8 de octubre de 2012

La felicidad

A Susana Escarabajal Magaña

   Pedro no era capaz de sobreponerse a su horrible sensación de terror. No cesaba de oscilar de la cama al sillón y del sillón a la cama movido por una necesidad compulsiva de manifestar su máxima ansiedad. Cuando estaba en el sillón, se mecía los cabellos o sujetaba su cabeza con ambas manos mirando al suelo fija y tristemente; cuando estaba en la cama, subía su mirada al techo una y otra vez con desesperación, como intentando escapar de las ideas de pavor que le helaban la sangre. 

   -Por favor, Pedro, no te preocupes tanto. Seguro que no tienes nada -dijo su mujer cuando se cansó de verle de esa manera.

   -Ya verás como sí -respondió él.

   Entre tanto, en la cama de al lado, un hombre gravemente enfermo, lloraba de felicidad al ver cómo su hija le acariciaba la cabeza y le decía te quiero.

   -¿Dónde está tu madre, hijita? -preguntó.

   -Ha ido a comer -respondió su hija y continuó con zalamería:- Olvídala, ¿para qué la queremos ahora? Me tienes a mí enterita, conquistador.

   -Es cáncer, Josefina -dijo Pedro en la cama de al lado.

   -Que no es cáncer, Pedro -dijo su esposa, harta del pesimismo de su marido-. ¿No has oído al doctor? Sería muy raro que lo fuera.

   -Te quiero mucho, hijita -dijo el hombre de la otra cama.

   -¿Me quieres mucho? -le dijo su hija con tono mimoso con el rostro muy cerca del de su padre-. Te quiero yo más todavía, tontito- y le dio un beso en la mejilla junto a la nariz.

   -Voy a morirme -dijo él sonriendo-. Voy a morirme, hijita...

   -Soy fumador, Josefina, desde hace veinticinco años -dijo Pedro como reprochando a su esposa que no le diera la razón-. El riesgo de padecer cáncer se multiplica por tres a partir de los veinte. Si no es cáncer, ¿qué es entonces? Me duele aquí -se señalaba en un punto del pecho-. He oído hablar a mi padre del dolor de un cáncer, me lo explicó un mes antes de morir y es justo lo que yo siento, justo como él me lo contó...

   -Papito, eres un niño muy bueno, dame un besito ahora -la hija del enfermo grave acercó su mejilla a los labios de su padre y él la besó suavemente.

   -Soy muy dichoso, hijita, este instante es el más hermoso de mi vida...

   Un hombre con una bata blanca que dejaba ver parte de un estetoscopio en uno de sus bolsillos entró entonces en la habitación y, pasando de largo ante la cama del hombre grave, se acercó a Pedro, que acababa de abandonar una vez más la cama para sentarse en el sillón y saludó.

   -Tiene usted bronconeumonía, caballero -dijo a continuación.

   Pedro no pareció alegrarse mucho por el diagnóstico.

   -¿Y cuál es el tratamiento? -preguntó con preocupación.

   -Pues... antibióticos -respondió el médico con resolución.

   -¡Madre mía! Los antibióticos me van fatal...

   Cuando el doctor salía, advirtió que la hija del enfermo grave estaba sollozando sobre el cuerpo de su padre. Se aproximó algo más a ellos y, por lo que pudo observar, comprendió que aquel hombre había muerto.

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