11 de octubre de 2012

¿Por qué fue envidioso Abundio Cortezo?

A Bea Magaña

   Abundio Cortezo, a medida que se iba haciendo más mayor, iba acumulando más odio hacia el género humano. A los treinta años odiaba a los hombres de izquierda porque tenían algo que él les envidiaba profundamente: razón. Pero, andando los años, fue añadiendo sucesivamente a sus antipatías a los escritores, a los actores de cine, a los abogados, a los banqueros, a los cirujanos, a los farmacéuticos, periodistas, pilotos, funcionarios, marineros, fontaneros, panaderos, curas, monjas, políticos, sindicalistas, cantantes, agricultores, escayolistas, pintores de brocha gorda, pintores de brocha fina, cocineros, ATS, celadores, futbolistas, matronas, mendicantes, enfermos de Parkinson, esquizofrénicos y un larguísimo etcétera hasta que le tocó el turno a su esposa y se pasaba el día regañándola y refunfuñando porque, según él, lo único que quería era quedarse viuda cuanto antes.

   Abundio se enorgullecía de que el día de su boda se hubiera celebrado un banquete con 500 invitados que costó el sueldo de tres meses de un ministro y que el vestido de su futura esposa llevara una cola de tres metros pero no recordaba casi detalles de su noche de bodas, aunque se acordó toda su vida de que al quitarse los pantalones se le cayó un fajo de billetes que estuvo a punto de perder porque rodó hasta debajo de la cama. Su noviazgo fue de cuatro años justos, ni un día más ni un día menos y es que para él tenían una importancia relevante las fechas y los números. Justo un año después de casarse, su mujer se quedó embarazada y justo tres, compró el Mercedes. En el quince aniversario de su boda, se hizo suscriptor del Reader Digest. Y en el vigésimo octavo carraspeó de tal manera durante la cena que provocó las lágrimas de su pobre mujer.

   Abundio era un lector farragoso. Antes de leer cualquier obra literaria, se creía en la obligación de conocer los más nimios detalles de la vida del autor y de su tiempo histórico. Mientras otros se emocionaban o incluso lloraban al leer un poema, él se devanaba los sesos tratando de psicoanalizar al poeta en base a las fantasías e imágenes oníricas que le parecía identificar en la composición. Sus conclusiones eran, lógicamente, como es de suponer a tenor del poco respeto que el Psicoanálisis tiene por el espíritu humano, profundamente denigrantes para el autor pero a Abundio le llenaban de complacida satisfacción.

   Su tema de conversación más deseado era la numerología; le gustaba especular sobre el significado oculto de las cosas en base al valor numérico que les atribuía. Él, debido a esta ciencia oculta, creyó que estaba regido por el signo de la generosidad y, tras llegar a esta conclusión, decidió compensar una  tendencia natural en él hacia lo dadivoso con grandes dosis de mezquindad para no caer en el desequilibrio.

   Por contra, lo que más le aburría de una conversación era cuando se hablaba de sentimientos. Si su esposa le decía: "Dime algo cariñoso, Abundio", Abundio bostezaba y sugería a su mujer que fregara los platos o hiciera ganchillo y él se quedaba en el sillón emborronando los márgenes del periódico para averiguar el número secreto del personaje político del día.

   Pero, si se habla algo de Abundio Cortezo, hay que hablar sin excepción alguna de la envidia. Era tan envidioso que se hubiera lanzado a las fauces de un cocodrilo si hubiera creído que su mera existencia era provechosa para alguien. Por hacer perder a otra persona la ventaja que tenía en algún aspecto sobre él, habría sido capaz de solicitarlo formalmente rellenando un impreso. Era tan malvado que cuando encontraba una manzana podrida no lo lamentaba por no poderla comer sino porque la gozaban los gusanos. Vivía tan atento a lo que tenían los demás y él no que envidiaba hasta los forúnculos y las hemorroides. Le martirizaban los elogios que recibían los demás, incluso cuando eran para un difunto.

   Pero ¿por qué Abundio fue tan envidioso? Porque la única cosa de importancia de la que carecía sólo a él correspondía concedérsela pero era demasiado fácil de tener y la tuvo en poco: corazón.

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