22 de octubre de 2012

El ser de barro

A María Pilar Aguilar Marañón

   A las dos de la madrugada, Jorge Conde recibió una llamada de su mejor amigo, Juan Remesal. Cuando Jorge cogió su móvil de la mesita de noche y contestó con un dígame, Juan dijo sin más preámbulo:

   -Voy a ahorcarme, Jorge, llamo para decirte adiós...

   Jorge, ante lo inesperado de estas palabras y todavía soñoliento, tardó en reaccionar pero finalmente exclamó:

   -¡Espera un momento, Juan! ¿Por qué quieres ahorcarte?

   -Por lo de mi niño, Jorge, por lo de mi niño...

   -Venga, Juan, todos cometemos errores, quizá muriera a consecuencia de tu error pero no por tu voluntad, es lo único que tienes que tener en cuenta.

   -Ahora mismo no estoy seguro de lo que mi voluntad quiso, Jorge... He pensado mucho desde entonces; creo que no nos ocurre nada que no queramos en el fondo. Seguramente mi perversidad quiso que ocurriera su muerte y me indujo malignamente a dejarme llevar por las vacilaciones y demoras en lugar de ir enseguida al hospital. Yo sabía que al niño le ocurría algo; era lo más evidente para cualquier persona con una inteligencia normal que necesitaba un médico. Pero, en lugar de eso, perdí el tiempo consultando a los vecinos primero y a mi mujer después, que estaba en su puesto de trabajo... Murió asfixiado delante de ella, Jorge... quizá era eso todo lo que yo quería, hacer sufrir a mi esposa. Mi alma es un pozo de iniquidad nada más. Estos últimos meses he hecho repaso de mi vida y he hecho análisis de mi conciencia y sólo encuentro iniquidad... 

   -Juan, aún en el caso de que lo que sucedió fuera lo que quería un diminuto y escondido fragmento de tu ser que te indujo a un comportamiento equivocado por una inclinación perversa, hay otra parte de ti mucho mayor que lamenta lo ocurrido y que ha sufrido por ello hasta tal punto que incluso deseas morir.

   -Si eso es así como lo cuentas, sólo lo sabré si tengo el valor de acabar conmigo. Adiós...

   Jorge, nada más escuchar aquel adiós tan rotundo, perdió la serenidad y exclamó:

   -¡No cuelgues, estúpido! ¡Escúchame! ¿Qué crees que somos los humanos? ¡Somos barro! ¡Miserable barro moldeado por manos torpes, tan pronto a sorprender al mundo con lo más bello, sublime o maravilloso como a caer en lo más ridículo o abyecto! ¡Y tanto lo uno como lo otro, lo mejor y lo peor, forma parte de cada uno de nosotros! ¿Quieres que te diga la esencia de la virtud? La esencia de la virtud es tolerar el vicio porque, más allá de eso, no nos es posible reconciliarnos con la naturaleza que nos conforma.  Si te ahorcas, estarás ahorcando a toda la especie humana contigo y tu hijo morirá otra vez, acaso con una muerte peor que la primera porque ahora su muerte no significará simplemente el final de su vida sino la negación de que haya sido alguien digno de haber existido jamás ni de merecer tu amor...

   Durante los siguientes segundos, el más absoluto silencio respondió a estas palabras. Jorge notó en las venas de su cuello el fuerte latido de su corazón. Su estómago se encogió en medio de una sensación de frío intensa. Pasaron treinta angustiosos segundos de total silencio sin que Juan diera señales de estar al aparato. Unos segundos más tarde, quizá en realidad fueran minutos, Jorge no podría asegurarlo porque se encontraba completamente absorto, una sensación de bienestar súbita sustituyó a su estado de extrema ansiedad porque el silencio total que se transmitía a través del auricular quedó interrumpido por un sollozo, señal de impotencia de un ser de barro ante su imperfección pero también de reconciliación emocionada consigo mismo.

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