, hizo ver entonces su faz más sombría. Una semana después de que ella accediera a corresponder a su amor, habló con una amiga de Isabel en internet. Cuando le preguntó dónde vivía, la amiga le dijo que era de Alemania y que siempre había vivido en ese país. Esta revelación, en apariencia inocua, en la mente de Marcos adquirió la magnitud de un seísmo emocional. Isabel siempre le había dicho que era amiga íntima de ella de toda la vida y, sin embargo, sabía, porque se lo había dicho, que nunca había estado en Europa.

   Inmediatamente, abrió su correo y escribió este email en medio de la mayor desesperación y el dolor más profundo:

   "¿Quisiera saber quién se esconde en realidad tras la máscara de esa mujer tan bondadosa y tierna que me ha enamorado estos últimos ocho meses. Mi vida ha sido un infierno de soledad, he despertado el desprecio de la Humanidad, siendo no más que uno de su misma especie, aunque el más desafortunado de todos. Pero en ti había visto alguien que había curado mis llagas cuando más dolor me estaban produciendo. Ahora veo claramente la auténtica cara que, representados por ti, muestran mis semejantes ante la fragilidad de los que, como yo, anhelamos el amor en este mundo tan duro y frío. La de la crueldad más absoluta y el sarcasmo más desolador. 
   "Has destruido mi vida, has destrozado mi corazón. No sé quién eres en realidad. Tu amiga Helga ha vivido siempre en Alemania, por lo que, si tú fueras argentina, no podrías haber establecido una amistad íntima con ella. Me has mentido, Isabel, si es que te llamas así, que sospecho que no. Te has reído a gusto de mis sentimientos. Yo solo puedo entregarme ya al anhelo de la muerte, que mi cobardía me impide procurarme por medios directos. Solo espero que me llegue pronto pues la vida se me ha hecho ya tediosa y mi impaciencia por terminar con este tedio me está exasperando."

   Marcos envió este email a la dirección de Isabel y esperó todo un día la respuesta. Pero esa respuesta no llegó ni al día siguiente ni al otro ni a la semana siguiente. Marcos no había olvidado su amor. Y, en medio de su dolor, reflexionó y comprendió que su reacción había sido irracional. Isabel podía haberse convertido en amiga íntima de Helga de la misma manera que él se había enamorado de Isabel solo a través de internet. El hecho de que Isabel no respondiera quizá podría añadir un grado de culpabilidad a sus sospechas contra ella pero él decidió, por una vez en su vida, conceder una oportunidad al amor. No importaban ya las razones por las que durante toda su vida había sospechado que era odiado por todos, ni si había auténticos motivos de peso para no ser amado por los demás, no le importaba ya no ser amado por las mujeres, ni tan siquiera por Isabel. El amor verdadero, el que está más allá de toda condición, el que da la libertad al espíritu, se le representó de pronto como algo mucho más relevante por sí mismo que las compensaciones que pudiera obtener de los demás por ese sentimiento.

   Creyó necesario para sí mismo, para su felicidad, usar de la generosidad suprema y, fuera Isabel quien fuera, volver a demostrarle su afecto e incluso hacer mayor que antes el grado de apasionamiento con que lo hacía. Sintió, en su alma iluminada por el amor, en un primer movimiento de su imaginación, que Isabel necesitaba ser amada por él. Decidido a complacer a quien empezaba a amar sin interés alguno con toda la fuerza de su corazón abierto de repente, por primera vez en su vida, a la generosidad, le escribió un nuevo email:

   "Isabel, mi tierna niña, vuelve, por favor. Regresa, te lo ruego. Sé que me amas y que estás, sin embargo enojada conmigo..."

    Pero Isabel no respondió. Marcos, siempre usando su imaginación para construir el amor que soñaba sobre la base de una realidad insegura, como lo es siempre la realidad en cualquier circunstancia en que se mueva un ser humano, decidió que Isabel deseaba que le siguiera escribiendo y, a los dos días, le escribió un nuevo email:

   "Isabel, es ya otoño en España. Los árboles del parque están dejando caer las hojas. Te parecerá una imagen tópica pero el corazón no tiene muchas cosas diferentes en las que fijarse en el mundo y, las hojas caídas me recuerdan que el dolor de morir y dejar este mundo es para los que no han conocido un amor como el nuestro porque este amor que yo te tengo y tú me tienes no dejará que muramos nunca. Tú eres mi rama y yo tu hoja y siempre estaremos unidos, nada nos separará jamas, estamos soldados por el corazón..."

   Isabel tampoco contestó a este email. Marcos decidió creer que Isabel leía estos mensajes y siguió escribiéndoselos.

   "Isabel, eres tan bondadosa y sencilla como las margaritas. Quisiera abrazarte con fuerza, para fundirme con ese alma maravillosa y hermosa que tienes..."

   Pasaban las semanas sin que Isabel diera muestra alguna de haber leído lo que él le escribía pero el quería a esa chica, sí, a esa amiga íntima de Helga, a la apacible, inteligente, hermosa y delicada Isabel.

