1 de octubre de 2012

Chechenia

A Txaro Cárdenas

Dmitri Anatólievich Medvédev se dirigía a los ciudadanos del país un día de la Pascua Rusa, sus rasgos de niño bondadoso eran la imagen misma del hombre justo y riguroso pero ingenuo y lleno de clemencia.

-Las medidas antiterroristas del país -dijo al final del discurso- son las más seguras del mundo, de hecho, los niños del colegio Tolstoi de Chechenia me han regalado dos huevos pintados para esta celebración de hoy pero previamente han pasado por los scanners de la casa presidencial porque a mi secretario le preocupaba que pudieran ser, en realidad, granadas... 

Medvédev acabó con una elegantísima y estilizada carcajada que se metió en el bolsillo a todos los rusos del país y con un "spasiva, spokoĭnoĭ nochi", se acabó la retransmisión.

A cientos de kilómetros de allí, un grupo de cinco niños chechenos jugaban a la guerra con armas rotas encontradas en un viejo arsenal. Merodeaban por un caserón abandonado dedicado en tiempos al criado de ganado vacuno. 

Dos de los niños (el bando de los separatistas) se introdujeron en las instalaciones para las vacas y en ese momento vieron a dos hombres en traje militar golpeando duramente a una mujer que yacía en el suelo. Al ver a los niños, uno de los militares le indicó al otro que se encargara de ellos mientras él apuntaba su pistola contra la mujer para dispararle el tiro de gracia. Pero Misha, uno de los niños, instintivamente alzó su fusil y apretó, lleno de pánico, el gatillo apuntando al soldado que se les estaba aproximando. 

Ante la estupefacción de los dos niños, el fusil descargó una larga ráfaga de balas que dejó malheridos e inconscientes a los dos soldados. Los niños huyeron al instante, horrorizados.

Elena  Kuznetsova, periodista local que había hablado del rapto de un adolescente de 17 años por parte de los militares rusos despegó con dolor su cabeza del suelo, adherida a la madera del piso con la sangre seca de su herida. Al ver sobre su cuerpo el cadáver frío del militar ruso, temió haber sido violada. Pero pronto tuvo la certeza de que no había ocurrido tal cosa. Con enorme dificultad, apartó el cuerpo de encima y se levantó. Tenía mucho dolor en una pierna y cojeaba. Pasó junto al otro militar, que también estaba muerto y tenía a su alrededor un enorme charco de sangre mezclada con orina.

Llamó por teléfono a su periódico pero no contestaban. Llamó entonces a un amigo, quien le dijo que el periódico había cerrado. El propietario había decidido jubilarse anticipadamente en una decisión repentina y sin réplica posible. Elena pidió a su amigo que viniera a recogerla lo más rápido posible.


Tres días después, Elena Kuznetsova atravesó la frontera de Turquía con todo lo que tenía de valor y podía trasportar en su maleta. Durante los siguientes meses, se dedicó a hablar de su experiencia en los foros en los que le dejaban hablar, normalmente no muy concurridos porque su historia no le merecía crédito a casi nadie pues añadía a su desconocida identidad, que no podía probar por la desaparición de sus documentos, el detalle de una liberación insólita. Casi todos los periodistas estaban de acuerdo en que, aunque se sabía que existían violaciones de derechos humanos en Chechenia, Elena debía ser un agente de propaganda de los terroristas chechenos. Su insistencia en que había encontrado al despertar los cadáveres de los soldados y a nadie más, dejaba a los periodistas y políticos con los que se entrevistaba completamente fríos, pensando, escépticos, que o no quería decir que había sido liberada por terroristas o que la historia era completamente inventada. 


Solo un periodista francés, Henri Chevalier, se interesó por la historia y le propuso a Elena un viaje a Chechenia, acompañada  por él mismo. Ella accedió aunque la idea no dejó de provocarle una lógica inquietud.


Mientras tanto, el ejército ruso investigaba la muerte de sus dos soldados. Encontraron el arma que los había matado y descubrieron en ella huellas de niños.

Misha había dejado de ir a jugar con los amigos desde que sus manos acabaron con la vida de aquellos dos hombres. Estaba pasando por una grave crisis anímica en la que, al miedo a ser detenido por los soldados, se unían sus remordimientos por sentirse, en parte, un asesino. Un día, pasados más de dos meses desde el incidente, se internó por las afueras del pueblo y llegó a la granja abandonada. Sus remordimientos, como un nuevo Raskolnikov, le llenaban de turbación. Pero por enfrentarse a un recuerdo que le estaba aplastando volvió a asomarse al recinto para las vacas y fue entonces cuando su corazón le dio un salto en el pecho porque allí había tres soldados sentados en el suelo y jugando a las cartas.

En cuanto los soldados le vieron, le atraparon y le preguntaron qué hacía allí. Misha, tartamudeando y lleno de pánico dijo que estaba jugando. Los soldados, al ver su profunda excitación nerviosa, sospecharon de él.

-¿A qué juegas, niño? -preguntó tranquilamente uno de los soldados-. ¿A la guerra?

Misha se puso a temblar completamente lívido, mientras uno de los tres soldados no dejaba de sujetarle por el brazo. Los soldados sospecharon más todavía.

-¿Has visto las armas rotas del polvorín abandonado? -dijo el mismo soldado que le había hablado antes-. Allí puedes encontrar juguetes bonitos para ti y tus amigos...

Misha temblaba tanto que estaba a punto de desmayarse.

-Podéis jugar a... -el soldado hizo una pausa mirando fría e inexpresivamente al niño- que matáis soldados rusos...

En ese momento, llegó al lugar un coche conducido por Henri Chevalier. Elena le indicó dónde estaba el lugar en que la habían torturado los dos soldados pero no bajó del coche porque temía reencontrarse con las imágenes de aquella experiencia traumática. Cuando vieron a Henri y a su fotógrafo en la vaqueriza, los soldados les indicaron que aquel terreno era propiedad del ejército y que lo abandonaran. El soldado que sujetaba al niño lo soltó mientras decía:

-Ya hablaré con tus padres, muchacho. Les diré que castiguen tus travesuras.

El niño salió rápidamente pero, cuando vio a Elena en el interior del coche, confundiéndola con una extranjera, le pidió ayuda porque aquellos soldados lo iban a matar.

Tras escuchar toda la historia del niño, Elena y Henri llegaron a la conclusión de que Misha era el auténtico liberador de Elena y pidieron permiso a sus padres para llevárselo fuera del país y así evitarle las represalias del ejército ruso.

Elena y Misha fueron amigos toda la vida pero su historia no logró mejorar los derechos humanos de los chechenos porque, si ya era inverosímil cuando se conocía solo la parte de Elena, cuando se añadió la de Misha, ya nadie pudo creer una palabra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario