29 de octubre de 2012

La depresión de Carlos

A Isabel Olmos

   Una mañana, Carlos se despertó sin voluntad ni deseo alguno. Podría haber comenzado a caminar y llegar hasta el final del mundo sin haber visto nada que despertara su más mínimo interés. Le resultó difícil abrir la llave del grifo para lavarse la cara porque no veía aliciente alguno en tomarse el trabajo de girar la muñeca solo para que saliera agua. Intentó varias veces traspasar el umbral del cuarto de baño para dirigirse a la cocina antes de conseguirlo pues no veía diferencia alguna para su bienestar entre seguir allí y salir. Desayunó mecánicamente y en la cantidad habitual pero sin calentar la leche, sin preparar el café, sin tostar el pan, sin extender la mermelada.

   En lugar de ir al trabajo, se acostó en el sofá. Sentía una angustia insoportable, el mundo ahora era tan extraño a sus ojos y tan innecesario que solo un asomo de inclinación excitaba sus deseos, separarse de él, desprenderse de él. 

   Su esposa volvió a casa a las dos y veinte de la tarde y lo halló sentado en el suelo, en un ángulo del salón, con una botella de ginebra en la mano precintada. Ni siquiera había tenido determinación para abrirla y emborracharse tal y como en su pensamiento había convenido. No era una borrachera lo que quería, sencillamente, no quería nada. 

   Su esposa, tras interrogarle y descubrir lo que le ocurría, le aconsejó que se acostara. Él lo hizo pero no podía quedarse dormido. Cada elemento de su vida al que volvía su pensamiento le despertaba su aversión como lo despierta aquello que sentimos ajeno y desconocido. Su propia representación de sí mismo había dejado de resultarle familiar, todo había dejado de ser familiar. Quería escapar de todo, encontrar un lugar en el que las cosas volvieran a ser normales, corrientes, tranquilizadoras.

   Su esposa, al anochecer, fue al dormitorio, donde pensaba que Carlos estaría durmiendo. Al abrir la puerta, una profunda sensación de extrañeza la embargó. Su marido, acostado en el suelo boca abajo, con medio cuerpo bajo la cama, la barbilla apoyada en piso y los brazos extendidos hacia adelante, jugueteaba con una moneda empujándola con los dedos de un lado a otro. 

   -Tú estás muy mal, Carlos -dijo ella al verle de aquella manera.

   -No, María José -respondió él-, yo estoy perfectamente. Ahora ya sí.

27 de octubre de 2012

La tesis de Rogelio Hambruno

A Gladis Leonor Ataide

   El antropólogo social Rogelio Hambruno, con la camisa sudada desde las axilas hasta casi los lados de su enorme barriga se abanicaba con el New York Times en una habitación de un hotel de Kuala Lumpur, en Malasia. Estaba esperando a un estudioso que le iba a informar sobre el hombre que, pensaba, le permitiría demostrar ante el mundo científico definitivamente que la naturaleza psíquica del ser humano era producto de las relaciones económicas y que cualquier cambio en los modos de producción transformaba radicalmente sus emociones más íntimas.

   El hombre en cuestión vivía en la selva absolutamente solo, él mismo se procuraba su sustento con ayuda de los animales, de los que, para asombro de los científicos, había conseguido que le suministraran piezas de caza para su consumo particular e incluso, con ayuda de un recipiente transportado en la boca, le llevaban agua potable desde el río. 

   Rogelio estaba convencido de que este "rey de los animales" despreciaría al género humano hasta el punto de matar a un niño si se le acercaba demasiado. Había escrito un libro titulado "El Corazón a través de la Historia", que sostenía la tesis de que se amaba a otras personas únicamente por interés aun en los casos de más conmovedora generosidad y altruismo, que obviamente no pasaban de la pura apariencia. Según el libro, ninguno de los buenos sentimientos que un ser humano albergaba en su interior por otro era susceptible de sobrevivir si dejaba de existir un beneficio material detrás de ellos. Además, en el libro se aseguraba que el sentimiento del afecto no era algo hereditario sino un producto secundario de la afición a devorar carne, que sí lo era y hacía que se experimentara un sentimiento de afecto puramente cultural por lo que nos gustaría comer. Evidentemente, para Rogelio, el canibalismo era el patético desenlace final de una sociedad que se entregara a la anarquía absoluta.

   A última hora de la tarde, ya casi anocheciendo, llegó a la habitación un hombrecillo pulcramente vestido con el aspecto físico propio de los habitantes de aquel país que, cuando Rogelio le ofreció la mano, la rechazó para ofrecerle un cálido abrazo que incomodó a Rogelio porque odiaba el contacto físico. Le ofreció asiento a continuación en el idioma local y comenzó a interrogarle con la dificultad propia de hacerlo en un idioma que casi no dominaba pero que había de utilizar necesariamente porque el estudioso no conocía el inglés.

   -Rejab... ¿No es así como se llama? Bien... Me gustaría saber qué ha observado en el comportamiento puramente afectivo del hombre que ha estudiado usted, el famoso "rey de los animales".

   El hombrecillo se irguió como satisfecho de sí mismo por el interés que Rogelio le mostraba y comenzó a hablar así:

   -Si todos siguen el ejemplo del "rey de los animales", el mundo se convertirá en un hermoso paraíso. Nadie volverá a padecer hambre ni trabajarán tan duramente como lo hacen ahora, porque nuestros hermanos los animales cuidarán de nosotros. Dios los ha creado para que nos sirvan de compañía y ayuda...

   Al oír esta argumentación tan acientífica e irracional, Rogelio, cuyo estómago ya le empezaba a pedir la cena, se impacientó e, interrumpiendo a Rejab, dijo:

   -Por favor, vayamos al grano, ¿cómo es el carácter del "rey de los animales"? Su forma de tratar a los seres humanos...

   Rejab dijo entonces:

   -Los humanos verán su vida mejorada hasta el extremo de alcanzar la mayor felicidad si siguen la senda divina del "rey de..."

   Rogelio golpeó la mesita de centro con ira.

