15 de septiembre de 2012

Seis microrrelatos para promover la generosidad (III)

A Isabela Dávila

Un hombre tuvo dos hijos. Uno se llamaba Ricardo y otro Francisco. Corrientemente les decía que un hombre ha de tener generosidad por encima de cualquier otra cosa y que ellos harían bien en conducirse con generosidad en todas las facetas de su vida. Sus hijos interiorizaron este consejo y procuraron toda su vida actuar generosamente.

Con el tiempo, Ricardo y Francisco se hicieron hombres maduros. Ricardo, que pensó que la generosidad la ejercería mejor si estaba provisto de una gran suma de bienes materiales, se aplicó durante toda su vida a ganar dinero pero, pese a que agraciaba a mucha gente con sus donaciones para fundaciones y sus puestos de trabajo, el mundo que le rodeaba era gris y triste. Francisco, en cambio, no se hizo rico sino que vivió toda su vida desempeñando un puesto de trabajo modesto pero en el que se sentía feliz. Su familia, sus amigos y sus compañeros de trabajo disfrutaban de la mayor felicidad cuando estaban a su lado. Ricardo, que era consciente de esta realidad, le dijo un día a su hermano:

-Paco, estás siempre rodeado de alegría y amor pero eso no es lo que me extraña. Lo que me extraña es que yo tengo mucho más dinero que tú, creo puestos de trabajo, ayudo a la gente a salir de la miseria y sin embargo nadie me lo agradece y todos me miran con caras largas. ¿Te puedes explicar esto?

-Sí, hermano -dijo Francisco-, tú das dinero a fundaciones pero desgravas en el impuesto sobre la renta, sacas a la gente de la miseria pero, si no cumple con sus obligaciones, la vuelves a tirar al arroyo, creas puestos de trabajo pero expulsas a la gente que crees que no es competente para hacerte aumentar tus beneficios, das mucho a todo el mundo pero no más de lo que ellos te dan a ti. ¿Recuerdas lo que dijo nuestro padre? "Tenéis que ser generosos en la vida..." La generosidad no va desde tu mano hacia el que la necesita, como tú piensas, sino desde tu corazón a tu mano.

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