13 de octubre de 2012

El fútbol en casa

A Nora Francucci

   Si había en alguna parte una familia metida de verdad en el mundo del fútbol eran los Vélez. Eduardo Vélez, Edu, había sido un gran jugador del Racing de Santander. De sus dos hijos, el mayor, Santiago, era árbitro y el menor, Pepín, jugador del equipo local. 

   Santiago y Pepín adquirieron su vocación de niños. A los 10 años, Santiago se compró un silbato de árbitro y muchas veces se le escuchaba soplar el instrumento en casa sin venir a cuento, solo porque le encantaba hacerlo sonar y le hacía sentir importante. Santiago quería muchísimo a su madre y tenía celos de su hermano Pepín, que, siendo el pequeño de la casa, gozaba de mayor atención por parte de Esperanza. Pero era inteligente y sabía que el amor no se puede exigir ni potenciar sino que es una inclinación incontrolable del corazón de las personas. Por eso, no hacía nunca nada por llamar la atención de su madre y sufría dolorosamente la posición de privilegio de su hermano pequeño. 

   Pero un día fue testigo de una escena tal que le colmó de indignación como nunca antes. Era una mañana de sábado e iba deambulando por la casa jugando con su silbato recién estrenado cuando vio a Pepín y a su madre en la cocina. Ante sus ojos ocurrió, entonces, una escena tal que le removió las entrañas por parecerle asquerosa: Pepín, haciéndose más niño aún de lo que era, se tiró al suelo como si hubiera perdido el equilibrio por ser demasiado pequeño. Su madre iba a recogerlo del suelo cuando Santiago accionó el silbato y entró corriendo en la cocina exclamando:

   -¡Tarjeta, tarjeta, tarjeta...!

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