10 de septiembre de 2012

Psicosis

Este cuento me lo dedico a mí mismo

Don Régulo Severo era un crítico literario muy influyente y de mucho prestigio cuya opinión era temida por los escritores pues decidía el éxito o el fracaso de sus obras. La literatura era, para él, un arte con unas reglas formales muy definidas más allá de las cuales dejaba de ser buena cualquier página que se escribiera, no importaba la intención que tuviera el artista al hacerlo. No concebía la posibilidad del genio, para él ya estaba todo inventado, la escritura era un trabajo de índole artesano. Cuando, por ejemplo, juzgaba un poema, aunque el autor hubiera puesto toda su alma en retratar un sentimiento y le hubiera infundido tal emoción a sus palabras que no había mucha diferencia entre leerlo y llorar, se creía autorizado a criticarlo duramente porque infringía las leyes de la métrica o no aparecía el estribillo en el lugar correspondiente.

Sucedió que el novelista Pedro Antonio Vives publicó, cuando ya don Régulo reinaba en el mundo de las letras con poder absoluto, una novela que, según el mismo autor, suponía su más ambicioso esfuerzo en busca de la perfección de la obra maestra. Don Régulo, con su acostumbrado rigorismo, le hizo una crítica adversa y su obra acabó siendo un fracaso comercial. Pedro Antonio pasó al silencio y al olvido como consecuencia de ello. Algunos rumores decían que incluso el fracaso de su novela había afectado a su estabilidad mental y que había perdido el juicio.

Don Régulo, por aquel entonces, era un hombre de unos 45 años, casado y con un hijo y una hija. Vivía en Bilbao y daba clases en la universidad. No tenía suficientes recursos económicos como para despertar la codicia de ningún delincuente pero un día, ante el asombro de todos, desapareció. 

Si don Régulo hubiera podido contar su historia, habría dicho que ese día, al salir de la universidad, le salió al paso un hombre con un pasamontañas y una pistola que le obligó a montar en un coche y que, tras llevarle a una casa aislada del monte, le encerró en una de sus habitaciones.

Pasaron dos duros días durante los que no pudo comer nada, sólo beber de un cubo que había en aquella habitación. Y al tercer día, apareció al otro lado de la puerta la imagen demacrada y ojerosa de un Pedro Antonio Vives en un lamentable estado de perturbación mental. 

Traía en la mano una revista en la que don Régulo había publicado la crítica a su novela y en la cintura llevaba una pistolera con la pistola enfundada.

Don Régulo se abalanzó contra él gritando:

-¡Siempre he sabido que eras un canalla! ¡Deja que me vaya o te pudrirás en la cárcel, hijo de mala madre!

Pedro Antonio sacó el arma de su funda y le apuntó rápidamente logrando que el crítico se detuviera a medio camino de él.

-Te creíste con derecho a meter tus narizotas en mi forma de escribir, ahora pagarás caro lo que has hecho -le dijo al crítico con el arma apuntándole-. Ahora seré yo quien decida lo que está bien y lo que está mal, lo que tienes que hacer y lo que no. Te voy a dar reglas hasta para respirar, miserable... -Pedro Antonio acompañó estas últimas palabras con un brillo febril en los ojos que congeló la sangre de don Régulo.

A continuación, dio un portazo y cerró con llave. Desde el exterior, el novelista leyó a gritos un trozo de la crítica de don Régulo: 

"A este crítico que les habla le parece completamente inverosímil que un bombero fume mientras apaga un incendio..."

-¡Régulo, tú eres vasco...! -gritó a continuación con rabia-. ¡Tienes que ser un vasco verosímil! ¡No me vengas con libertades y anarquía!

Abrió de nuevo la puerta y, apuntando con la pistola a su prisionero, le gritó:

-¡Sal delante de mí... y ni un solo truquito o te reviento! 

Cuando estuvieron fuera de la casa, Pedro Antonio condujo al crítico hasta la parte de atrás, hasta un lugar donde había semienterrada una enorme piedra de molino.

-¡Levanta esa piedra, harrijasotzaile! -gritó amenazante.

Don Régulo vaciló unos instantes. Pedro Antonio disparó al aire y volvió a gritar: 

-¡Levántala! 

El crítico se agachó y comenzó a empujar la mole. 

-¡Más fuerza, harrijasotzaile! -gritó el novelista. 

El crítico se esforzó aún más. Pero el novelista volvió a disparar y gritó: 

-¡Más fuerza, más fuerza, más fuerza...! ¡Que tus músculos se pongan tan tensos que te revienten las venas, levantador de piedras!

El crítico se volvió hacia el novelista y le suplicó lleno de pavor: 

-Por favor... no puedo levantar esto, es enorme, no es posible que ningún ser humano lo levante... 

-Mi bombero sufría estrés -dijo entonces el novelista-, fumaba para calmar los nervios. Además, mi novela es simbólica, no realista... -entonces, apuntó al entrecejo de don Régulo y, tras unos segundos de inmensa angustia para el crítico, sonó el chasquido sordo del disparador sobre la cámara vacía de la bala. 