   "Isabel, la Navidad está al caer. Alguna vez celebraremos juntos la Nochebuena. Cuando aun sean niños, nuestros hijos estarán nerviosos esperando a Papá Noel. No sé cómo vamos a hacer para que ese personaje respetable los coja dormidos cuando llegue..."

   Isabel no respondió ni en diciembre, ni en enero, ni en febrero pero Marcos seguía enviandole emails llenos de amor y pasión.

   "Isabel, te quiero tanto y estoy tan feliz de que hayas llegado a mi vida que la oscuridad que había antaño en mi vida se ha transformado en alegría y luz. Serás mi esposa algún día. Te seré siempre fiel y jamás te abandonaré. El cielo nos hizo hermanos y nacimos para unirnos y no separarnos jamás en la vida..."

   La primavera llegó y Marcos seguía escribiendo emails encendidos de amor pese a que Isabel no contestaba.

   "Isabel, amor mío, no puedo pasar sin ti. Me haces feliz, inmensamente feliz. Eres la mujer más maravillosa de este mundo. Te amo con todo mi corazón..."

   A finales de abril, Marcos recibió un email de Isabel. En él le decía que era la persona más extraordinaria que había conocido jamás y que, si había retardado su respuesta era porque le había confundido extremadamente la imagen que había demostrado tener de ella aquel lejano día en que le recriminó su falsedad y había necesitado mucho tiempo antes de volver a creer en él.

22 de noviembre de 2012

Martínez y esposa

A Bea Magaña

   En casa de Martínez y esposa, las conversaciones son muy amenas y floridas pues, usándose allí la costumbre sana de leer libros instructivos e interesantes en extremo, todas las visitas han de apreciar el colorido de la erudición tanto de él como de ella. 

   Se dio el caso de que Enrique Brazas iba a contraer matrimonio con Elena Álvarez y fueron ambos a casa de Martínez, amigo del padre de Enrique, a entregarles en mano la invitación a su boda. Cuando ya estaban los cuatro sentados en la sala de estar con las bebidas servidas, Eva, la esposa de Martínez, dijo: 

   -Se hace notar el frío ya. Este clima es excelente para los deportes de invierno. 

   Como los tímidos novios no se arrancaban a hablar a pesar del sugerente comentario de Eva, dijo Martínez:

   -¿Cómo supisteis que os habíais enamorado de verdad? 

   El silencio siguió unos segundos, acompañado por los rubores de Elena, que, por un exceso de delicadeza, quizá sentía pudor de hablar de cosas personales. Finalmente, Enrique respondió:

   -A mí me ocurrió como a todo el mundo, te levantas una mañana y dices: "Voy por ella"... 

   Eva, a la que le gustaba conducir las conversaciones como hacen los moderadores en los debates de televisión dijo:

   -¿Y tú, Elena? Cuéntanos tu experiencia, por favor...

   -Es que tenemos prisa -dijo Elena-. Aún tenemos que entregar once invitaciones.

   Eva frunció el ceño, perpleja porque Elena evadía contestar una pregunta tan sencilla y con una escusa absurda pues tan solo eran las diez de la noche.

   -Bueno, pero antes cuéntame qué sentiste con el primer beso, hay poetas que lo describen muy bien. Juan Pedrajas, por ejemplo.

   -Cuéntalo tú Quique, que a mí no me salen las palabras y no sé explicarlo -dijo Elena.

   Enrique carraspeó para aclararse la voz y dijo:

   -Bueno pues el primer beso que tuve con Elena fue maravilloso, una sensación extraordinaria, simplemente, tuve que cerrar los ojos porque no podía de placer...

   Martínez miró a Elena a la cara y dijo en plan poeta:

   -El amor es ciego...

   Eva se llevó entonces la mano a la boca y empezó a reír con una risa elegante. Era una gran lectora y tenía un gran sentido del humor. Las editoriales deberían dar un homenaje a este matrimonio.

19 de noviembre de 2012

La felicidad del otro

A Isi Dávila

   Juan Caíno apenas había aprendido algo durante su estancia en la universidad. Es lo que suele pasar con los hombres cínicos y desaprensivos: aspiran a aprobar siempre mediante argucias y prescindiendo de toda honradez. Además, la clase de falta de madurez que hace carecer de escrúpulos suele combinarse con una falta notable de capacidad mental.

   Abelardo Sánchez, sin embargo, era una buena persona. Era creativo, cosa muy relacionada con el respeto a los semejantes, inteligente, trabajador y preocupado por la empresa porque, como inteligente que era, sabía que sus desvelos por la buena marcha de la firma para la que trabajaba le beneficiaban a él directamente.

