1 de octubre de 2012

Seis microrrelatos para promover la generosidad (IV)

A Bea Magaña

Alberto Facúndez iba a examinarse del tema de las figuras estilísticas. Quería aprovechar lo fácil de aquella materia y aprobar con una nota lo mas alta posible para obtener una buena media en su final de carrera. A poco menos de dos semanas del examen, su amigo Juan le pidió prestado el manual donde se hablaba de estas figuras para ahorrarse un dinero, pues estaba fatal económicamente. Alberto, que ya había empezado a repasar el volumen y pensaba aprendérselo prácticamente de memoria pero en sus ratos libres, no quiso prestárselo y ni siquiera le dio una negativa clara. Simplemente le respondió:

-Cuando me lo estudie, te lo paso.

Como, a dos días del examen, Alberto no le había dejado todavía el libro y ningún otro quería prestárselo, Juan se lo tuvo que comprar con el dinero de la comida de ese día por lo que hubo de comerse ese día las galletas del desayuno. 

Otro día, Juan, al pedirle prestado un bolígrafo porque se había quedado sin ninguno y las papelerías no estaban abiertas, con una ironía sin malicia, le dijo:

-Ya sabes que no te quiero perjudicar tu carrera, préstamelo solo si no te hace falta a ti. 

Pero Alberto se tomó muy a mal aquella alusión y le respondió que no le debía nada.

Como suele suceder en estos casos, con el tiempo, Juan se convirtió en un notable y popular escritor mientras que Alberto Facúndez no dejó de ser un funcionario muy gris que aburría y fastidiaba a su clase con sus conocimientos triviales. Eso sí, Alberto sabía muchísimo más de figuras estilísticas que su antiguo compañero Juan, que se limitaba a crearlas sin preocuparse del extraño nombre que tuvieran.

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