27 de septiembre de 2012

Un patrocinador

A Bea Magaña

El Comité Organizador de los Juegos Olímpicos de 2012 admitió como una de las marcas patrocinadoras del evento a Dow Chemical, la empresa que en ese momento era propietaria de Union Carbide, responsable del desastre de Bhopal. El Comité Organizador alegaba que Dow estaba comprometida con la "buena gobernanza empresarial", no sabemos si haciendo referencia a la forma taimada de recortar gastos omitiendo las indemnizaciones por el desastre y la limpieza de Bhopal para evitar que, casi 30 años después, siguieran padeciendo secuelas sus habitantes o bien a la solidaridad interna de los miembros de la empresa, que les hacía no obligar a su filial Union Carbide a rendir cuentas de verdad ante la justicia por la muerte de 25.000 personas y los problemas de salud de más de 100.000. 

El suceso fue denunciado por Amnistía Internacional pero lo que muy pocos sabían era que un empleado de Union Carbide, Belvedere Howard, vivía jubilado en la costa española. Esta lumbrera metodista había sugerido a uno de los directivos que ahorraran gastos desactivando el sistema de refrigeración de tanques y el catalizador de gases previo a la salida  a la atmósfera, lo que, al ser puesto en práctica, agravó las consecuencias del accidente.

Belvedere, hecho al clima benévolo de la costa levantina, había abrazado la religión católica con devoción fanática, tanta como la que practicaba en su época de metodista. Pese a ser un pensionista jubilado, llevaba adelante una pequeña empresa de saneamiento de piscinas llamada "Cristo sobre las Aguas" y estaba integrado en la comunidad española de un pequeño pueblo de Alicante. Sus esfuerzos económicos por patrocinar las fiestas del pueblo eran su obsesión. El pueblo tenía de patrón a san Bartolomé, el apóstol que predicó en la India y en Armenia y al que, todavía con vida, le arrancaron la piel.

Las fiestas de ese mismo año de las olimpiadas fueron suntuosas gracias a la colaboración económica del inglés. Los pueblos vecinos las vieron con pecadora envidia pues la crisis no contaba para ellas tanto como para las suyas. Todos los vecinos del pueblo de Belvedere veneraban casi tanto al inglés como a su patrono por aquel dispendio generoso que hacía para el disfrute de la gente y la honra del pueblo. Pero hubo un incidente que ensombreció notoriamente el transcurso de las fiestas.

El santo, que era de loza, fue sacado en la procesión del veinticuatro de agosto. Belvedere hacía las veces de organizador y daba las órdenes oportunas para que todo marchara correctamente. Cuatro personas sostenían las andas que transportaban la imagen del apóstol y Belvedere iba muchas veces a hablar con ellas para indicarles el ritmo al que caminar y las paradas que habían de hacer. Pero a mitad de la procesión ocurrió el más desgraciado de los accidentes posibles. El hombre que cargaba las andas desde el lado delantero izquierdo al parecer tropezó en algo y cayó, las andas se volcaron y el santo se precipitó contra el asfalto y se hizo infinitos trozos.

Hubo quien dijo que aquello con lo que el portador tropezó fue el pie de Belvedere pero nadie dio crédito a esta patraña inverosímil y el inglés fue elevado casi a la dignidad de santo benefactor del pueblo cuando expresó su deseo de traer de Italia una talla de mármol de un maestro del cincel. Para ello, se desplazó a Milán donde se encontró con Tiepolo Melone, un escultor religioso de tallas de mármol, que, al igual que Miguel Ángel, era chato pero, a diferencia de él, no aumentaba el valor del material con el que trabajaba.

A Belvedere, en cambio, le parecieron excelentes sus esculturas. Al san Francisco para un convento de Bulgaria, le faltaban las gafas para parecerse a un funcionario de una oficina de Hacienda pero a Belvedere le pareció el colmo de la gracia y la piedad. De modo que decidió contratar a Tiepolo Melone por 5000 euros, aunque Tiepolo le pidió 10.000 por si picaba.