   Un día, la empresa convocó una reunión de ejecutivos para aportar ideas para aumentar sus beneficios. Abelardo fue el primero en hablar y dijo:

   -Nuestros supermercados no tienen la popularidad que deberían porque las técnicas de marketing que utilizamos son tan agresivas y hemos llegado a abigarrar tanto los centros con nuestros trucos de manipulación que los mismos clientes se dan cuenta y se sienten mal con nuestra marca. La gente no es tonta, sabe lo que quiere y, si un día vuelve a casa con algo que no quería pero que le han impulsado a comprar, no regresa al lugar donde lo ha comprado porque se da cuenta de que ha sido engañado de alguna forma. Propongo que nuestros centros se limpien de argucias y maquinaciones, desaparezca la música agresiva de fondo y se trate a los clientes como adultos. Propongo incluso que, cuando hallemos ignorancia en un cliente, lo instruyamos con honradez en lo que tiene que comprar.

   El presidente dio la palabra entonces a Juan Caíno.

   -No estoy nada de acuerdo -dijo este-. La gente sí es tonta, no son más que borreguitos que hay que manipular para que se decidan a consumir o, de lo contrario, jamás van a darnos los beneficios que necesita nuestra empresa para ir adelante. Yo propongo que se aumenten las medidas manipuladoras para que el cliente consuma más. El problema que tenemos es de falta de agresividad, no de exceso.

   El presidente decidió dar la razón a Abelardo y la reunión terminó.

   Abelardo ganaría un puesto en el escalafón y Juan Caíno lo sabía y sintió envidia de la que llaman sana porque es la que anima a la gente a superarse en su ocupación aunque no lo es porque la envidia siempre es una muestra de falta de generosidad.

   Llevado por esta envidia y decidido a suplantar a Abelardo en el puesto, Juan Caíno, como es propio de todo desaprensivo, no vio el más mínimo inconveniente en causarle daño usando la mentira. Al día siguiente de la reunión, se dirigió al presidente y le dijo:

   -Señor Fernández, en bien de la empresa le voy a comunicar algo que ha llegado a mis oídos de boca de un vecino de Abelardo. A este vecino le confió el plan que tiene para su empresa semejante sujeto, sí, señor Fernández, sujeto, y comprobará por qué lo llamo así. Este miserable tiene el propósito de arruinar la empresa y, cuando esté en la bancarrota, comprarla con el capital de un importante empresario que va a convertirse probablemente en su consuegro. Es por esto y solo por esto que le ha hecho creer a usted que la empresa debe prescindir del marketing. ¡Vamos, señor Fernández! Pero si el marketing es una ciencia... ¿A quién se le ocurre proponer si no es por causar daño que hay que prescindir de las técnicas de marketing en una empresa de servicios?

   Como consecuencia de esta falsedad, Abelardo fue despedido y su puesto pasó a un triunfante Juan Caíno, que, al llegar a casa y cerrar la puerta, levantó su puño con los dientes apretados y dio un gruñido de júbilo.

   Poco le duró ese orgulloso júbilo porque la firma de supermercados, por la desastrosa gestión de Juan Caíno, entró en una progresiva pérdida de beneficios y cayó en la bancarrota. Todos sus empleados, incluyendole a él fueron al paro. Había vencido la competencia aplastantemente, sabiamente asesorada por Abelardo Sánchez.

17 de noviembre de 2012

El sprint

A Rosa Prat Yaque 

   Antonio y Pedro se turnaban para protegerse el uno al otro del viento de cara pedaleando incansables mientras Quino les iba pisando los talones sobre su bicicleta a un ritmo de pedaleo frenético. A veinte metros de la pancarta que cruzaba la carretera, les adelantó y haciendo un sprint pasó bajo ella treinta segundos antes que ellos elevando los brazos en señal de victoria.

   Antonio le dijo a Pedro cuando estaban ya próximos a pasar por debajo de la pancarta.

   -¡Qué infantil es este Quino!

   Y Pedro le respondió:

   -Su padre murió cuando él era un niño...

   -Pobre... -respondió Antonio mientras pasaban bajo la pancarta que decía:

  JUEVES 23. HUELGA. 
POR UN AUTOCAR PARA LOS TRABAJADORES DE LA EMPRESA.

   

15 de noviembre de 2012

El padre de Filippo

A Stella Ross

   Filippo volvía a su pueblo con su esposa después de diez años de ausencia. En ese tiempo se había convertido en una persona absolutamente diferente. Había dejado de ser el despistado y tímido adolescente que todo el mundo ignoraba y daba de lado para llegar a ser un auténtico artista de la fotografía que exponía en Nueva York y París y que había contraído matrimonio con una de las más atractivas actrices del momento. Pero lo que Filippo tenía en mente mientras su vehículo entraba en la comarca de su pueblo natal era la forma en que su padre, un adusto profesor de matemáticas que daba clases en el instituto, se despidió de él.

   Filippo, aquel día, iba a emprender un viaje a Londres en compañía de su tío Enrico, que se iba a establecer en aquella ciudad de forma permanente. Allí tenía previsto estudiar una carrera. Filippo era el mediano de tres hermanos y siempre se había sentido alguien de poco valor para la familia, en especial para su padre, que menospreciaba su carácter tímido y apocado y su torpeza para las matemáticas, que los otros dos hermanos dominaban con la destreza natural del profesor.