   -¡Rejab! ¡Escúchame bien, no quiero saber nada del sistema de vida de ese individuo, quiero saber si su agresividad es extrema y si has tenido que defenderte de sus ataques en algún momento! -en la mirada de Rogelio había tal ferocidad que el hombrecillo sintió un gran temor.

   -No -respondió con un hilo de voz Rejab-, el "rey de los animales" es un hombre de paz. Solo quiere el bien de sus hermanos los seres humanos... Míreme, no hago daño a nadie, ¿no es cierto? En mi corazón, no cabe la maldad...

   Cuando Rogelio oyó a Rejab hablar en primera persona, mostró en la expresión de su enorme rostro su estupefacción y, sospechando algo que no podía acabar de creer, le preguntó:

   -¿Eres tú el "rey de los animales"?

   Rejab contestó sin más:

   -Sí, señor.

   Al poco de salir Rejab de la habitación, Rogelio Hambruno fue a cerrar la puerta de la habitación, que el hombrecillo había dejado abierta, antes de dirigirse al baño a ducharse para la cena. Entonces, se asomó al pasillo por instinto y vio a Rejab alejarse caminando, apaciblemente, al lado de un hermoso y manso tigre.

25 de octubre de 2012

El amor no se olvida nunca

A Cleopatra Smith

   Elsa abrió la puerta a su marido. Fernando antes de entrar le dijo:

   -He venido para hablar sobre nosotros.

   -Pasa -respondió ella-. Pero no hay nada que hablar, no soporto una discusión más.

   Fernando y Elsa pasaron al salón y se sentaron uno frente al otro.

   -Elsa, quiero que volvamos a vivir juntos -dijo Fernando-. He reflexionado. Ninguno de los dos hemos cometido ningún crimen. Tenemos que seguir disfrutando de nuestro amor. Ella se ha ido, Elsa, pero nuestro amor no ha sido el culpable y no debe ser reprimido como acto de justicia.

   -Puede que sea verdad -dijo Elsa-, pero ya no me importa el amor ni me importa la vida. Al morir nuestra hija, se acabó todo para mí. No quiero ser feliz, mi hija ya no está aquí y eso es lo peor que me podría haber pasado. Ella ahora no es feliz, ¿por qué lo tengo que ser yo?

   -Elsa, ¿no te das cuenta de que tras ese pensamiento no hay más que un mezquino egoísmo? La felicidad es una obligación de cada ser humano. Nos permite el mayor gozo pero no consiste en recibir nada sino en la generosidad de nuestro corazón, en darnos a lo otro. Si renuncias al amor, no estás renunciando a tu propio interés, estás negándote a cumplir con tu deber de persona, que es darte con generosidad a los demás.

   -Fernando, déjame tranquila. Lidia ha muerto y mis sentimientos por ti se han enfriado. Esa es la realidad. Yo me levantaba cada día de la cama pensando en mi hija, respiraba por ella, vivía por ella. Pero ahora está muerta y todo se ha acabado. Al menos, en muchísimos años no podré volver a conocer la felicidad porque ella era quien me la daba y daba sentido a todo lo demás.

   Fernando agachó la cabeza unos instantes meditando y luego la volvió a levantar con una sonrisa en sus labios. Y entonces dijo:

   -Elsa, yo en cambio te sigo amando y te amaré hasta que muera. Esperaré cuanto sea necesario hasta que decidas que puedo volver contigo y, aun cuando no puedas darme tu amor nunca más, yo jamás olvidaré lo que siento por ti. El amor verdadero es felicidad, nunca dolor. El dolor solo aparece cuando se ama con egoísmo, con interés. Sufrí por la muerte de Lidia y sigo sufriendo pero la felicidad que ella me inspiró sigue estando en mi corazón y lo estará siempre porque era amor y el amor no se olvida nunca. Ahora estás confusa pero sé que no eres egoísta, por eso te amo tanto, por eso te esperaré hasta el último de mis días si fuera necesario.

   Fernando se levantó y salió a la calle.

22 de octubre de 2012

El ser de barro

A María Pilar Aguilar Marañón

   A las dos de la madrugada, Jorge Conde recibió una llamada de su mejor amigo, Juan Remesal. Cuando Jorge cogió su móvil de la mesita de noche y contestó con un dígame, Juan dijo sin más preámbulo:

   -Voy a ahorcarme, Jorge, llamo para decirte adiós...

   Jorge, ante lo inesperado de estas palabras y todavía soñoliento, tardó en reaccionar pero finalmente exclamó:

   -¡Espera un momento, Juan! ¿Por qué quieres ahorcarte?

   -Por lo de mi niño, Jorge, por lo de mi niño...

   -Venga, Juan, todos cometemos errores, quizá muriera a consecuencia de tu error pero no por tu voluntad, es lo único que tienes que tener en cuenta.

   -Ahora mismo no estoy seguro de lo que mi voluntad quiso, Jorge... He pensado mucho desde entonces; creo que no nos ocurre nada que no queramos en el fondo. Seguramente mi perversidad quiso que ocurriera su muerte y me indujo malignamente a dejarme llevar por las vacilaciones y demoras en lugar de ir enseguida al hospital. Yo sabía que al niño le ocurría algo; era lo más evidente para cualquier persona con una inteligencia normal que necesitaba un médico. Pero, en lugar de eso, perdí el tiempo consultando a los vecinos primero y a mi mujer después, que estaba en su puesto de trabajo... Murió asfixiado delante de ella, Jorge... quizá era eso todo lo que yo quería, hacer sufrir a mi esposa. Mi alma es un pozo de iniquidad nada más. Estos últimos meses he hecho repaso de mi vida y he hecho análisis de mi conciencia y sólo encuentro iniquidad... 

   -Juan, aún en el caso de que lo que sucedió fuera lo que quería un diminuto y escondido fragmento de tu ser que te indujo a un comportamiento equivocado por una inclinación perversa, hay otra parte de ti mucho mayor que lamenta lo ocurrido y que ha sufrido por ello hasta tal punto que incluso deseas morir.

   -Si eso es así como lo cuentas, sólo lo sabré si tengo el valor de acabar conmigo. Adiós...

