22 de septiembre de 2012

La perplejidad de Shu Chiao

A Saoirse Jignesh

   Un periodista chino, Shu Chiao, había logrado de la gran promesa del toreo, Piolín González, el permiso para rodar su vida durante una jornada entera. El principal momento del rodaje fue el de los preparativos previos a la corrida en un hotel de Sevilla. Shu Chiao preguntó a Piolín mientras los ayudantes vestían al torero: 

   -¿Por qué llamar como pajarito dibujos animados, Piolín?

   Piolín contestó, poniendo una entonación de hombre muy hombre, de los que tienen estómago para lo que sea:

   -Desde niño me llaman así. Me llamo Pío, pero como era pequeño, me llamaban Piolín.

   -Ahora ser grande hombre ¿cómo llamarte como cuando pequeño? ¿No salir con mujeres aún?

   A Piolín se le heló la sangre y, para descargar su rabia por las palabras del chino, que agravaba su ayudante ajustándole los pantalones por la entrepierna con una mano demasiado buscona, con tono hosco y amenazante, respondió: 

   -Menos cachondeo, chinito, no vayamos a tener un disgusto esta tarde...

   -Piolín -continuó Shu Chiao-, ¿qué ser retratos y figuritas con velas sobre la mesa? ¿Toreros también ser hechiceros?

   -No, amigo -dijo Piolín, cambiando a un tono más amable; se dirigió a la mesa donde se exhibían diversos símbolos religiosos junto a los que ardían tres velones y dijo, señalando a los diversos objetos sobre los que hablaba:- Esta es la Virgen del Rocío, de la que soy devoto y a la que rezo para que me guarde de una mala tarde. Este es San Blas, a quien le rezo para que el pitón del toro no me entre por la boca cuando entre a matar. Este es San Pedro Regalado, el patrón de los mataores, muy buena persona en vida. Este es el Cristo de la Buena Muerte para que se la dé al toro y me den, si es posible, las dos orejas y el rabo. Este es el Cristo del Gran Poder, para poder yo con el toro. Este es el Cristo del Consuelo, para que, si no me sacan a hombros, por lo menos, que me saquen algunos pañuelos, lo que es un buen consuelo. Y este, el Cristo del Rosario, al que rezo con mucha fe para que el toro no me haga ningún daño.

   -¡Interesante, señor! ¿Qué ser Cristo? -dijo Shu Chiao.

   -Cristo es Dios -dijo Piolín, decepcionado por la ignorancia del chino, mayor de la que sospechaba-. El Padre Celestial que no deja que pase nada malo que no sea estrictamente necesario.

   Shu Chiao quedó unos segundos en silencio como meditando algo y luego dijo, como sumido en la  perplejidad:

   -¿Y Padre Celestial creer estrictamente necesario clavar pinchos en buey?

(Del libro "Ironías para las Conciencias")

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