   Filippo recordaba cómo esperó más de media hora en la puerta de casa mientras Enrico y su padre hablaban con mucha cordialidad, deseándose suerte y comentando sus planes de futuro con esperanza. Filippo, con diecisiete años, permanecía a cierta distancia por no inmiscuirse en la conversación de los mayores. Finalmente, su tío abrazó a su padre y se dirigió al taxi. Filippo observó que su padre miraba cómo se marchaba Enrico pero le parecía que no se fijaba en él. Entonces levantó tímidamente su brazo para saludarle pero su padre no hizo otra cosa en ese mismo instante que volver la espalda y entrar en casa.

   Durante aquellos diez años, Filippo había sentido muchas veces la añoranza del hogar y, a medida que iba consiguiendo sus metas, lo que más le satisfacía era la esperanza de ganar importancia a los ojos de su padre. Había fotografiado muchas veces el desamor, el abandono, la marginación. Todo se lo inspiraba el recuerdo del adusto profesor de matemáticas, su padre, viudo desde que Filippo tenía tres años.

   Cuando el coche de Filippo paró en el patio de su casa natal, nada parecía distinto a aquel día que salió de allí en el taxi en dirección al aeropuerto junto a su tío Enrico. Salió del coche y el corazón le dio un vuelco cuando, en la puerta por la que aquel día entró su padre sin responder a su saludo, apareció de pronto un hombre canoso que muy pronto identificó como aquel cuyo afecto y estimación había codiciado toda su vida sin conseguirlos a su entender. Entonces, como si el tiempo volviera atrás para sanar las heridas, su padre levantó su mano y saludó con una sonrisa a su hijo. Filippo al verle aproximarse abrió los brazos para recibirle en un abrazo pero su padre a mitad de camino torció hacia el establo, se metió en él y al rato salió montado en un caballo para dar su paseo de los domingos por la campiña.

12 de noviembre de 2012

Boriska

A Yen Aguilar 

   János volvió a encender el ordenador. Había cometido una tontería, no quería perder a Boriska como amiga. Ella no se merecía una despedida tan brutal como la que le había dirigido al encontrarse ante su rechazo amoroso. Era una persona hermosa, se había comportado con él de manera intachable. La quería, no le importaba que amara a otro hombre, era mucho más terrible quedarse sin el afecto de una mujer tan maravillosa. Abrió el correo, escribió la dirección de email de Boriska en la casilla correspondiente y comenzó a redactar:

   "Boriska, siento la más honda consternación por todo lo que te he dicho en mi arrebato de hace unas horas. Debes comprender que no es plato de gusto ser rechazado como hombre y eso explica mi reacción colérica. Desde esta mañana que te envié ese email, no he recibido respuesta alguna y temo que hayas decidido no volver a escribirme nunca más. Sería muy doloroso para mí y ni siquiera quiero hacerme a la idea de que algo tan terrible pueda ocurrir. Sabes que te quiero y que necesito tu compañía y tu amistad.

   "Escucha, no soy un cobarde pero durante toda mi vida he temido el trato con la gente. Fuera del trabajo y de lo más imprescindible y vital, he sido incapaz de pisar la calle. Jamás me verías ceder en un solo punto de mis impulsos anímicos por obtener la aprobación de nadie pero, cuando me siento observado, llego a experimentar la atormentadora humillación de quien no es reconocido como un semejante por su propia especie. No sé hasta qué punto lo que percibo transciende fuera de mí pero mi horror a la calle, a los desconocidos, a los lugares cerrados donde hay personas, a los teléfonos, al timbre de casa es profundamente perturbador. Solo internet me ha permitido encontrar a una persona que me acepta como soy, que ha abierto su corazón para aceptar mi ternura, que me ha dado el nombre de amigo que tanta falta le hacía a la soledad que domina mi sombría vida, esa persona eres tú, Boriska, tan bella y bondadosa que has iluminado mi vida con la esperanza del afecto.

   "Pero no busco ahora en ti un remedio a mi soledad, ni un paliativo a mis problemas de relación con los humanos, no quiero que pienses que veo en ti alguien de quien trato de sacar un provecho personal, no te voy a usar ni siquiera para algo tan esencial para mí como la conservación de mi equilibrio mental, no entiendo la amistad como un intercambio, el amor no se compra; no, Boriska, lo único que busco de ti es a ti misma, porque eres un ser bello y digno de amarse, porque tu amistad es un remanso de eternidad en el río de la vida; no quiero ya que seas mi pareja amorosa pero, por favor, olvida cuanto te he dicho y vuelve a ser mi amiga. Te quiero, el amor no solo es entre dos, hay que amar a muchos, si bien solo destinamos a uno el centro de nuestro corazón. 