   Jorge, nada más escuchar aquel adiós tan rotundo, perdió la serenidad y exclamó:

   -¡No cuelgues, estúpido! ¡Escúchame! ¿Qué crees que somos los humanos? ¡Somos barro! ¡Miserable barro moldeado por manos torpes, tan pronto a sorprender al mundo con lo más bello, sublime o maravilloso como a caer en lo más ridículo o abyecto! ¡Y tanto lo uno como lo otro, lo mejor y lo peor, forma parte de cada uno de nosotros! ¿Quieres que te diga la esencia de la virtud? La esencia de la virtud es tolerar el vicio porque, más allá de eso, no nos es posible reconciliarnos con la naturaleza que nos conforma.  Si te ahorcas, estarás ahorcando a toda la especie humana contigo y tu hijo morirá otra vez, acaso con una muerte peor que la primera porque ahora su muerte no significará simplemente el final de su vida sino la negación de que haya sido alguien digno de haber existido jamás ni de merecer tu amor...

   Durante los siguientes segundos, el más absoluto silencio respondió a estas palabras. Jorge notó en las venas de su cuello el fuerte latido de su corazón. Su estómago se encogió en medio de una sensación de frío intensa. Pasaron treinta angustiosos segundos de total silencio sin que Juan diera señales de estar al aparato. Unos segundos más tarde, quizá en realidad fueran minutos, Jorge no podría asegurarlo porque se encontraba completamente absorto, una sensación de bienestar súbita sustituyó a su estado de extrema ansiedad porque el silencio total que se transmitía a través del auricular quedó interrumpido por un sollozo, señal de impotencia de un ser de barro ante su imperfección pero también de reconciliación emocionada consigo mismo.

20 de octubre de 2012

El casamiento de Fernando

A Conchi Lorente 

   El padre de Maribel impuso a Fernando una espera de seis años para la celebración del matrimonio. El acuerdo fue que, durante esos seis años, Fernando dejara la librería papelería de su abuelo y trabajara con su futuro suegro en la mina. Además, en sus ratos libres, habían acordado que echara una mano en la fábrica del tío de su prometida, en las tareas más duras. Los sábados tenía que ir a la vaqueriza del hermano de su suegra a limpiar el estiercol con una pala de mano y, de paso, llevar sobre la espalda desde la plantación de alfalfa la comida de toda la semana para el ganado, por lo que terminaba de trabajar poniéndose el sol. El domingo descansaba la hora que iba a misa, pues, pese a que Fernando era ateo, su suegro quería que fuera, pero el resto del día lo pasaba aserrando troncos a mano y llevando piedras a lo alto de una sierra donde se estaba construyendo una ermita.

   Unas semanas antes de la boda, su suegro le abrazó y, leyendo un papelillo que había escrito a modo de discurso brevísimo, le dijo:

   -Fernando, hijo mío, te has portado valerosamente. Has hecho los trabajos más duros durante seis años continuados sin proferir la más mínima protesta y sin que tus fuerzas te fallaran jamás. Eres un verdadero hombre y te mereces la mano de mi hija. Me hace sentir la mayor satisfacción y alegría y es para mí un honor inconmensurable que te conviertas en mi yerno y espero que tu vida junto a Maribel sea tan feliz y agradable  para ti como duros y penosos han sido estos años anteriores. Fernando, querido yerno, has cumplido a la perfección nuestro trato, puedes volver a trabajar a la papelería de tu abuelo.

   Fernando tras oír aquel discurso, improvisó otro como respuesta de esta manera:

   -Amado suegro, si me entregué a los más agotadores trabajos del cuerpo y dejé las blandas tareas del papel, fue por ganar la mano de tu hermosa y adorable hija pero hoy mis sentimientos quieren que siga en las labores rudas y esforzadas a que me obligaste pues mi cuerpo, joven y robusto, tiene gusto en seguir ejercitándose dejando para más afeminados talantes el empleo que mi abuelo me da ocasión de desempeñar.

   Tras estas palabras, suegro y yerno se abrazaron nuevamente, el suegro con lágrimas de emoción y el yerno con los ojos chispeantes de felicidad.

   Pero, pasada la luna de miel, que duró un mes, y vuelto a su trabajo, Fernando vio que no era el mismo en la mina y, cuando llegaba a la fábrica del tío de su mujer, ya no podía levantar cabeza, y al llegar el fin de semana, las vacas del hermano de su suegra no las limpió él porque el espinazo ya no lo podía mover. De modo que, después de misa, se acercó a su suegro y dijo:

   -Querido suegro, si no lo tiene a mal, yo me voy a la papelería, que su hija es muy guapa y con ella ya hago todo el ejercicio físico del que soy capaz.

El lapsus

A María José Valverde

Hitler estaba reunido con su séquito personal en el salón de casa una tarde tratando de conferenciar sobre cómo tenía que ser el futuro del mundo. Hasta las cinco de la tarde no se decidió nada porque a Hitler le dolía la cabeza y los demás también estaban desganados. Sin embargo, cuando comenzaron a tomar el té con galletitas de mantequilla que preparaba Eva Braun, irrumpió la voz de Goebbels, que dijo con un susurro bajo y sugerente:

-El mundo del futuro no puede ser más que perfecto. Por eso, tiene que ser de una sola manera pues, si hubiera dos o tres o cuatro significaría que las cosas tienen distintas maneras de alcanzar su perfección, lo que es ilógico porque eso implicaría que poseen así mismo distintas esencias o formas de ser.

-¡Excelente idea, Goebbels! -dijo Joseph Dietrich-. Ya no hace falta que nos preocupemos de pensar en todos los futuros posibles, concentrémonos ahora en ese futuro "perfecto". ¿En qué consistiría?

Goebbels, al que le costaba encontrar más de una gran idea por día, tras meditar unos segundos, dijo:

-Consistirá en que todas las cosas sean perfectas y, por tanto, de una sola manera.

