13 de septiembre de 2012

La conquista

A Isi Dávila

El coronel César Viola, que apenas había visto en su vida un campo de batalla de verdad, dedicado exclusivamente a misiones de paz, albergaba la secreta añoranza de dirigir la invasión y conquista de un territorio extranjero. Puestos a soñar, su imaginación le llevaba siempre hacia el norte. Se representaba una época de graves dificultades económicas en Francia, quizá por una crisis en la industria del automóvil. Renault y Citroën caían ante el empuje fulminante de los japoneses y los alemanes y Francia se convertía en un país prácticamente subdesarrollado y tercermundista. El Rey de España le encargaba la notoria misión de conquistar la zona francesa del País Vasco para detener las ansias independentistas de Euskadi obsequiando a esta comunidad autonómica con la anexión largo tiempo perseguida de la mitad norte de la nación vasca.

El coronel Viola se veía avanzando conquistador por sobre tierras montañosas y fértiles, haciendo huir de sus casas a la población civil y arrasando las tropas francesas. Al tercer mes, caía la última resistencia del territorio ante el empuje hostil y dominante de las fuerzas magistralmente dirigidas por él. Un fotógrafo lo inmortalizaría en una pose y con un rictus de gran autoridad y pasaría a la posteridad como el coronel que arrancó sin esfuerzo a los franceses un trozo de su territorio y vengó la invasión napoleónica.

El coronel Viola, pese a sus 47 años, todavía no tenía esposa. Había visitado muchas veces los prostíbulos, de los que, tras sacar de las mujeres todo a cuanto tenía derecho por su dinero, salía pletórico de orgullo por el cuerpo que había tenido bajo su poder durante unos minutos.

En una misión de paz en un país africano, su campamento quedó asentado junto al de una ONG de ayuda humanitaria. Debido a los frecuentes contactos entre el personal de la ONG y las tropas españolas, el coronel pudo conocer a una hermosa mujer llamada Anna Libero de la que, andando el tiempo, quedó completamente enamorado. El caso era que este aguerrido invasor era un tímido redomado con las mujeres; su inseguridad le hacía temer que, a la hora de declararle su afecto a alguna, le tomara por un acosador sexual o se marchara abochornada y escandalizada por oír proposiciones de tono tan personal.

Tenía el coronel amistad con un oficial subordinado, el teniente coronel Darío Dante. Una noche de verano, charlando con él a la luz de la luna disfrutando al aire libre de una agradable brisa que enfriaba la temperatura ambiental, le explicó que había hablado dos veces con una mujer de gran belleza e inteligencia, soltera y sin novio. Le confesó que sentía algo por ella pues pensaba que sería una buena madre para sus hijos y una esposa perfecta pero que no sabía cómo conquistarla.

El teniente coronel Dante, que hacía sus pinitos en poesía a pesar de su profesión de militar, como si fuera un modelo de humanista del Renacimiento, tras escuchar el problema del coronel, le dijo:

-Las dificultades no son tantas, César, sólo tienes que hablarle muy poéticamente para convencerla de que eres una persona en la que puede confiar.

-El caso es que yo no leo poesía, no entiendo los poemas, son pura algarabía -dijo el coronel.

-Es que los poemas no hay que entenderlos sino sentirlos -dijo Darío-. Yo te compondré un poema para ella y, cuando te pregunte por el autor, le dices que lo has compuesto tú. Llevará tanta intención pero tan sutilmente expresada que ella aceptará comenzar una relación.

El coronel se sintió entusiasmado ante aquella propuesta y, al día siguiente, Darío le entregó una hoja arrancada de una libreta con este poema escrito:

"No soy digno, noble Anna, de mancillar con mis manos la orla de tu vestido, pero ya me han derrotado las tropas del dios Amor y, manso, humilde y cuitado, te ofrece mi atrevimiento que me aceptes como esclavo." 

En cuanto leyó el coronel Viola la palabra derrotado y comprobó en el resto del poema que todo eran muestras de inferioridad en la voz que hablaba en él, le dijo a Darío:

-Pero Darío, por favor, ¿cómo voy a conquistar a una mujer poniéndome tan mal como me has puesto tú aquí? Me retratas poco menos que como un guiñapo...

-César -dijo Darío-, no seas bruto, y perdón por hablarte así pero a las mujeres no hay que irles con arrogancia, ellas han de valer en nuestro pensamiento mucho más que nosotros, eso las halaga y las tranquiliza con respecto a nuestras intenciones.

-Pero si el poema no explica lo mucho que valgo, ¿de qué me sirve? -dijo el coronel.

-Lo dicho, César: no seas bruto -dijo Darío-. El poema dice de ti más de lo que alcanzarías a hacer tú hablándole tres o cuatro horas seguidas de todas tus hazañas y condecoraciones. Hazme caso, el mundo de las mujeres es al revés que el de los hombres.

El coronel Viola quedó pensativo unos instantes, releyó el poema y respondió:

-Está bien, cuando la vea le digo buenos días, le hablo un poco del tiempo y le recito el poema, ¿quedará bien así?