   "Boriska, has de entender que no se puede tirar a la basura el afecto entre dos seres humanos cuando ha sido tan especial como el que nos ha unido a nosotros, cuando se muestra en él una afinidad que nada puede explicar más que el milagro que hace que dos almas hermanas se encuentren por casualidad en un mundo tan inmenso y se reconozcan casi al instante como si fueran viejos conocidos, como nos ha ocurrido a nosotros.

   "Te lo ruego, Boriska, vuelve a escribirme, te aprecio tanto que, si no vuelvo a saber de ti, parte de mi corazón morirá y el resto de mi vida te recordaré con el dolor con que se recuerdan todas aquellas cosas que nos arrebata la vida cuando más las amábamos. Mi dulce Boriska, ya me presentarás a tu novio, quiero que sea también mi amigo. Boriska... estoy feliz de que existas."

   János envió el mensaje. Al instante recibió un correo y lo abrió apresurado, creía que era al fin Boriska que contestaba a su email de la mañana. Pero era la devolución del correo que acababa de enviar con una notificación de que la dirección de Boriska no existía. Miró en la red en la que la había conocido y su perfil ya no estaba. Había perdido definitivamente el contacto con ella. János lloró hasta el amanecer.

10 de noviembre de 2012

Tormenta de verano

A Alejandra Morales 

   Felipe se despidió de Adela con su corazón tan iluminado de amor como el cielo de aquel mediodía de verano. Le había prometido casarse con ella el siguiente otoño y salió a la calle radiante de felicidad y armonía.

   Sintió al salir un aire fresco que se hacía de agradecer porque aliviaba el calor sofocante de principios de agosto. Mientras iba camino de su coche, que había tenido que aparcar cientos de metros más allá debido a la afluencia masiva de aficionados al fútbol, que habían aparcado sus vehículos allí por encontrarse próximo el estadio, el cielo se oscureció de repente y en cuestión de cinco minutos descargó un aguacero enorme que caló hasta sus huesos.

   Una vez dentro del vehículo sintió frío y, temiendo coger un constipado, decidió volver a casa de su novia para secar sus ropas y evitar así hacer los treinta kilómetros de recorrido hasta su casa con la camisa y el pantalón mojados. En realidad, era una escusa que se daba de enamorado para verla de nuevo y volver a decirle las cosas cariñosas que le gustaba decirle.

   El sol volvía a brillar como si no hubiera habido una sola nube segundos antes. Él estaba tan contento de volver a ver a su novia que no sentía el dolor de su rodilla al caminar, que hacía meses que se había fracturado en el taller donde trabajaba. Dos o tres veces estornudó y pensó por ello que hacía bien en ir a secar sus ropas en casa de Adela.

   Pero su corazón le dio un vuelco cuando vio a aquel pelirrojo calvo apoyado en el balcón de Adela fumándose un cigarrillo. En ese momento, todo el amor que sentía por ella se disolvió en su pecho como una pastilla efervescente en un vaso de agua y solo quedó un profundo resentimiento acompañado de una característica autocompasión victimista que no lograba desterrar nunca del todo de su carácter.

   Cuando Adela le abrió la puerta, Felipe le descargó estas palabras:

   -¿Quién es ese, Adela? Me dijiste que no te visitaba nadie aparte de mí y que te sentías sola cuando yo no estaba contigo... ¿Qué esperabas mintiéndome de esa manera? ¿No te basta con un hombre? ¿A cuántos necesitas? ¿Como me puedes hacer esto a mí que te he prometido fidelidad para toda la vida?

   -No entiendo nada... -dijo Adela.

   Atacado por un arrebato de indignación Felipe gritó:

   -¡Cásate con ese imbécil, conmigo ya no vas a hacerlo!

   Pero, al ver el rostro de desconcierto de Adela, pensó que había algo que no encajaba bien en toda aquella situación. Acostumbrado a sus propia tendencia a dejarse llevar por sus fantasías, decidió conceder a Adela el beneficio de la duda.

   -¿Quién es en realidad el pelirrojo calvo que hay en tu balcón? -le preguntó moderando el tono de su voz.

   -En mi balcón no hay ningún pelirrojo calvo, Felipe -contestó Adela.

   -¿Puedo pasar? -preguntó y, al ver que Adela abría más la puerta para que pasara, se dirigió al balcón y, efectivamente, no había nadie allí. Pero salió, se asomó por instinto y, justo debajo de él, sobresaliendo más allá de la barandilla del balcón del piso inmediatamente inferior, había una coronilla pelada rodeada de pelo rojizo de la que salía de vez en cuando una vaharada de humo.

   Cinco minutos después, tras los besos y disculpas con las que intentó devolver la confianza a su relación, se volvió a despedir de Adela con su corazón tan iluminado de amor como el cielo de aquel mediodía de verano.

