29 de septiembre de 2012

Manchas rojas

A Aura, 
administradora del blog Noches y Emociones

El celador del centro de salud que estaba a cargo del puesto de información, consultó un papel lleno de manchas rojas que él mismo había ocasionado con el ketchup de la hamburguesa con la que había desayunado. 

-Salud mental 3, segunda planta a la derecha -dijo al final a una mujer de unos 28 años, muy bella pero con una expresión en su rostro que mostraba que su alma estaba poseída por la amargura y que apenas encontraba luz en el camino de la vida.

Al llegar al segundo rellano de la escalera, una empleada del servicio de limpieza derramó un recipiente de lejía y salpicó a la joven en la falda, provocándole una mancha indeleble. 

-¡Oiga, tenga cuidado por donde pasa...! -dijo secamente la limpiadora, que creyó que había sido la joven la culpable del accidente.

La joven pasó de largo silenciosamente porque no tenía humor para contestarle que, mientras fregaba el suelo, no debía comer magdalenas pues aquella limpiadora no había tenido tiempo de desayunar en casa y combatía el hambre en ese momento con las magdalenas que se había traído al trabajo.

La joven llegó a la puerta en que se exhibía el rótulo Salud mental 3 y, tras comprobar en una nota informativa pegada a la pared que ella era la última de la lista y que la consulta estaba a cargo de un hombre llamado Pedro Borrego, se sentó callada y tristemente en uno de los sillones de la sección con la intención de esperar resignadamente hasta que llegara su turno.

En aquel módulo había otras tres personas. Una era una mujer de más de 70 años, muy delgada y con una expresión alegre, tan alegre cuando miraba a la joven que a ésta le pareció que rozaba lo jactancioso. También había un hombre de la misma edad sentado junto a la anciana que ponía caras de consternación y resoplaba de vez en cuando tristemente.

En un rincón, apartado de los demás, estaba la tercera persona, un joven de unos 30 años que apenas miraba a los demás y estaba la mayor parte del tiempo mirando al suelo y fijos los ojos en una de las losetas. 

De pronto la anciana rompió el silencio y dijo, sin más preámbulos, a la joven, siempre con su expresión sardónica: 

-Yo voy al peluquero que hace el peinado a la Martirio. 

-¡Vaya, qué bien! -dijo la joven intentando ser agradable pese a que no tenía ningún deseo de hablar con nadie.

-No me gusta tu peinado -dijo la anciana.

-¡Joaquina...! Ya está bien, deja a la chica en paz -suplicó su anciano acompañante.

Pero, al cabo de un par de minutos, la anciana volvió a romper el silencio:

-Si yo quiero, me pone hasta la peineta del coche de Fernando Alonso -y, moviendo sus manos y brazos como en un baile flamenco hasta quedarse en una postura de postal de sevillanas, dijo:- ¡Olé!

-Joaquina, que no haces gracia, que estás haciendo la tonta... -dijo con desesperación el anciano.

-¡Tú te chupas lo que yo me sé -gritó Joaquina-, a ver si se te pone tieso...!

-¡Joaquina...! -gritó el anciano callando lo que continuaba, que debía ser una amenaza conyugal repetida infinidad de veces por él y a la que recurría en los momentos en que ella le desobedecía.

El silencio volvió de nuevo pero sólo durante diez minutos porque, entonces, el hombre de 30 años, que en ese momento miraba como el resto del tiempo al suelo pero ahora con un brillo extraño en sus ojos, se levantó de su asiento y gritó con toda la furia de la indignación más grande al anciano, que en ningún momento se había dirigido a él:

-¡¡Te vas a tragar esas palabras, cochino...!! ¡¡Yo he jugado en una filial del Barça...me oyes!! ¡¡Y no te lo consiento... porque tú lo único que has hecho en tu vida ha sido limpiar retretes, socerdo...!!

A continuación, pegó una patada en uno de los sillones vacíos y se marchó hecho un basilisco.

Al poco, salió el paciente que estaba dentro y entraron los dos ancianos. El joven de 30 años volvió y, al ver que los ancianos ya no estaban, volvió a pegar una patada en el sillón y se volvió a marchar.

Cuando, al cabo de veinte minutos, salieron los ancianos de la consulta, el doctor Borrego llamó a Josep Girona dos o tres veces. La joven se aproximó a la puerta y dijo: 

-Si es un joven rubio y que mira siempre al suelo, se ha marchado.

-Bueno yo no sé si es rubio o del Japón -dijo el doctor con aspereza-. Si no entra él, es que no está... fijo.

A continuación llamó a Josefina Gutierrez.

-Tampoco está -dijo la joven.

-Francesc Pujol... -dijo el doctor, entonces.

-No hay nadie más que yo -dijo la joven sonriendo tímidamente.

-¡¿Señorita, me quiere usted dejar que haga mi trabajo?! -gritó el doctor enfurecido y llamó a otras tres personas más antes de dejar pasar a la joven.

El doctor estaba comiendo un donuts y tenía la mesa de su consulta llena de migajas. Cuando tuvo a la joven sentada a la mesa, fijándose en sus bellos rasgos, se sintió excitado sexualmente y relamiéndose el azúcar de sus viscosos e hinchados labios y arqueando las cejas sobre las que caía un largo mechón rizado procedente de su cabeza duramente atacada por la alopecia, dijo:

-Ya sé lo que le pasa a usted sin decírmelo: un desengaño amoroso... ¡Claro! Es que usted es un poco fea, perdóneme la libertad pero las cosas como son.

La joven, que aparentemente andaba con la autoestima muy dañada, calló como si el doctor Borrego tuviera razón en lo que decía sobre su apariencia física. 

-No es un desengaño, es que mi marido me ha violado. 

El doctor Borrego dio otro bocado a su donuts mientras guardaba silencio. Sus más perversas fantasías sexuales tomaron posesión de su mente sádica en aquel momento y quiso conocer los detalles más íntimos de la violación. Comenzó a hacerle preguntas sobre esta en su aspecto más físico, utilizando terminología anatómica muy especializada que ella no comprendía pero que a él le excitaba pronunciar, ebrio de jactancia y sadismo.

El hermetismo de las preguntas que le hacía, que, en realidad, se referían a si había sentido placer y otras cuestiones que no eran relevantes para un psiquiatra, parecía evitar que ella reaccionara violentamente o que se asustara y se marchara. Simplemente permanecía allí y no dejaba de repetir:

-Es que no le entiendo...

Pero él continuaba con sus preguntas porno de cirujano y sus comentarios de anatomista obsceno hasta que en su lenguaje técnico le dijo que le gustaría penetrarla violentamente, como había hecho su marido. En ese momento, ella se levantó disimulando una sonrisa en sus labios y se dirigió a la salida. En la puerta le dijo: 

-Me voy porque no le entiendo una palabra. Usted no me está atendiendo como es debido.

Dos horas después, la policía detuvo a Pedro Borrego, acusado de acoso sexual. Una grabación, hecha en su consulta de la sanidad pública, era la prueba. La autora de la grabación había sido la doctora Alicia Santos, prima de su víctima. Era la demandante una paciente que padecía una depresión, que el comportamiento deshonesto del psiquiatra había agravado notablemente. 

De no ser por aquella prueba, aquel tirano, con el consentimiento de un agonizante sistema público de salud, que le defendió de las acusaciones mientras no se logró la prueba, habría seguido reinando en su consulta, haciendo su más complacida rutina de la angustia y dolor de los demás.

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