10 de septiembre de 2012

Reducción de costes

A Susana y Dioni Escarabajal

Al presidente de una de las compañías de petroleo que controlaban el mundo incrementando sin cesar sus beneficios a base de no escatimar en vidas humanas y de reducir gastos, especialmente en el capítulo de indemnizaciones por daño al medio ambiente y limpieza de la contaminación, había que enterrarlo. Había muerto inesperadamente en su despacho. Cuando se le encontró, su mano agarraba todavía el auricular del teléfono con la rigidez de la muerte reciente. Las diligencias para nombrar nuevo presidente se habían hecho rápidamente. Antes incluso de que retiraran el cadáver, uno de los ejecutivos de la empresa arrebató el auricular de la mano del difunto para convocar una reunión con ese objeto. 

La familia del difunto se desentendió de sus deberes para con él. Estaban todos de veraneo, disfrutando de playas paradisíacas en mares asiáticos o visitando las maravillas arquitectónicas y artísticas de todo el orbe y  además alegaban con una sospechosa ternura que no querían tener nada que ver con el entierro de alguien a quien habían amado tanto. 

Los amigos se interesaron por el testamento pero, cuando se les preguntaba si serían ellos quienes iban a pagar los gastos del funeral, una vez comprobada su ausencia en el reparto de la herencia y expresado el natural pesar por la muerte de un hombre tan joven, se marchaban muy apresuradamente como si temieran llegar tarde a algún sitio.

La empresa tampoco quiso hacerse cargo de los gastos del funeral, iba contra sus principios, que tan buenos dividendos les había dado, usar los beneficios para gastos superfluos o que se pudieran soslayar fácilmente y sin riesgo para la compañía.. 

Como consecuencia de todo esto, el ayuntamiento de Nueva York se encargó de llevar al cadáver a la fosa común pero, como había una crisis económica causada por la subida de precios del petróleo, el coche fúnebre no pudo repostar aquel día por falta de fondos y, como el cadáver ya empezaba a descomponerse y olía mal, alguien decidió encargar a un subordinado que recogiera del despacho presidencial al hombre que estaba allí muerto y que lo echara al maletero de su coche y lo llevara al cementerio. Cuando el subordinado protestó diciendo que el maletero lo utilizaba para meter la comida del supermercado, el ejecutivo le prometió, aunque no por ello cumplió después, que le pagaría un trabajo de desinfección por parte de un buen profesional.

Era verano y el cambio climático debido al efecto invernadero por el uso de hidrocarburos hacía que Nueva York hirviera de calor. El subordinado sudaba en un atasco en el puente de Brooklyn mientras le llegaba cada vez más intensamente, no sabía por qué resquicio, el olor del cadáver. El calor, el hedor, los claxons que sonaban sin parar, el estrés, la impaciencia, volvieron loco al subordinado, que bajó del coche abrió el maletero y tiró sobre el arcén el cuerpo del hombre muerto. 

Al atardecer, pasaron por allí dos jóvenes negros pertenecientes al mundo de la marginación y, cuando descubrieron aquel cuerpo, no pudieron evitar la risa más socarrona ni entregarse a las bromas más macabras y, al final, lo agarraron entre ambos y lanzaron al que había sido uno de los pocos hombres que dominaban materialmente el mundo al río Hudson.


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