8 de noviembre de 2012

La recompensa de la bondad

A Toñi Navarro Cordoba 

   Armando Pérez se consideraba un hombre honrado y bondadoso pero procuraba no relacionarse con extranjeros, artistas o gente extravagante porque su comportamiento distaba mucho de resultarle tranquilizador. ¿Qué se podía esperar de personas que no acataban las leyes comunes de la convivencia? ¿Cómo se podía ser generoso con alguien que no comprendiera que su generosidad tenía un límite? "Solo faltaba, se decía, que cediera yo el paso a un marroquí y él creyera, por esa razón, que lo considero superior a mí o que invitara a mi casa a comer a un cantante de rock y, por tener ese detalle un día, considerara en adelante suya mi comida... No, a la generosidad hay que sacarle un provecho personal, de lo contrario los hombres buenos pereceríamos porque se agotarían todas nuestras energías al desperdiciarlas con los demás."

   Un domingo, estaba esperando sentado la salida de los fieles en un banco en la plaza de la catedral, costumbre que había adoptado desde que dejó de ir a misa y adoptó el agnosticismo allá por sus años de la Universidad y que era una especie de ritual para no echar de menos sus raíces cristianas, y de pronto vio acercarse a un mendigo acompañado de un perro callejero. El mendigo, haciendo caso omiso de los respingos de aprensión que hacía Armando, se sentó junto a él y comenzó a comerse un bocadillo. El perro se acercó a él y el mendigo le dio un trocito de su pan. El perro comenzó a comérselo y luego se sentó a observar al vagabundo. Al poco el mendigo dejó el bocadillo a medio comer en el banco para atarse los cordones de los zapatos y fue entonces cuando el perro aprovechó para robárselo. El mendigo corrió en su búsqueda pero el perro huyó con el pan en la boca.

   El mendigo se aproximó a Armando y le dijo:

   -¿Me puede dar usted dos euros para comer? Ya ha visto lo que me ha pasado.

   Armando, que tenía el talante torturador de los que consideran la vida como un conjunto de obligaciones demasiado onerosas pero necesarias, quiso ponerle difícil al vagabundo comer aquel día por aquello de que todo hijo de mujer tenía que ganar su pan con el sudor de su frente. Y decidió discutir con él.

   -Pero, hombre, ¿qué gano yo dándote dos euros? ¿No me harás luego lo que el perro te ha hecho a ti? Tú le has dado un trocito y él, como pago, te lo ha quitado todo.

   -No lo sé, amigo, si pudiera hacer algo parecido, a lo mejor sí pero yo le he dado el trocito de pan al perro porque he querido, porque se me caía el alma a los pies de ver la cara que ponía, si hubiera echado cuentas de que el perro me tenía que dar algo a cambio, no se lo habría dado.

   Armando rió con la ocurrencia del mendigo aunque sin ver profundidad alguna en ella y, convencido de que era un cabeza hueca, le dio los dos euros.

5 de noviembre de 2012

La rubia

A Marcela Robles

    La sonrisa sardónica que aquel hombre de 45 años dirigió a su acompañante al ver el escote de la camarera cuando se agachó a dejarle en la mesa la cerveza y la hamburguesa no le fue devuelta por este.

   -¿No tienes ya una edad para ver en las jovencitas algo más que un objeto sexual, Eduardo? -le dijo el acompañante.

   -¿Qué pasa? ¿He cometido un delito? Ponme las esposas -dijo Eduardo mientras le mostraba las manos poniendo sus muñecas juntas.

   -Te he dicho muchísimas veces que no mires de esa forma a esa chica. Me haces sentirme mal.

   -Venga, Narciso, no puedo evitarlo, soy muy masculino -dijo Eduardo.

   -Mis sentimientos también cuentan, ¿no? -dijo Narciso.

   -Ahora me saldrás con aquello de que soy un sádico y me gusta hacerte sufrir -dijo Eduardo-. Relájate, disfruta, estamos aquí solos tú y yo, podemos ser tan sinceros como queramos. Libera tu instinto de crueldad.

   -Odio la crueldad y no sé por qué sigo contigo porque tus más hondos impulsos están enfocados a provocar dolor y, más adentro, ya no hay nada -dijo Narciso.

   -Vaya, como lo he dicho, así ha sucedido. Otra vez me has colocado el sambenito de sádico. Tú más que nadie conoce la clase de sexo que practico, no soy sado-masoquista, a mí el dolor no me causa placer sexual -dijo Eduardo.

   -Sí, sé perfectamente la clase de sexo que practicas porque te he visto hacerlo en el cuarto de baño. Ojalá no lo hubiera visto; cada vez que lo recuerdo, no acierto por qué sentimiento decidirme, si la repugnancia o la compasión. Pensaba, a juzgar por tus demostraciones jactanciosas en el sexo, que preferirías yacer con una mujer y no vivir el sexo en soledad. 

   -Con esa camarera rubia sí me gustaría hacerlo -dijo Eduardo volviendo a poner una sonrisa sardónica en su rostro. 

   -¡Esa camarera rubia es mi novia, Eduardo, así que menos sarcasmo! -dijo Narciso con furia.