-¡Dios mío, Goebbels...! -se quejó Hitler, que estaba recostado en el tresillo-. No me hagas escuchar punto por punto cómo va a alcanzar cada cosa del mundo la perfección. Elige las más importantes y que sean ellas las que se impongan a las demás. ¡No sabes lo que me duele esta maldita cabeza, por todos los diablos...!

-Muy bien, Adolph -dijo Goebbels-. Para que las cosas más importantes del mundo alcancen la perfección y la mantengan, un hombre perfecto ha de llevar a cabo la tarea de conseguirlo. Solo hay un ser perfecto en el mundo porque todos los hombres son distintos pero la naturaleza humana es sólo una. El partido nazi se encargará de encontrarlo generación tras generación.

-Cualquiera diría que querías llegar a esa conclusión antes de hacer los razonamientos previos que la avalan -dijo Julius Schaub-. Pero quien conozca tu bondad y honradez jamás se atreverá a decirlo en voz alta.

-La raza del futuro será la aria, el pueblo dirigente el alemán, el partido en el poder, el nazi... -continuó Goebbels.

-Ahí no hay duda de ninguna clase, Goebbels -dijo Joseph Dietrich.

-La mujer perfecta que a los hombres nos gustará será rubia, alta y con ojos azules... -continuó Goebbels.

-En eso ya no estoy de acuerdo, Goebbels -dijo Joseph Dietrich; y, abriendo unos ojos de sátiro y poniendo voz de ganancioso, prosiguió-. A mí me gustan las morenas de ojos negros y más bien bajitas.

-A mí las pelirrojas -dijo Julius Schreck.

-A mí me encantan las mujeres de ojos verdes -dijo Martin Bormann.

Hitler intentó, entonces expresar también su opinión pero Eva Braun le interrumpió diciendo con autoridad en el tono:

-¡A ti, Adolph, te gusta Eva Braun y se acabó!

Hitler pensó en ese momento en su vieja idea de instaurar la ablación de la lengua para las niñas.

-Comprendo -dijo Goebbels-, la perfección de la mujer admite variedad porque es un ser que nunca alcanza la perfección por su condición débil. Digamos que, en el futuro del mundo, la mujer será perfecta dentro de su imperfección.

-¿Y el medio de locomoción? -preguntó Bormann-. ¿Cuál será el único que exista en el futuro?

-Dotaremos a los hombres de alas mecánicas y caminarán por el aire -respondió Goebbels.

-¿Y los manjares? -preguntó Borman-. 

-Ese tema lo pondremos también en el grupo de las cosas que son perfectas dentro de su imperfección porque hay muchas posibilidades buenas.

-¿Y cuántos hijos se tendrán y de qué sexos? -preguntó Albert Speer.

-Lógicamente, un niño y una niña -respondió Goebbels.

-Elemental -dijo Bormann-, para que todo hombre pueda tener como pareja una mujer pues lo perfecto en el sexo es, ni más ni menos, la unión entre un hombre y una mujer...

Pero, al oír esto último, Julius Schaub, con voz tímida y algo azorado, dijo:

-¿Y por qué no dejamos este último punto también en el grupo de las cosas perfectas dentro de su imperfección? Pero no vayáis a pensar mal, no lo digo por mí sino por mi amante.

18 de octubre de 2012

Un cuento dedicado a Isabel Olmos en Poca Tinta

Mi amiga Isabel Olmos ha publicado en su popular blog, Poca Tinta, mi cuento dedicado a ella titulado LA DEPRESIÓN DE CARLOS. Si no tenéis otra cosa más urgente que hacer, os recomiendo este blog.

Encuesta japonesa

A Carolina Humanes

   Una encuesta realizada por la empresa nipona especializada en estudios sociológicos, Tōkyō No Gunshū, que, por cierto, ahora investiga seriamente por qué los españoles somos tan extraños, preguntó al hombre de la calle japonés qué creía que había que buscar en el amor. 

   El 100% de los psicoanalistas encuestados contestó que salud mental. Un 60% de los científicos contestó que tener hijos y cuidarlos para perpetuar la especie, un 30%, restablecer el equilibrio químico cerebral con la segregación de neurotransmisores que aumentan la sensación de placer, el 10% no sabia o no contestaba. Entre el resto de la población, el 40% contestaba que compañía, el 30%, compartir el trabajo de casa, el 20%, sexo, el 5%, incrementar los bienes propios con lo que tenía la otra persona, el 4%, conversación, el 0'45%, tener mejores razones aún para comprar aparatos electrónicos, el 0'3%, argumentando con filosofías esotéricas contestaba que en el amor había que buscar paz y armonía cósmica, el 0'2%, quizá se alzaba de hombros y seguía caminando de muy mal humor, el 0'0499999%..., daba utilidades mucho más peregrinas, imposibles de reproducir aquí por su gran número y variedad. 

   El impreso con la encuesta, que, además de esta pregunta, contenía muchas otras sobre muy distintas materias para economizar esfuerzos, a veces se le entregaba al encuestado en el buzón de su casa para que lo rellenara él mismo y, si tenía la deferencia, lo echara al correo sin necesidad de indicar el remitente. Uno de esos impresos que llegaron a la sede de Tōkyō No Gunshū vía postal procedente de un ciudadano anónimo, a la pregunta en cuestión, respondía con las palabras "véase al dorso" y en el dorso de la hoja, que estaba en blanco, había este poema:


"No te pido nada, 
no merece la pena; 
el mundo me ha formado desnudo, 
y nunca saldré de mi desnudez; 
mi corazón es ahora
como cuando era un niño; 
cuanto ahora me hace feliz 
flota entre motas de polvo; 
no estoy aquí para que me des nada, 
con que existas, es suficiente ."

Enemigo público

A Gloria Zúñiga

John Farmer dio un respiro cuando el médico certificó la muerte del condenado y se arrellanó en la butaca. 

-Es mi deber de ciudadano venir -dijo a su compañero de asiento, Elver Macintosh- pero lo paso fatal viendo esto cada vez -y dio un respingo como el que sufre un escalofrío.

-¿Por qué demonios le han ejecutado? -preguntó Elver-. Matar lo puede hacer cualquiera. Una señorita muy guapa y agradable estuvo a punto de atropellarme hace dos días porque se estaba pintando los labios mientras conducía, eso también es matar...

