29 de octubre de 2012

La depresión de Carlos

A Isabel Olmos

   Una mañana, Carlos se despertó sin voluntad ni deseo alguno. Podría haber comenzado a caminar y llegar hasta el final del mundo sin haber visto nada que despertara su más mínimo interés. Le resultó difícil abrir la llave del grifo para lavarse la cara porque no veía aliciente alguno en tomarse el trabajo de girar la muñeca solo para que saliera agua. Intentó varias veces traspasar el umbral del cuarto de baño para dirigirse a la cocina antes de conseguirlo pues no veía diferencia alguna para su bienestar entre seguir allí y salir. Desayunó mecánicamente y en la cantidad habitual pero sin calentar la leche, sin preparar el café, sin tostar el pan, sin extender la mermelada.

   En lugar de ir al trabajo, se acostó en el sofá. Sentía una angustia insoportable, el mundo ahora era tan extraño a sus ojos y tan innecesario que solo un asomo de inclinación excitaba sus deseos, separarse de él, desprenderse de él. 

   Su esposa volvió a casa a las dos y veinte de la tarde y lo halló sentado en el suelo, en un ángulo del salón, con una botella de ginebra en la mano precintada. Ni siquiera había tenido determinación para abrirla y emborracharse tal y como en su pensamiento había convenido. No era una borrachera lo que quería, sencillamente, no quería nada. 

   Su esposa, tras interrogarle y descubrir lo que le ocurría, le aconsejó que se acostara. Él lo hizo pero no podía quedarse dormido. Cada elemento de su vida al que volvía su pensamiento le despertaba su aversión como lo despierta aquello que sentimos ajeno y desconocido. Su propia representación de sí mismo había dejado de resultarle familiar, todo había dejado de ser familiar. Quería escapar de todo, encontrar un lugar en el que las cosas volvieran a ser normales, corrientes, tranquilizadoras.

   Su esposa, al anochecer, fue al dormitorio, donde pensaba que Carlos estaría durmiendo. Al abrir la puerta, una profunda sensación de extrañeza la embargó. Su marido, acostado en el suelo boca abajo, con medio cuerpo bajo la cama, la barbilla apoyada en piso y los brazos extendidos hacia adelante, jugueteaba con una moneda empujándola con los dedos de un lado a otro. 

   -Tú estás muy mal, Carlos -dijo ella al verle de aquella manera.

   -No, María José -respondió él-, yo estoy perfectamente. Ahora ya sí.

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