   -Perdona, hermanito, hace una semana que he vuelto de Inglaterra y ya estás discutiendo conmigo, como cuando éramos críos. Es mi impulso sexual, Narciso, no puedo reprimirlo, me sale así...

   -Las mujeres no son objetos de satisfacción personal, son seres humanos -dijo Narciso-. Respetar a los seres humanos y ser generosos con ellos es el único placer que no se puede reprimir nunca. Te estás perdiendo lo mejor de la vida.

   -Tengo ya hecha en mi mente la radiografía de esa chica. La podré ver desnuda con los ojos cerrados cuando esté en el baño de casa.

   -Definitivamente me decido por compadecerte, hermano -dijo Narciso-. El sufrimiento que te haces a ti mismo es superior al que haces a los demás. 

   -¡Esa novia tuya es una imbécil, me cago en la...! -dijo entonces Eduardo mirando en el interior de su hamburguesa. 

   Y entonces sacó, de entre el panecillo y la carne, una hoja de libreta llena con las notas, al parecer, de los pedidos de los clientes. Al verlo, fue esta vez Narciso quien sonrió sardónicamente a su hermano.

3 de noviembre de 2012

Que el mundo no nos distraiga

A Mónica Benítez Tarrés

     Eva era la segunda de ocho hermanos; los malintencionados decían que la oveja negra pero, pese a su dedicación a la política, era una joven de angelical bondad además de extraordinariamente bella. Se había propuesto desde su adolescencia dedicarse a la defensa de los más débiles de la sociedad y había consagrado su vida, como en una misión, a la justicia social y la lucha por los derechos de los desfavorecidos. Esta actitud le había despertado la animadversión del sector más reaccionario de los políticos de su país, en parte, porque su oposición era muy temida y beligerante y, en parte, por esa envidia de ciertos católicos integristas que odian que haya alguien que, sin temer el infierno, sea capaz de tener sentimientos nobles hacia los necesitados y robarles a ellos el monopolio de la caridad.

     Su conciencia ética le obligaba a entregar todas sus energías a sus tareas públicas, que le absorbían casi todo su tiempo por lo que había renunciado a tener una relación de pareja. Sin embargo, su corazoncito tierno y lleno de delicadeza no pudo escapar a la tentación de buscar la relación, a través de internet, de amistades lejanas con las que chateaba en la intimidad de su solitaria casa en las horas de madrugada. De ellas no esperaba más que encontrar ese afecto personal y lleno de informalidad de que tienen necesidad los corazones niños. No se esperaba, sin embargo, que daría con un amigo que, tan solitario como ella, se apasionó hasta tal punto por su bondad, su ternura y su belleza y por ese sinfín de cosas invisibles que hacen dignos de amarse a los seres bellos que, poeta como era, se empleó en llenar de poemas su bandeja de email e intentó de todas las formas y maneras posibles convertirla en su novia.

     A ella le conmovía la entrega amorosa de su amigo de internet y le aliviaba de su sensación de desarraigo emocional. Cada noche que podía charlar con él un rato escuchaba enternecida las declaraciones de afecto intenso de su ciberamigo. Pero Eva no quería darle falsas esperanzas y le advirtió que su relación con él nunca pasaría de la amistad, no porque no le encontrara digno de ser amado sino porque su propósito en la vida, su vocación más irrenunciable, su trabajo en la política, era incompatible con una relación de pareja por el mucho tiempo que le ocupaban sus tareas pues no era de las personas dedicadas a la política al uso, amantes del sibaritismo y con escaso sentido de la responsabilidad. Le aclaró que nunca se entregaría a un hombre, ni matrimonial ni sexualmente.

     Pero la reacción de su ciberamigo, que no era menos idealista que ella, la conmovió hondamente. 

     -No me importa que nunca te entregues a mí, yo no puedo renunciar tampoco a lo que siento por ti. Desde ahora renuncio a casarme y a tener relaciones sexuales porque mi corazón te ha elegido a ti, y no necesito papeles para sentirme tu esposo. Aunque vivas al otro lado del océano, estás aquí a mi lado, rozando mi alma y eso es todo lo que necesito que hagas por mí.

     -No puedes hacer eso, Miguel -dijo ella entonces-. Tú no tienes la obligación de sacrificar por mí tu vida, eres joven todavía. Lo mío es distinto, me debo a mi vocación.

     -No es un sacrificio, lo hago por mi propia felicidad. Renunciar al amor que me inspiras sí sería un sacrificio. Pero entregarte mi vida a ti, eso es la mayor dicha que puedo concebir.

     Eva, emocionada pero consciente de lo delicado de aquella situación le repuso:

     -Miguel, yo no te podré querer nunca más que como un amigo, te hace falta el afecto de una mujer que te ame.

     -No te diré que no -respondió Miguel en el chat- pero más falta me hace que tengas tú el afecto de un hombre. Y ese hombre quiero ser yo. Quiero hacerte feliz demostrándote que eres alguien importante por ti misma y no solo como instrumento del bienestar social. Quiero demostrarte que eres completamente bella incluso en aquello que no pueden ver los demás porque lo esconde tu corazón de niña.

