20 de octubre de 2012

El lapsus

A María José Valverde

Hitler estaba reunido con su séquito personal en el salón de casa una tarde tratando de conferenciar sobre cómo tenía que ser el futuro del mundo. Hasta las cinco de la tarde no se decidió nada porque a Hitler le dolía la cabeza y los demás también estaban desganados. Sin embargo, cuando comenzaron a tomar el té con galletitas de mantequilla que preparaba Eva Braun, irrumpió la voz de Goebbels, que dijo con un susurro bajo y sugerente:

-El mundo del futuro no puede ser más que perfecto. Por eso, tiene que ser de una sola manera pues, si hubiera dos o tres o cuatro significaría que las cosas tienen distintas maneras de alcanzar su perfección, lo que es ilógico porque eso implicaría que poseen así mismo distintas esencias o formas de ser.

-¡Excelente idea, Goebbels! -dijo Joseph Dietrich-. Ya no hace falta que nos preocupemos de pensar en todos los futuros posibles, concentrémonos ahora en ese futuro "perfecto". ¿En qué consistiría?

Goebbels, al que le costaba encontrar más de una gran idea por día, tras meditar unos segundos, dijo:

-Consistirá en que todas las cosas sean perfectas y, por tanto, de una sola manera.

-¡Dios mío, Goebbels...! -se quejó Hitler, que estaba recostado en el tresillo-. No me hagas escuchar punto por punto cómo va a alcanzar cada cosa del mundo la perfección. Elige las más importantes y que sean ellas las que se impongan a las demás. ¡No sabes lo que me duele esta maldita cabeza, por todos los diablos...!

-Muy bien, Adolph -dijo Goebbels-. Para que las cosas más importantes del mundo alcancen la perfección y la mantengan, un hombre perfecto ha de llevar a cabo la tarea de conseguirlo. Solo hay un ser perfecto en el mundo porque todos los hombres son distintos pero la naturaleza humana es sólo una. El partido nazi se encargará de encontrarlo generación tras generación.

-Cualquiera diría que querías llegar a esa conclusión antes de hacer los razonamientos previos que la avalan -dijo Julius Schaub-. Pero quien conozca tu bondad y honradez jamás se atreverá a decirlo en voz alta.

-La raza del futuro será la aria, el pueblo dirigente el alemán, el partido en el poder, el nazi... -continuó Goebbels.

-Ahí no hay duda de ninguna clase, Goebbels -dijo Joseph Dietrich.

-La mujer perfecta que a los hombres nos gustará será rubia, alta y con ojos azules... -continuó Goebbels.

-En eso ya no estoy de acuerdo, Goebbels -dijo Joseph Dietrich; y, abriendo unos ojos de sátiro y poniendo voz de ganancioso, prosiguió-. A mí me gustan las morenas de ojos negros y más bien bajitas.

-A mí las pelirrojas -dijo Julius Schreck.

-A mí me encantan las mujeres de ojos verdes -dijo Martin Bormann.

Hitler intentó, entonces expresar también su opinión pero Eva Braun le interrumpió diciendo con autoridad en el tono:

-¡A ti, Adolph, te gusta Eva Braun y se acabó!

Hitler pensó en ese momento en su vieja idea de instaurar la ablación de la lengua para las niñas.

-Comprendo -dijo Goebbels-, la perfección de la mujer admite variedad porque es un ser que nunca alcanza la perfección por su condición débil. Digamos que, en el futuro del mundo, la mujer será perfecta dentro de su imperfección.

-¿Y el medio de locomoción? -preguntó Bormann-. ¿Cuál será el único que exista en el futuro?

-Dotaremos a los hombres de alas mecánicas y caminarán por el aire -respondió Goebbels.

-¿Y los manjares? -preguntó Borman-. 

-Ese tema lo pondremos también en el grupo de las cosas que son perfectas dentro de su imperfección porque hay muchas posibilidades buenas.

-¿Y cuántos hijos se tendrán y de qué sexos? -preguntó Albert Speer.

-Lógicamente, un niño y una niña -respondió Goebbels.

-Elemental -dijo Bormann-, para que todo hombre pueda tener como pareja una mujer pues lo perfecto en el sexo es, ni más ni menos, la unión entre un hombre y una mujer...

Pero, al oír esto último, Julius Schaub, con voz tímida y algo azorado, dijo:

-¿Y por qué no dejamos este último punto también en el grupo de las cosas perfectas dentro de su imperfección? Pero no vayáis a pensar mal, no lo digo por mí sino por mi amante.

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