15 de octubre de 2012

Un siglo de sumisión

A Gloria Zúñiga

   En el siglo XXV después del Gran Computador Planetario estaba prohibido ser uno mismo. Todo aquel que se mostraba tal y como era, con sus limitaciones personales, pequeños defectos y peculiaridades raras, si era cogido in fraganti, ingresaba en prisión acusado del delito de arrogación de libertades

   En aquella época, en el mundo solo podía ser libre el profesional debidamente cualificado para ejercer esa función. Estos profesionales de la libertad habían de reunir una serie de requisitos esenciales. Ante todo, habían de ser petulantes y vanidosos y aspirar a ser mejores que los seres humanos comunes. Toda su energía personal tenía que estar enfocada en no ser del montón y demostrar perfecciones inalcanzables para la plebe. 

   En segundo término, su grado de personalidad tenía que ser cero. Todo lo que eran o mostraban ser lo imitaban de los modelos oficiales de idoneidad: el cine, la literatura y, en general todo lo que casaba a pies juntillas con el pensamiento oficial, siempre beligerante contra el ciudadano común y la espontaneidad. Sus movimientos gestuales y expresiones verbales hacían la impresión de haber salido de una película y sus ideas y gustos artísticos carecían de toda emoción y no buscaban más que una emulación sin vida de lo que habían creado hacía siglos cráneos ya bastante podridos cuando estaban en el mundo.

   La religión oficial era el opinismo, cuya práctica requería que los individuos fueran objeto de las opiniones explícitas de los demás, tendentes a orientarle y encauzarle por el modo de comportamiento más anodinamente corriente posible.  

   Gargo Trok, un ciudadano sin derecho a libertad, aunque no estaba enamorado ni de lejos de Irva Frisel, iba a casarse con ella y ya le había pedido la mano. Ella, por cumplir con los ritos de su religión, aprovechó que salieron a cenar una noche juntos para opinarle.

   -Querido Gargo, cuando me dices "¿bailamos?", sacas el labio inferior hacia afuera. No estoy de acuerdo; cuando se dice esa frase, hay que sacar los dos labios juntos en forma de morrito porque es como se lo he visto hacer a mis anteriores novios. Tu modo de comportarte me causa escalofríos a veces, da la impresión de que seas libre.

   -Lo siento, Irva, no me había dado cuenta de eso, lo corregiré para parecerme a tus otros novios, empieza uno así y termina en la cárcel.

   -Así es, Gargo. Y también he descubierto otro error tuyo.

   -"Y también he descubierto otro error tuyo". ¡Magnífico, Irva! Es una frase muy tópica. Cada vez eres más sumisa y servil, te doy mi enhorabuena.

   -Gracias, Gargo. Me refiero a que, cuando te rascas la cabeza, lo haces un número indiferente de veces y creo que sería más servil si te la rascaras tres. 

   -¡Que atenta eres, Irva! Hasta cuentas las veces que me rasco en la cabeza... Vas a ser una esposa muy aburrida y monótona.

   -¡Qué amable eres, querido Gargo!

   -Solo hago lo que me mandan...

   -Lo sé, Gargo, sé de sobra lo aburrido y estúpido que eres -dijo Irva con los ojitos chisporroteantes de felicidad.

   Gargo apartó un momento su mirada de Irva y la dirigió a las mesas vecinas del restaurante. Vio a una mujer joven que, no sabía por qué, le daba la impresión de que sobreactuaba, como si quisiera parecer más simple de lo que era o parecer que quería parecer más simple de lo que ella creía que era. Cuando ella advirtió que Gargo la observaba, le dirigió una amplia sonrisa que daba la impresión de querer aparentar que  quería aparentar simpatía. Al verle su escote tópico y ordinario, sintió calor en su entrepierna y algo allí comenzó a crecer. Con aquella hembra sí le gustaría casarse, pensó, era todo lo contrario a la espontaneidad, la mujer menos natural que había conocido en su vida, una mujer santa. Pero no podía abandonar a Irva ahora, sería un acto demasiado original y muy opinado.

   Volvió la cabeza a su prometida y, lleno de aburrimiento al comprender que no destacaba en nada, sintió, por primera vez en mucho tiempo, que podría quererla del modo más corriente y aburrido posible y, en lo que quedó de noche, experimentó una anodina felicidad. 

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