-Lo dudo, César -dijo Darío-, es mejor que escribas el poema en un papel perfumado, recojas de los alrededores del campamento unas florecillas, enrolles el papel alrededor del ramito y se lo entregues, a ser posible un día festivo en el que tengáis tiempo de charlar y pasear juntos.

El coronel Viola aceptó todas las recomendaciones de su amigo y el domingo siguiente le entregó el precario ramo con el poema a Anna Libero. Luego estuvieron paseando, como había aconsejado el teniente coronel. El coronel aprovechó para abrumar a Anna con la narración de sus misiones en lugares de alto riesgo y la enumeración de cada una de las medallas conseguidas. Estaba tan convencido de que había causado una favorabilísima impresión en Anna que, cuando se iba a despedir de ella, se atrevió a decir con cierto empaque:

-Interpreto que te he conquistado completamente y que eres ya mi novia, ¿me equivoco en algo?

Ella demudó el rostro y dijo con frío desapego:

-Coronel Viola, su forma de entender el afecto hacia un ser humano deja mucho que desear. Usted no me ha conquistado puesto que, como ser humano, no soy propiedad de nadie ni lo seré jamás y, en cuanto a ser novia de usted, dudo que mi persona satisfaga lo que usted necesita de una mujer. Espero que encuentre quien lo haga pero, por el bien de ella, espero también que influya en su carácter para mejorar su mentalidad pues, si usted se comporta con ella como me ha mostrado hoy ser, la hará desgraciada en cualquiera de los casos.

Al coronel estuvo a punto de entrarle en la boca una mosca viendo a Anna marcharse hacia el campamento tras aquel rapapolvo tan fulminante. Herido gravemente su corazón, que empezaba a latir a un ritmo como nunca antes había latido, invadido por el dulce martirio del amor, en los días subsiguientes, el coronel perdió el color de su rostro y, falto de apetito, iba debilitándose físicamente mientras sus pensamientos se entregaban a un proceso convulso de calibrado de sus posibilidades y búsqueda de una manera de ganar el afecto de aquella mujer de pelo negro y ojos grises que, involuntariamente victoriosa, había clavado en su corazón la bandera del amor.

Pasaron tres semanas insoportables para el coronel, que pensaba que necesitaba algo que, a todas luces, se le antojaba imposible aunque no por ello sus sueños lo codiciaban con menos fuerza atosigando violentamente su ánimo. Finalmente cayó enfermo y, como los recursos médicos de la base militar eran menos apropiados que los de la ONG, fue trasladado al hospital que esta última mantenía.

Los médicos diagnosticaron depresión y debilidad física debida a la falta de alimentación. Anne Libero, que era pediatra, pasaba muchas veces junto a la cama del coronel produciendo en este la punzada tierna de la añoranza. La indiferencia que la doctora le mostraba le impedía mejorar de su enfermedad; lejos de ello, su inapetencia continuaba y los médicos no sabían ya con qué tratarlo. Al que soñaba con ser el futuro conquistador del País Vasco francés, le había neutralizado y vencido una sola persona mucho más débil físicamente que él pero dotada con las poderosas armas de la hermosura y excelencia que exhibía en todas sus facetas.

Al fin un día, el corazón de César Viola, transfigurado por los días de sufrimiento, al ver pasar a Anna una vez más junto a su cama sin hacer ademán de acercarse a hablarle y ni siquiera de mirarle, la llamó:

-Anne, por favor, aguarde un minuto.

Anne, se detuvo y se aproximó a su cabecera.

-Anne, las medicinas no me pueden hacer nada porque yo estoy enfermo de amor. Pero, de pronto, anoche, meditando en la oscuridad, comprendí que, cuando de verdad queremos algo, no tenemos que arrebatarlo y apropiárnoslo por la fuerza porque lo podemos dañar y, si lo dañamos, lo cierto es que jamás será moralmente nuestro. Pensé que es absurdo dejarse llevar por el egoísmo en las cosas del amor pues nada se gana materialmente con ellas y, así sucede también a la larga con todas las demás cosas. Llegué a la conclusión de que amar y querer algo no es, en realidad, poseerlo sino ofrecerle el corazón. Eso es lo que nos dice la voz de nuestros sentimientos aunque no siempre la oímos porque nuestro pensamiento la oculta en el clamor de la suya propia. Anne, estoy volviendo a tener apetito y recuperando también la alegría, y todo ello porque he comprendido que la felicidad de amar está en el hecho mismo de hacerlo y no en el beneficio que consigamos por tener ese sentimiento. Pero para que mi amor no quede encerrado y condenado a la esterilidad, debo confesárselo a la persona a la que amo con el único propósito de que sepa que es amada y piense en mí como alguien que la ha hecho parte de su corazón. Anne, sólo me resta decirle que la amo y que jamás la olvidaré.

Anne cogió la mano de César y le sonrió. Sin pretenderlo, César acababa de conquistar a aquella mujer.

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