13 de septiembre de 2012

Seis microrrelatos para promover la generosidad (II)

A Susana Escarabajal

Adrian Thalassinos no robaba para vivir sino por hacer el mal. Robaba a los pobres sus pocas pertenencias de valor y las arrojaba al mar desde su yate de lujo. Una vez vio a un mendigo pidiendo en las calles de Atenas y sintió el impulso irresistible de hacerle un mal pero no sabía qué podía robarle para provocarle el suficiente sufrimiento. Lo meditó detenidamente pero no supo encontrar una respuesta. Por eso decidió preguntarle al mismo mendigo de qué cosa no se encontraba capaz de prescindir, si del dinero recolectado aquel día, su abrigo, su carro del supermercado donde transportaba los cartones o su sombrero con un agujero.

El mendigo, respondió que lo único de lo que no podía prescindir era de su capacidad para prescindir de todo. Adrian le dijo que le regalaba una mansión en las afueras de Nikea en la que podría vivir sin trabajar asistido por un mayordomo y todos los sirvientes necesarios. El mendigo aceptó y cuando pasaron tres meses, buscándose una excusa, Adrian lo expulsó de la mansión y lo dejó nuevamente en la calle.

Antes de que se marchara, el ladrón le preguntó al mendigo si le dolía mucho volver a vivir en la calle y pasar de tenerlo todo a no tener nada. El mendigo respondió al ladrón:

-Es cierto que lo acabo de perder todo y me duele pero, si recupero mi alegría de vivir pese a que ya no tengo nada, lo que tú me has dado estos tres meses no será nada comparado con la generosidad que habré tenido yo conmigo.

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