-Eso sería homicidio -respondió John-. Lo de este sujeto era asesinato, lo que implica alevosía, precio y ensañamiento... y no de un ser humano ni dos. Había matado fríamente a media docena de personas, Elver.

-Por cierto, John -dijo Elver a continuación-, ¿cuántas ejecuciones llevamos en el estado de Texas en lo que va de siglo?

-Muchas... no tengo ni idea -respondió John-. El otro día leí en el periódico que del 76 al 2006 ha habido 370.

Elver primero y John después, en el silencio meditativo que vino a continuación, compararon esta última cifra con la media docena del hombre que acababan de ejecutar y, durante unos segundos, sin atreverse a confesarlo el uno al otro, pensaron lo mismo: que el enemigo público número uno de Texas era su Estado.


15 de octubre de 2012

Un siglo de sumisión

A Gloria Zúñiga

   En el siglo XXV después del Gran Computador Planetario estaba prohibido ser uno mismo. Todo aquel que se mostraba tal y como era, con sus limitaciones personales, pequeños defectos y peculiaridades raras, si era cogido in fraganti, ingresaba en prisión acusado del delito de arrogación de libertades

   En aquella época, en el mundo solo podía ser libre el profesional debidamente cualificado para ejercer esa función. Estos profesionales de la libertad habían de reunir una serie de requisitos esenciales. Ante todo, habían de ser petulantes y vanidosos y aspirar a ser mejores que los seres humanos comunes. Toda su energía personal tenía que estar enfocada en no ser del montón y demostrar perfecciones inalcanzables para la plebe. 

   En segundo término, su grado de personalidad tenía que ser cero. Todo lo que eran o mostraban ser lo imitaban de los modelos oficiales de idoneidad: el cine, la literatura y, en general todo lo que casaba a pies juntillas con el pensamiento oficial, siempre beligerante contra el ciudadano común y la espontaneidad. Sus movimientos gestuales y expresiones verbales hacían la impresión de haber salido de una película y sus ideas y gustos artísticos carecían de toda emoción y no buscaban más que una emulación sin vida de lo que habían creado hacía siglos cráneos ya bastante podridos cuando estaban en el mundo.

   La religión oficial era el opinismo, cuya práctica requería que los individuos fueran objeto de las opiniones explícitas de los demás, tendentes a orientarle y encauzarle por el modo de comportamiento más anodinamente corriente posible.  

   Gargo Trok, un ciudadano sin derecho a libertad, aunque no estaba enamorado ni de lejos de Irva Frisel, iba a casarse con ella y ya le había pedido la mano. Ella, por cumplir con los ritos de su religión, aprovechó que salieron a cenar una noche juntos para opinarle.

   -Querido Gargo, cuando me dices "¿bailamos?", sacas el labio inferior hacia afuera. No estoy de acuerdo; cuando se dice esa frase, hay que sacar los dos labios juntos en forma de morrito porque es como se lo he visto hacer a mis anteriores novios. Tu modo de comportarte me causa escalofríos a veces, da la impresión de que seas libre.

   -Lo siento, Irva, no me había dado cuenta de eso, lo corregiré para parecerme a tus otros novios, empieza uno así y termina en la cárcel.

   -Así es, Gargo. Y también he descubierto otro error tuyo.

   -"Y también he descubierto otro error tuyo". ¡Magnífico, Irva! Es una frase muy tópica. Cada vez eres más sumisa y servil, te doy mi enhorabuena.

   -Gracias, Gargo. Me refiero a que, cuando te rascas la cabeza, lo haces un número indiferente de veces y creo que sería más servil si te la rascaras tres. 

   -¡Que atenta eres, Irva! Hasta cuentas las veces que me rasco en la cabeza... Vas a ser una esposa muy aburrida y monótona.

   -¡Qué amable eres, querido Gargo!

   -Solo hago lo que me mandan...

   -Lo sé, Gargo, sé de sobra lo aburrido y estúpido que eres -dijo Irva con los ojitos chisporroteantes de felicidad.

   Gargo apartó un momento su mirada de Irva y la dirigió a las mesas vecinas del restaurante. Vio a una mujer joven que, no sabía por qué, le daba la impresión de que sobreactuaba, como si quisiera parecer más simple de lo que era o parecer que quería parecer más simple de lo que ella creía que era. Cuando ella advirtió que Gargo la observaba, le dirigió una amplia sonrisa que daba la impresión de querer aparentar que  quería aparentar simpatía. Al verle su escote tópico y ordinario, sintió calor en su entrepierna y algo allí comenzó a crecer. Con aquella hembra sí le gustaría casarse, pensó, era todo lo contrario a la espontaneidad, la mujer menos natural que había conocido en su vida, una mujer santa. Pero no podía abandonar a Irva ahora, sería un acto demasiado original y muy opinado.

   Volvió la cabeza a su prometida y, lleno de aburrimiento al comprender que no destacaba en nada, sintió, por primera vez en mucho tiempo, que podría quererla del modo más corriente y aburrido posible y, en lo que quedó de noche, experimentó una anodina felicidad. 

13 de octubre de 2012

El fútbol en casa

A Nora Francucci

   Si había en alguna parte una familia metida de verdad en el mundo del fútbol eran los Vélez. Eduardo Vélez, Edu, había sido un gran jugador del Racing de Santander. De sus dos hijos, el mayor, Santiago, era árbitro y el menor, Pepín, jugador del equipo local. 

   Santiago y Pepín adquirieron su vocación de niños. A los 10 años, Santiago se compró un silbato de árbitro y muchas veces se le escuchaba soplar el instrumento en casa sin venir a cuento, solo porque le encantaba hacerlo sonar y le hacía sentir importante. Santiago quería muchísimo a su madre y tenía celos de su hermano Pepín, que, siendo el pequeño de la casa, gozaba de mayor atención por parte de Esperanza. Pero era inteligente y sabía que el amor no se puede exigir ni potenciar sino que es una inclinación incontrolable del corazón de las personas. Por eso, no hacía nunca nada por llamar la atención de su madre y sufría dolorosamente la posición de privilegio de su hermano pequeño. 

