20 de octubre de 2012

El casamiento de Fernando

A Conchi Lorente 

   El padre de Maribel impuso a Fernando una espera de seis años para la celebración del matrimonio. El acuerdo fue que, durante esos seis años, Fernando dejara la librería papelería de su abuelo y trabajara con su futuro suegro en la mina. Además, en sus ratos libres, habían acordado que echara una mano en la fábrica del tío de su prometida, en las tareas más duras. Los sábados tenía que ir a la vaqueriza del hermano de su suegra a limpiar el estiercol con una pala de mano y, de paso, llevar sobre la espalda desde la plantación de alfalfa la comida de toda la semana para el ganado, por lo que terminaba de trabajar poniéndose el sol. El domingo descansaba la hora que iba a misa, pues, pese a que Fernando era ateo, su suegro quería que fuera, pero el resto del día lo pasaba aserrando troncos a mano y llevando piedras a lo alto de una sierra donde se estaba construyendo una ermita.

   Unas semanas antes de la boda, su suegro le abrazó y, leyendo un papelillo que había escrito a modo de discurso brevísimo, le dijo:

   -Fernando, hijo mío, te has portado valerosamente. Has hecho los trabajos más duros durante seis años continuados sin proferir la más mínima protesta y sin que tus fuerzas te fallaran jamás. Eres un verdadero hombre y te mereces la mano de mi hija. Me hace sentir la mayor satisfacción y alegría y es para mí un honor inconmensurable que te conviertas en mi yerno y espero que tu vida junto a Maribel sea tan feliz y agradable  para ti como duros y penosos han sido estos años anteriores. Fernando, querido yerno, has cumplido a la perfección nuestro trato, puedes volver a trabajar a la papelería de tu abuelo.

   Fernando tras oír aquel discurso, improvisó otro como respuesta de esta manera:

   -Amado suegro, si me entregué a los más agotadores trabajos del cuerpo y dejé las blandas tareas del papel, fue por ganar la mano de tu hermosa y adorable hija pero hoy mis sentimientos quieren que siga en las labores rudas y esforzadas a que me obligaste pues mi cuerpo, joven y robusto, tiene gusto en seguir ejercitándose dejando para más afeminados talantes el empleo que mi abuelo me da ocasión de desempeñar.

   Tras estas palabras, suegro y yerno se abrazaron nuevamente, el suegro con lágrimas de emoción y el yerno con los ojos chispeantes de felicidad.

   Pero, pasada la luna de miel, que duró un mes, y vuelto a su trabajo, Fernando vio que no era el mismo en la mina y, cuando llegaba a la fábrica del tío de su mujer, ya no podía levantar cabeza, y al llegar el fin de semana, las vacas del hermano de su suegra no las limpió él porque el espinazo ya no lo podía mover. De modo que, después de misa, se acercó a su suegro y dijo:

   -Querido suegro, si no lo tiene a mal, yo me voy a la papelería, que su hija es muy guapa y con ella ya hago todo el ejercicio físico del que soy capaz.

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