15 de septiembre de 2012

La puerta abierta

A Isi Dávila

La puerta de casa estaba abierta. Nadie se había dado cuenta del hecho. Quizá en otros lugares era en lo primero que reparaban y a lo que más importancia se daba de todo pero en aquella casa estaban todos demasiado entretenidos con cosas mucho más serias como para preocuparse de cerrar la puerta. 

La comida estaba lista para servirse. Mamá y los cinco hijos se afanaban por preparar la mesa. Había que poner los cubiertos, la ensalada de lechuga y tomate con aceitunas rellenas de anchoa y atún, las manzanas y peras y los plátanos de Canarias, que eran los mejores, unas gambas con un chorrito de limón, que llevaba en un plato el pequeño de la casa, los frutos secos tostados en sal, almendras, cacahuetes, garbanzos, pistachos y avellanas en tres platitos violeta con relieves vegetales, y los pasteles de bizcocho con chocolate, merengue, nata o vainilla y con guindillas dulces y rojas para adornar. 

Se sirvió la sopa y, cuando estaban todos sentados, apareció en la puerta del comedor una niña pequeña.

-Mamá, ¿quién es esta niña? -dijo el mayor de los niños, que tenía trece años. 

-¿Qué niña? -preguntó Mamá, que todavía no había visto a la pequeña porque era más bajita que la mesa; y, cuando la vio, soltó un grito tan suave que parecía un susurro y dijo:- ¿Quién eres tú? ¿Cómo te llamas?

-Vida -respondió la niña.

-Vida, ¿quieres comer? -preguntó Mamá.

La niña dijo sí con la cabeza y el del medio, que tenía 9 años, trajo una silla y un plato y la madre le echó sopa quitando un poco a cada hijo. 

-Mamá la puerta tiene que estar abierta porque, si no, Vida no habría entrado -dijo el segundo, que tenía 11 años-. Voy corriendo a cerrarla. 

El portazo sonó atronador y todos quedaron por un instante en silencio, como asustados. 

-¡Qué bestia, tú! -exclamó el mayor cuando volvió el segundo al comedor.

-¿Qué le pasa a Vida? -dijo el del medio de pronto porque la niña ya no comía y parecía dormida.

Todos miraron hacia ella y vieron que se había puesto pálida y sus labios y párpados estaban amoratados. 

-¿Qué te pasa, nena? -dijo Mamá. 

La niña se acabó desmayando y Mamá la cogió, muy asustada, la tumbó en el sofá y comenzó a darle aire. 

-Hay que abrir la puerta -dijo el penúltimo, que tenía seis años-. Para que entre el aire. 

-Sí -dijo el del medio-. Se ha puesto así cuando hemos cerrado la puerta. 

-Vuelve a abrir la puerta, tú -ordenó el mayor al segundo. 

El segundo fue corriendo a abrirla y, al poco de hacerlo, a Vida le volvió el color a las mejillas y al resto de su rostro, abrió los ojos y sonrió mostrando una simpática mella.

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