   Pero un día fue testigo de una escena tal que le colmó de indignación como nunca antes. Era una mañana de sábado e iba deambulando por la casa jugando con su silbato recién estrenado cuando vio a Pepín y a su madre en la cocina. Ante sus ojos ocurrió, entonces, una escena tal que le removió las entrañas por parecerle asquerosa: Pepín, haciéndose más niño aún de lo que era, se tiró al suelo como si hubiera perdido el equilibrio por ser demasiado pequeño. Su madre iba a recogerlo del suelo cuando Santiago accionó el silbato y entró corriendo en la cocina exclamando:

   -¡Tarjeta, tarjeta, tarjeta...!

11 de octubre de 2012

¿Por qué fue envidioso Abundio Cortezo?

A Bea Magaña

   Abundio Cortezo, a medida que se iba haciendo más mayor, iba acumulando más odio hacia el género humano. A los treinta años odiaba a los hombres de izquierda porque tenían algo que él les envidiaba profundamente: razón. Pero, andando los años, fue añadiendo sucesivamente a sus antipatías a los escritores, a los actores de cine, a los abogados, a los banqueros, a los cirujanos, a los farmacéuticos, periodistas, pilotos, funcionarios, marineros, fontaneros, panaderos, curas, monjas, políticos, sindicalistas, cantantes, agricultores, escayolistas, pintores de brocha gorda, pintores de brocha fina, cocineros, ATS, celadores, futbolistas, matronas, mendicantes, enfermos de Parkinson, esquizofrénicos y un larguísimo etcétera hasta que le tocó el turno a su esposa y se pasaba el día regañándola y refunfuñando porque, según él, lo único que quería era quedarse viuda cuanto antes.

   Abundio se enorgullecía de que el día de su boda se hubiera celebrado un banquete con 500 invitados que costó el sueldo de tres meses de un ministro y que el vestido de su futura esposa llevara una cola de tres metros pero no recordaba casi detalles de su noche de bodas, aunque se acordó toda su vida de que al quitarse los pantalones se le cayó un fajo de billetes que estuvo a punto de perder porque rodó hasta debajo de la cama. Su noviazgo fue de cuatro años justos, ni un día más ni un día menos y es que para él tenían una importancia relevante las fechas y los números. Justo un año después de casarse, su mujer se quedó embarazada y justo tres, compró el Mercedes. En el quince aniversario de su boda, se hizo suscriptor del Reader Digest. Y en el vigésimo octavo carraspeó de tal manera durante la cena que provocó las lágrimas de su pobre mujer.

   Abundio era un lector farragoso. Antes de leer cualquier obra literaria, se creía en la obligación de conocer los más nimios detalles de la vida del autor y de su tiempo histórico. Mientras otros se emocionaban o incluso lloraban al leer un poema, él se devanaba los sesos tratando de psicoanalizar al poeta en base a las fantasías e imágenes oníricas que le parecía identificar en la composición. Sus conclusiones eran, lógicamente, como es de suponer a tenor del poco respeto que el Psicoanálisis tiene por el espíritu humano, profundamente denigrantes para el autor pero a Abundio le llenaban de complacida satisfacción.

   Su tema de conversación más deseado era la numerología; le gustaba especular sobre el significado oculto de las cosas en base al valor numérico que les atribuía. Él, debido a esta ciencia oculta, creyó que estaba regido por el signo de la generosidad y, tras llegar a esta conclusión, decidió compensar una  tendencia natural en él hacia lo dadivoso con grandes dosis de mezquindad para no caer en el desequilibrio.

   Por contra, lo que más le aburría de una conversación era cuando se hablaba de sentimientos. Si su esposa le decía: "Dime algo cariñoso, Abundio", Abundio bostezaba y sugería a su mujer que fregara los platos o hiciera ganchillo y él se quedaba en el sillón emborronando los márgenes del periódico para averiguar el número secreto del personaje político del día.

   Pero, si se habla algo de Abundio Cortezo, hay que hablar sin excepción alguna de la envidia. Era tan envidioso que se hubiera lanzado a las fauces de un cocodrilo si hubiera creído que su mera existencia era provechosa para alguien. Por hacer perder a otra persona la ventaja que tenía en algún aspecto sobre él, habría sido capaz de solicitarlo formalmente rellenando un impreso. Era tan malvado que cuando encontraba una manzana podrida no lo lamentaba por no poderla comer sino porque la gozaban los gusanos. Vivía tan atento a lo que tenían los demás y él no que envidiaba hasta los forúnculos y las hemorroides. Le martirizaban los elogios que recibían los demás, incluso cuando eran para un difunto.

   Pero ¿por qué Abundio fue tan envidioso? Porque la única cosa de importancia de la que carecía sólo a él correspondía concedérsela pero era demasiado fácil de tener y la tuvo en poco: corazón.

8 de octubre de 2012

La felicidad

A Susana Escarabajal Magaña

   Pedro no era capaz de sobreponerse a su horrible sensación de terror. No cesaba de oscilar de la cama al sillón y del sillón a la cama movido por una necesidad compulsiva de manifestar su máxima ansiedad. Cuando estaba en el sillón, se mecía los cabellos o sujetaba su cabeza con ambas manos mirando al suelo fija y tristemente; cuando estaba en la cama, subía su mirada al techo una y otra vez con desesperación, como intentando escapar de las ideas de pavor que le helaban la sangre. 

   -Por favor, Pedro, no te preocupes tanto. Seguro que no tienes nada -dijo su mujer cuando se cansó de verle de esa manera.

   -Ya verás como sí -respondió él.

   Entre tanto, en la cama de al lado, un hombre gravemente enfermo, lloraba de felicidad al ver cómo su hija le acariciaba la cabeza y le decía te quiero.

   -¿Dónde está tu madre, hijita? -preguntó.

   -Ha ido a comer -respondió su hija y continuó con zalamería:- Olvídala, ¿para qué la queremos ahora? Me tienes a mí enterita, conquistador.