     -Me conmueves.

     -No sólo tú careces de sentimientos egoístas. Esta es mi manera de servir a la justicia social.

      -¿Entonces lo haces por altruismo? -dijo Eva comenzándose a sentir decepcionada, aunque no quería confesárselo a sí misma.

     -Sí, Eva, la lucha del proletariado es la mía y, amándote, hago algo muy importante por ella. Te doy fuerzas para que sigas luchando con el mismo tesón sin que desfallezcas nunca por sentirte sola.

     -Caramba, no me había dado cuenta de la firmeza de tus convicciones... -dijo Eva muy desanimada.

     -Marx es mi ídolo. Por él haría cualquier cosa... 

     -Lo entiendo, Miguel. Veo que contigo podré hablar mucho de política. 

     Eva, con tristeza, estaba pensando seriamente en esos momentos en la posibilidad de bloquear a Miguel como contacto para no recibir mensajes de él nunca más pero se contuvo en honor a todos los bellísimos poemas que le escribió y le dijo:

     -Supongo que yo también debo hacerte ver a ti que eres completamente bello por ti mismo.

     -Bueno, eso depende de tu vocación. Si es lo suficientemente grande, debes apoyarme a mí para que yo te apoye a ti para que tú apoyes al resto de nuestros hermanos proletarios.

     -Eso suena coherente, Miguel, espero no defraudarte. Pero ¿qué se supone que debo hacer por ti? Por cierto, Marx también es mi ídolo.

     -Para empezar, no mentarme nunca más a ese perro de cabellera leonina que me ha arrebatado la chica de mis sueños y al que intentaré toda mi vida sustraerte, amor mío... Por supuesto que no lo hago por altruismo, tontita, lo hago porque te quiero.

     El corazoncito de Eva respiró entonces aliviado y dijo:

     -¡Pero qué burro eres! No le llames perro, si no fuera por él, el mundo no tendría esperanza.

     -No me hables del mundo, mi hermosa rosa, no quiero que nada nos distraiga ahora. Solo quiero ver tu alma desnuda de niña.

1 de noviembre de 2012

El robo a un banquero (Cuento para un día de Todos los Santos)

A Susana Escarabajal Magaña

   En la puerta del cementerio, un policía municipal paseaba, parsimonioso, entre la multitud el día de Todos los Santos en una población no excesivamente importante de la Comunidad Murciana. No serían las diez de la mañana cuando un hombre vestido con un traje muy elegante, un aspecto muy pulcro y unas maneras llenas de urbanidad se acercó a él con una palidez cadavérica en el rostro y le dijo: 

   -Agente, quiero denunciar el robo de unas flores. 

   -Dígame cuándo ha ocurrido, el lugar y la naturaleza del objeto robado -dijo el policía sacando su blog de notas.

   -Mire usted, yo estaba en el panteón familiar, porque he venido a visitar la tumba de mis difuntos padres desde Madrid, donde soy uno de los accionistas principales de un gran banco... -el policía, al oír esto, casi se cuadra y saluda militarmente pero se contuvo al darse cuenta de lo ridículo que resultaría-. Hace no hará ni diez minutos, he ido al cuarto de baño sin cerrar el panteón porque creí que, tratándose de la última morada de un ser humano, nadie osaría robar nada pues la ira de Nuestro Señor caerá sin piedad alguna sobre tan malvado sujeto. Y cuando he vuelto, se me ha caído el alma al suelo porque las flores que he traído para honrar la memoria de mis dignísimos progenitores, de grandísimo valor pues había especímenes traídos incluso de la India, de donde han sido importados expresamente para este cometido concreto, habían desaparecido y no sé qué clase de desaprensivo puede habérselas llevado ni sé cómo empezar a buscar su paradero... De modo que mis padres, que quería que fueran los mejor honrados de este cementerio ahora no tienen ni un miserable clavel con que adornar su tumba este día tan especial.

   El policía lo anotó todo y, acto seguido, sin un segundo de vacilación, dijo al banquero: 

   -Venga conmigo, hágame el favor.

   Y el policía entró en el recinto del cementerio y, seguido por el banquero, con paso firme y sin mirar a los lados se dirigió, avanzando entre calles y doblando recodos hasta una pequeña tumba de piedra que se levantaba sobre el suelo con una placa que decía: 

MURIÓ ROBANDO PARA SUS HIJOS Y SU ESPOSA 

   Nada más llegar, el banquero lanzó una exclamación de alegría: 

   -¡Gracias a Dios! ¡Estas son las flores, sí! Muchísimas gracias, señor agente, su pericia es asombrosa. ¿Cómo ha podido encontrarlas con semejante celeridad?

   El policía, con el tono despreciativo de quien deplora el abuso de los desaprensivos, respondió:

   -Digamos que es un difunto con antecedentes...