17 de septiembre de 2012

Turismo


A Gladis Leonor Ataide

Los grandes banqueros del país estaban reunidos secretamente buscando un modo de incrementar sus beneficios en aquellos tiempos de vena escasa, término técnico con que ellos llamaban a la recesión económica. Un hombre de mucha corpulencia, el que mayor la tenía en aquella habitación, se levantó de la mesa ovalada y dijo: 

-Yo creo que deberíamos hacer atractiva, poco a poco, ante la opinión pública, la esclavitud. Sería un modo de hacer mucho dinero sin gastos apenas...

-Enrique, debes tomarte la medicación a sus horas -dijo un hombre enjuto y anciano-; no molestes, por favor. Tu padre se va a entristecer si se entera de que te has portado mal -y dirigiéndose a los otros reunidos, continuó:- ¿Alguna idea, al fin?

Un hombre joven y de complexión atlética dijo inclinándose hacia adelante y cruzando las manos sobre la mesa:

-No creo que se trate de inventar nada nuevo, sino de hacer más rentables los negocios que ya hay. El turismo es el futuro, todo lo que tenemos que hacer es reciclar las viejas estructuras.

Los reunidos, pese a su hábito de opacidad en los gestos, dejaron entrever cierto interés y satisfacción por la idea que acababa de ser expresada por aquel hábil y prometedor magnate.

-Nuestros lugares turísticos están demasiado depauperados, Carlos, el espectáculo de los habitantes famélicos por las calles espantaría a la clientela -dijo, de pronto, un hombre de cejas y cabellera totalmente blancas.

-No, si desalojamos a la población de los centros de interés cultural y turístico -contestó el joven delgado.

-Pero, ¿cómo vamos a conseguir eso en una democracia, Carlos? -preguntó el anciano enjuto.

-Con una ley para la protección física de las construcciones antiguas -contestó el joven delgado-. Reconstrucciones a fondo con  derribo  controlado de edificios adyacentes y creación de perímetros inmensos para evitar dañar tan valiosas obras de arte.

-Eso tiene mucho sentido -dijo el hombre de pelo blanco.

-No, Carlos... -dijo un hombre con una larga barbilla prognata-, sería un esfuerzo financiero enorme para unos resultados más bien raquíticos. No hay turistas suficientes hoy día. La gente no tiene ya dinero para viajar, ir a restaurantes lujosos, disfrutar de la cultura, divertirse...

-¿Y quién dice que tiene que hacer todo eso la gente? -dijo enigmáticamente el joven delgado-. Hay que dar un nuevo paso adelante. Ya no queremos consumidores, que sea el dinero mismo el que consuma, que vaya a restaurantes lujosos el dinero, que disfrute de la cultura el dinero, que se divierta el dinero, que haga turismo el dinero... señores, ese es el futuro.

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