-Para el estrés de la muerte lo mejor es un cigarrillo... -dijo Pedro Antonio finalmente mientras don Régulo se derrumbaba en el suelo gimoteando como un niño al que no concedieran un capricho.

Don Régulo recibió un trozo de pan y otro cubo de agua y volvió a quedar encerrado en la habitación. Al día siguiente, apareció de nuevo el novelista pero no abrió la puerta. Desde el otro lado, el crítico le oyó leer otro fragmento de su artículo: 

"...tampoco es verosímil que una mujer entrada en años se exprese con el lenguaje de los jóvenes de ahora..." 

-Régulo, esa historia pertenece al mundo del futuro y, en ese mundo, las niñas de catorce años serán abuelas... Pero tienes razón, Régulo, la mujer del César... tú siempre tienes razón, por eso se respeta tanto tu opinión -el novelista quedó en silencio un largo minuto y, de pronto, continuó así:- Tú tienes una suegra, no me parece bien que la quieras, no estaría bien en un hombre querer a la madre de su esposa... No es verosímil, Régulo... la voy a matar y te voy a traer su cadáver para que te quedes tranquilo... tú tienes que desear que muera tu suegra, eso sí es verosímil, amigo mío...

-¡No, Pedro Antonio, no, no hagas eso, te lo ruego, te lo suplico...! -exclamó el crítico. Luego, con la voz y todo el cuerpo temblándole, en tono conciliador prosiguió:- Te diré una cosa, escúchame... Tu novela es maravillosa, es lo mejor que he leído jamás... en su género, claro está... 

Pero Pedro Antonio ya no escuchaba. Se oyó entonces su portazo al salir a la calle. Don Régulo intentó por todos los medios liberarse. Pero sus fuerzas, ya escasas por naturaleza, tras haber pasado todos aquellos días sin comer casi nada y soportando una enorme tensión psíquica, no le daban ni con mucho para derribar una puerta. Cuando Pedro Antonio regresó, estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la puerta y cantando en voz baja una canción infantil. Su horror no tuvo límites cuando escuchó el ruido de algo grande al caer y, a juzgar por el sonido, compacto y orgánico, mientras el novelista decía: 

-Aquí la tienes, Régulo, ya no te molestará más diciendo que has echado a perder la vida de su hija. Porque lo verosímil es que las suegras digan eso, Régulo, ninguna suegra tiene derecho a no decirlo y tú no tenías derecho a no odiarla, por eso la he matado para ti. 

Entonces el novelista leyó otro fragmento de la crítica: 

"El personaje malvado no muere al final lo que me parece un grave error de este escritor. De ese modo, la novela queda con un final abierto que nos deja sin comprender a las claras qué pasará más adelante..."

-Régulo, ¿sabes?, antes de que echaras a perder el trabajo de dos largos y duros años, pensaba que los escritores eramos creadores y que parte de nuestra tarea era la novedad y que escribir era el mayor ejercicio de libertad que estaba en manos de un ser humano -a partir de aquí, Régulo oyó cómo se aproximaba un objeto que arrastraban desde el otro lado de la puerta y la voz del novelista sonaba fatigada como de hacer un cierto esfuerzo, posiblemente el de arrastrar ese cuerpo-. Pero ahora pienso... pienso que todo está escrito, no hay libertad, Régulo, la gente como tú nos tiene sujetos para que sigamos los buenos caminos y jamás... jamás... -la puerta se abrió de un tremendo golpe y el cuerpo rígido y contorsionado de una anciana degollada se abalanzó contra el crítico-, ¡jamás cambie nada! 

Don Régulo estaba en el suelo gimoteando, lleno de pánico, no podía levantarse, no tenía fuerza en las rodillas. El cadáver de su suegra le había caído encima y había retrocedido con aprensión a gatas para apartarse de él. El novelista cargó su pistola y le apuntó a la cabeza: 

-Lo verosímil es que te mate, Régulo, la historia queda mejor, los críticos dirán que así es como tenía que ser... 

-¡No me mates... no me mates...! -gimoteaba don Régulo temblando de pies a cabeza. 

-No soy libre, Régulo, si lo fuera, te perdonaría la vida, pero soy tu prisionero, soy tu marioneta, soy tu monigote... 

El primer tiro atravesó la cabeza del crítico con una trayectoria transversal de la frente a la nuca. Dejó ver el blanco de sus ojos antes de desplomarse hacia atrás mientras por el agujero de la bala salía abundante sangre acompañada de vísceras. 

El novelista leyó otra vez completo el artículo sentado en una mecedora del cuarto de estar. Lo que más le gustó entonces fue el final, un final lleno de modestia y humildad donde don Régulo Severo admitía la posibilidad de haberse equivocado y de que Pedro Antonio Vives hubiera escrito de verdad una obra maestra. Le gustó ese sabor a hipocresía y condescendencia; en un momento como aquel le venía bien recordar que el hombre al que había matado había tenido la jactancia de dejarse invadir por un sentimiento de lástima hacia él.

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