27 de octubre de 2012

La tesis de Rogelio Hambruno

A Gladis Leonor Ataide

   El antropólogo social Rogelio Hambruno, con la camisa sudada desde las axilas hasta casi los lados de su enorme barriga se abanicaba con el New York Times en una habitación de un hotel de Kuala Lumpur, en Malasia. Estaba esperando a un estudioso que le iba a informar sobre el hombre que, pensaba, le permitiría demostrar ante el mundo científico definitivamente que la naturaleza psíquica del ser humano era producto de las relaciones económicas y que cualquier cambio en los modos de producción transformaba radicalmente sus emociones más íntimas.

   El hombre en cuestión vivía en la selva absolutamente solo, él mismo se procuraba su sustento con ayuda de los animales, de los que, para asombro de los científicos, había conseguido que le suministraran piezas de caza para su consumo particular e incluso, con ayuda de un recipiente transportado en la boca, le llevaban agua potable desde el río. 

   Rogelio estaba convencido de que este "rey de los animales" despreciaría al género humano hasta el punto de matar a un niño si se le acercaba demasiado. Había escrito un libro titulado "El Corazón a través de la Historia", que sostenía la tesis de que se amaba a otras personas únicamente por interés aun en los casos de más conmovedora generosidad y altruismo, que obviamente no pasaban de la pura apariencia. Según el libro, ninguno de los buenos sentimientos que un ser humano albergaba en su interior por otro era susceptible de sobrevivir si dejaba de existir un beneficio material detrás de ellos. Además, en el libro se aseguraba que el sentimiento del afecto no era algo hereditario sino un producto secundario de la afición a devorar carne, que sí lo era y hacía que se experimentara un sentimiento de afecto puramente cultural por lo que nos gustaría comer. Evidentemente, para Rogelio, el canibalismo era el patético desenlace final de una sociedad que se entregara a la anarquía absoluta.

   A última hora de la tarde, ya casi anocheciendo, llegó a la habitación un hombrecillo pulcramente vestido con el aspecto físico propio de los habitantes de aquel país que, cuando Rogelio le ofreció la mano, la rechazó para ofrecerle un cálido abrazo que incomodó a Rogelio porque odiaba el contacto físico. Le ofreció asiento a continuación en el idioma local y comenzó a interrogarle con la dificultad propia de hacerlo en un idioma que casi no dominaba pero que había de utilizar necesariamente porque el estudioso no conocía el inglés.

   -Rejab... ¿No es así como se llama? Bien... Me gustaría saber qué ha observado en el comportamiento puramente afectivo del hombre que ha estudiado usted, el famoso "rey de los animales".

   El hombrecillo se irguió como satisfecho de sí mismo por el interés que Rogelio le mostraba y comenzó a hablar así:

   -Si todos siguen el ejemplo del "rey de los animales", el mundo se convertirá en un hermoso paraíso. Nadie volverá a padecer hambre ni trabajarán tan duramente como lo hacen ahora, porque nuestros hermanos los animales cuidarán de nosotros. Dios los ha creado para que nos sirvan de compañía y ayuda...

   Al oír esta argumentación tan acientífica e irracional, Rogelio, cuyo estómago ya le empezaba a pedir la cena, se impacientó e, interrumpiendo a Rejab, dijo:

   -Por favor, vayamos al grano, ¿cómo es el carácter del "rey de los animales"? Su forma de tratar a los seres humanos...

   Rejab dijo entonces:

   -Los humanos verán su vida mejorada hasta el extremo de alcanzar la mayor felicidad si siguen la senda divina del "rey de..."

   Rogelio golpeó la mesita de centro con ira.

   -¡Rejab! ¡Escúchame bien, no quiero saber nada del sistema de vida de ese individuo, quiero saber si su agresividad es extrema y si has tenido que defenderte de sus ataques en algún momento! -en la mirada de Rogelio había tal ferocidad que el hombrecillo sintió un gran temor.

   -No -respondió con un hilo de voz Rejab-, el "rey de los animales" es un hombre de paz. Solo quiere el bien de sus hermanos los seres humanos... Míreme, no hago daño a nadie, ¿no es cierto? En mi corazón, no cabe la maldad...

   Cuando Rogelio oyó a Rejab hablar en primera persona, mostró en la expresión de su enorme rostro su estupefacción y, sospechando algo que no podía acabar de creer, le preguntó:

   -¿Eres tú el "rey de los animales"?

   Rejab contestó sin más:

   -Sí, señor.

   Al poco de salir Rejab de la habitación, Rogelio Hambruno fue a cerrar la puerta de la habitación, que el hombrecillo había dejado abierta, antes de dirigirse al baño a ducharse para la cena. Entonces, se asomó al pasillo por instinto y vio a Rejab alejarse caminando, apaciblemente, al lado de un hermoso y manso tigre.

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