   -Es cáncer, Josefina -dijo Pedro en la cama de al lado.

   -Que no es cáncer, Pedro -dijo su esposa, harta del pesimismo de su marido-. ¿No has oído al doctor? Sería muy raro que lo fuera.

   -Te quiero mucho, hijita -dijo el hombre de la otra cama.

   -¿Me quieres mucho? -le dijo su hija con tono mimoso con el rostro muy cerca del de su padre-. Te quiero yo más todavía, tontito- y le dio un beso en la mejilla junto a la nariz.

   -Voy a morirme -dijo él sonriendo-. Voy a morirme, hijita...

   -Soy fumador, Josefina, desde hace veinticinco años -dijo Pedro como reprochando a su esposa que no le diera la razón-. El riesgo de padecer cáncer se multiplica por tres a partir de los veinte. Si no es cáncer, ¿qué es entonces? Me duele aquí -se señalaba en un punto del pecho-. He oído hablar a mi padre del dolor de un cáncer, me lo explicó un mes antes de morir y es justo lo que yo siento, justo como él me lo contó...

   -Papito, eres un niño muy bueno, dame un besito ahora -la hija del enfermo grave acercó su mejilla a los labios de su padre y él la besó suavemente.

   -Soy muy dichoso, hijita, este instante es el más hermoso de mi vida...

   Un hombre con una bata blanca que dejaba ver parte de un estetoscopio en uno de sus bolsillos entró entonces en la habitación y, pasando de largo ante la cama del hombre grave, se acercó a Pedro, que acababa de abandonar una vez más la cama para sentarse en el sillón y saludó.

   -Tiene usted bronconeumonía, caballero -dijo a continuación.

   Pedro no pareció alegrarse mucho por el diagnóstico.

   -¿Y cuál es el tratamiento? -preguntó con preocupación.

   -Pues... antibióticos -respondió el médico con resolución.

   -¡Madre mía! Los antibióticos me van fatal...

   Cuando el doctor salía, advirtió que la hija del enfermo grave estaba sollozando sobre el cuerpo de su padre. Se aproximó algo más a ellos y, por lo que pudo observar, comprendió que aquel hombre había muerto.

6 de octubre de 2012

Seis microrrelatos para promover la generosidad (VI)

A María José Valverde



Salió del hospital completamente aturdido. Su novia necesitaba un riñón para vivir pero él no se sentía con valor suficiente para donarle el suyo. Sabía que era una razón de peso para romper la relación pero no tenía otra opción; no se sentía capaz de arriesgar su vida para salvar la de su novia. Había muy pocas posibilidades de que muriera durante la operación pero tenía pánico a los quirófanos.

Estaba tan absorbido por sus remordimientos y dudas que cruzó la calle mirando solo a un lado y no se dio cuenta del camión que venía por el otro...

4 de octubre de 2012

Seis microrrelatos para promover la generosidad (V)

A Bea Viña

A un médico y filósofo medieval llamado Petrus Asturiensis le preguntaron por qué el ser humano era a veces bueno y a veces malo, a veces amaba y a veces odiaba y a veces manifestaba generosidad y a veces mezquindad. Él lo pensó un instante y dijo:

-El hombre tiene dos manos iguales, una para dar y otra para tomar, pero su corazón está inclinado hacia un lado. Cuando el corazón lleva los espíritus vitales a las manos, por su misma inclinación, lleva más espiritus vitales a una que a la otra. Cuando el corazón lleva más espíritus vitales a la mano derecha que a la izquierda, el hombre manifiesta bondad, amor y generosidad. Pero cuando el corazón lleva más espíritus vitales a la izquierda que a la derecha se asemeja a las bestias que no tienen manos sino pezuñas. 

1 de octubre de 2012

Seis microrrelatos para promover la generosidad (IV)

A Bea Magaña

Alberto Facúndez iba a examinarse del tema de las figuras estilísticas. Quería aprovechar lo fácil de aquella materia y aprobar con una nota lo mas alta posible para obtener una buena media en su final de carrera. A poco menos de dos semanas del examen, su amigo Juan le pidió prestado el manual donde se hablaba de estas figuras para ahorrarse un dinero, pues estaba fatal económicamente. Alberto, que ya había empezado a repasar el volumen y pensaba aprendérselo prácticamente de memoria pero en sus ratos libres, no quiso prestárselo y ni siquiera le dio una negativa clara. Simplemente le respondió:

-Cuando me lo estudie, te lo paso.

Como, a dos días del examen, Alberto no le había dejado todavía el libro y ningún otro quería prestárselo, Juan se lo tuvo que comprar con el dinero de la comida de ese día por lo que hubo de comerse ese día las galletas del desayuno. 

Otro día, Juan, al pedirle prestado un bolígrafo porque se había quedado sin ninguno y las papelerías no estaban abiertas, con una ironía sin malicia, le dijo:

-Ya sabes que no te quiero perjudicar tu carrera, préstamelo solo si no te hace falta a ti. 

Pero Alberto se tomó muy a mal aquella alusión y le respondió que no le debía nada.

Como suele suceder en estos casos, con el tiempo, Juan se convirtió en un notable y popular escritor mientras que Alberto Facúndez no dejó de ser un funcionario muy gris que aburría y fastidiaba a su clase con sus conocimientos triviales. Eso sí, Alberto sabía muchísimo más de figuras estilísticas que su antiguo compañero Juan, que se limitaba a crearlas sin preocuparse del extraño nombre que tuvieran.

Chechenia

A Txaro Cárdenas

Dmitri Anatólievich Medvédev se dirigía a los ciudadanos del país un día de la Pascua Rusa, sus rasgos de niño bondadoso eran la imagen misma del hombre justo y riguroso pero ingenuo y lleno de clemencia.

-Las medidas antiterroristas del país -dijo al final del discurso- son las más seguras del mundo, de hecho, los niños del colegio Tolstoi de Chechenia me han regalado dos huevos pintados para esta celebración de hoy pero previamente han pasado por los scanners de la casa presidencial porque a mi secretario le preocupaba que pudieran ser, en realidad, granadas... 