Una vez contratado al artista, por llamarlo de alguna forma que economice nuestras palabras, Belvedere le expresó, después de afectar mucha vergüenza y cohibimiento, su deseo de que en la imagen se simbolizara su comunión con el santo patrono poniéndole sus propios rasgos faciales. Tiepolo, que no era precisamente un maestro de la diplomacia, dijo, al oír aquello, con su italiano de todos los días:

-Pero usted es un hombre muy feo. Le sentaría mejor esa cara a una gálgola demoníaca que a san Bartolomé...

Belvedere, que no entendía muy bien el italiano porque lo aprendió de un amigo alemán que había estado cinco años en Nápoles, al oír la palabra brutto, no pensó que le estaba diciendo feo sino bruto, necio, incapaz. De modo que se ofendió tanto que le gritó indignado que iba a contratar a otro escultor menos insolente y que se despidiera de los 5000 euros y que él no tenía nada de bruto, que había trabajado de ingeniero químico en la India y que era un cerebro privilegiado.

-Calmati, per favore -dijo entonces Tiepolo, poniendo las palmas de las manos en actitud conciliadora-. Si farà quello che dici...

Un mes después, la nueva estatua de san Bartolomé llegó al pueblo del inglés en un cajón de madera lleno de virutas. Los primeros ojos que la vieron fueron los del párroco, quien, meneando la cabeza delante del sacristán, dijo:

-Lo que nos vamos a acordar de la otra... dichoso accidente... con lo bien parecido que era el san Bartolomé que se nos cayó...

Colocaron la estatua en el altar entre tres hombres y, al domingo siguiente, fueron honrados con la visita del obispo, que fue al pueblo precisamente a bendecir la imagen.

Pero cuando los feligreses, entre los que había gran expectación por contemplar lo que imaginaban un prodigio artístico llegado de la patria de Leonardo da Vinci, vieron las facciones horrendas del nuevo san Bartolomé, al que no faltaba la enorme verruga que Belvedere tenía junto al ojo derecho, se comenzaron a persignar pero no por veneración piadosa sino por horror supersticioso, pues no hemos dicho que mirar a Belvedere, pese a su nombre, era una empresa de lo más desagradable.

Belvedere vivía justo al lado de la iglesia parroquial, al otro lado de la plaza y un viernes recibió la visita de un amigo de Gibraltar. Este hombre, pelirrojo y cojitranco, producto de un disparo de su arma de caza  que se dio accidentalmente en la pierna mientras caminaba detrás de un rebeco, iba casi todo el año vestido con una camisa abierta que mostraba la pelambrera rojiza de su pecho y tenía tanta flema que, si veía que atropellaban a un niño en la calle desde la barra de un bar, se tomaba un sorbo más de cerveza antes de decir "¡Oh my God!".

Este gibraltareño tenía una pareja de monos de Gibraltar que siempre le acompañaban. Y ese viernes los dos macacos, abandonados con descuido por su confiado dueño, mientras éste era recibido y agasajado por Belvedere, como amigo de toda la vida que era, se introdujeron por la puerta de la Iglesia, abierta en ese momento porque unas mujeres estaban limpiando el templo. Con tanto sigilo se movieron los monos que no fueron advertidos por las mujeres. Pero en el momento en que una de ellas fue, con mucha aprensión, a pasar un trapo mojado al feísimo san Bartolomé, vio saltar desde detrás de la imagen lo que ella, con la percepción alterada por semejante sobresalto, describió como dos hombres feísimos y muy pequeños que le parecieron diablos.

La noticia se extendió por todo el pueblo muy pronto y sobre la nueva imagen de san Bartolomé cayó un pesado estigma que desembocó en la evidencia máxima que se le manifestó al párroco de que era necesario sustituir la talla por una nueva de loza y guardar la desechada en la sacristía poniendo, a ser posible, una tela que la ocultara.

Cuando Belvedere conoció la decisión del cura, su fe católica apostólica romana comenzó a flaquear y, al poco, volvió a entregarse al credo metodista, religión que le parecía mucho más verdadera que la católica porque, por ejemplo, permitía que los asesinos fueran al Cielo a condición de que no se arrepintieran nunca.

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