Medvédev acabó con una elegantísima y estilizada carcajada que se metió en el bolsillo a todos los rusos del país y con un "spasiva, spokoĭnoĭ nochi", se acabó la retransmisión.

A cientos de kilómetros de allí, un grupo de cinco niños chechenos jugaban a la guerra con armas rotas encontradas en un viejo arsenal. Merodeaban por un caserón abandonado dedicado en tiempos al criado de ganado vacuno. 

Dos de los niños (el bando de los separatistas) se introdujeron en las instalaciones para las vacas y en ese momento vieron a dos hombres en traje militar golpeando duramente a una mujer que yacía en el suelo. Al ver a los niños, uno de los militares le indicó al otro que se encargara de ellos mientras él apuntaba su pistola contra la mujer para dispararle el tiro de gracia. Pero Misha, uno de los niños, instintivamente alzó su fusil y apretó, lleno de pánico, el gatillo apuntando al soldado que se les estaba aproximando. 

Ante la estupefacción de los dos niños, el fusil descargó una larga ráfaga de balas que dejó malheridos e inconscientes a los dos soldados. Los niños huyeron al instante, horrorizados.

Elena  Kuznetsova, periodista local que había hablado del rapto de un adolescente de 17 años por parte de los militares rusos despegó con dolor su cabeza del suelo, adherida a la madera del piso con la sangre seca de su herida. Al ver sobre su cuerpo el cadáver frío del militar ruso, temió haber sido violada. Pero pronto tuvo la certeza de que no había ocurrido tal cosa. Con enorme dificultad, apartó el cuerpo de encima y se levantó. Tenía mucho dolor en una pierna y cojeaba. Pasó junto al otro militar, que también estaba muerto y tenía a su alrededor un enorme charco de sangre mezclada con orina.

Llamó por teléfono a su periódico pero no contestaban. Llamó entonces a un amigo, quien le dijo que el periódico había cerrado. El propietario había decidido jubilarse anticipadamente en una decisión repentina y sin réplica posible. Elena pidió a su amigo que viniera a recogerla lo más rápido posible.


Tres días después, Elena Kuznetsova atravesó la frontera de Turquía con todo lo que tenía de valor y podía trasportar en su maleta. Durante los siguientes meses, se dedicó a hablar de su experiencia en los foros en los que le dejaban hablar, normalmente no muy concurridos porque su historia no le merecía crédito a casi nadie pues añadía a su desconocida identidad, que no podía probar por la desaparición de sus documentos, el detalle de una liberación insólita. Casi todos los periodistas estaban de acuerdo en que, aunque se sabía que existían violaciones de derechos humanos en Chechenia, Elena debía ser un agente de propaganda de los terroristas chechenos. Su insistencia en que había encontrado al despertar los cadáveres de los soldados y a nadie más, dejaba a los periodistas y políticos con los que se entrevistaba completamente fríos, pensando, escépticos, que o no quería decir que había sido liberada por terroristas o que la historia era completamente inventada. 


Solo un periodista francés, Henri Chevalier, se interesó por la historia y le propuso a Elena un viaje a Chechenia, acompañada  por él mismo. Ella accedió aunque la idea no dejó de provocarle una lógica inquietud.


Mientras tanto, el ejército ruso investigaba la muerte de sus dos soldados. Encontraron el arma que los había matado y descubrieron en ella huellas de niños.

Misha había dejado de ir a jugar con los amigos desde que sus manos acabaron con la vida de aquellos dos hombres. Estaba pasando por una grave crisis anímica en la que, al miedo a ser detenido por los soldados, se unían sus remordimientos por sentirse, en parte, un asesino. Un día, pasados más de dos meses desde el incidente, se internó por las afueras del pueblo y llegó a la granja abandonada. Sus remordimientos, como un nuevo Raskolnikov, le llenaban de turbación. Pero por enfrentarse a un recuerdo que le estaba aplastando volvió a asomarse al recinto para las vacas y fue entonces cuando su corazón le dio un salto en el pecho porque allí había tres soldados sentados en el suelo y jugando a las cartas.

En cuanto los soldados le vieron, le atraparon y le preguntaron qué hacía allí. Misha, tartamudeando y lleno de pánico dijo que estaba jugando. Los soldados, al ver su profunda excitación nerviosa, sospecharon de él.

-¿A qué juegas, niño? -preguntó tranquilamente uno de los soldados-. ¿A la guerra?

Misha se puso a temblar completamente lívido, mientras uno de los tres soldados no dejaba de sujetarle por el brazo. Los soldados sospecharon más todavía.

-¿Has visto las armas rotas del polvorín abandonado? -dijo el mismo soldado que le había hablado antes-. Allí puedes encontrar juguetes bonitos para ti y tus amigos...

Misha temblaba tanto que estaba a punto de desmayarse.

-Podéis jugar a... -el soldado hizo una pausa mirando fría e inexpresivamente al niño- que matáis soldados rusos...

En ese momento, llegó al lugar un coche conducido por Henri Chevalier. Elena le indicó dónde estaba el lugar en que la habían torturado los dos soldados pero no bajó del coche porque temía reencontrarse con las imágenes de aquella experiencia traumática. Cuando vieron a Henri y a su fotógrafo en la vaqueriza, los soldados les indicaron que aquel terreno era propiedad del ejército y que lo abandonaran. El soldado que sujetaba al niño lo soltó mientras decía:

-Ya hablaré con tus padres, muchacho. Les diré que castiguen tus travesuras.

El niño salió rápidamente pero, cuando vio a Elena en el interior del coche, confundiéndola con una extranjera, le pidió ayuda porque aquellos soldados lo iban a matar.

Tras escuchar toda la historia del niño, Elena y Henri llegaron a la conclusión de que Misha era el auténtico liberador de Elena y pidieron permiso a sus padres para llevárselo fuera del país y así evitarle las represalias del ejército ruso.

Elena y Misha fueron amigos toda la vida pero su historia no logró mejorar los derechos humanos de los chechenos porque, si ya era inverosímil cuando se conocía solo la parte de Elena, cuando se añadió la de Misha, ya nadie pudo creer una palabra.