29 de septiembre de 2012

Fe

A Txaro Cárdenas

   -¿La fe? ¿Qué se arregla con la fe? -se lamentaba con amargura Manuel, el anciano de la barba blanca que se sentaba todas las mañanas en aquel banco del parque para tomar el sol-. Nunca la fe ha cambiado la realidad. Hasta Mahoma tuvo que ir a la montaña porque su fe no fue suficiente para moverla...

   -Estás equivocado, muy equivocado, Manolo -dijo Iñaki esgrimiendo en el aire su humeante colilla, que sujetaba entre sus dedos llenos de arrugas y sucios de alquitrán y nicotina-, sin fe no se puede vivir... acabaríamos con nosotros mismos en menos de un cuarto de hora. La fe es lo que te hace seguir adelante y conseguir lo que te propongas. Hace que sigas respirando...

   Manolo se irguió un poco en el banco y haciendo un gesto despectivo con su mano respondió mostrando en su tono el fastidio que le causaba lo que acababa de oír:

   -Eso son tonterías, Iñaki. Si estás condenado a morirte hoy, ¿te va a salvar tu fe? Esas cosas me molesta mucho oírlas, son filosofía barata.

   Se hizo un silencio profundo. Ninguno de los dos volvió a hablar durante cinco minutos, al cabo de los cuales, Manuel golpeó el suelo con su bastón y dijo con abandono:

   -Son filosofía barata...

   De pronto un hombre de unos cincuenta años caminando tranquilamente se les acercó al banco y les dijo a los dos ancianos:

   -Yo de ustedes me recogería en un lugar seguro. Se ha escapado un toro de los que traían esta tarde para torearlos en la plaza y viene por toda la ciudad envistiendo a todo lo que encuentra. 

   Tras decir estas palabras, se marchó tan tranquilamente como había llegado.

   -¡Manolo! Vámonos al bar ese de enfrente que el toro nos puede coger... -dijo Iñaki agarrando del brazo a Manuel mientras el hombre de cincuenta años se marchaba.

   -¡Déjame, Iñaki, leche! -gritó enfurruñado Manuel mientras se deshacía de un empellón de la mano de Iñaki-. ¿Es que no te das cuenta de que es una broma? Estos jóvenes de ahora han perdido el respeto por todo, la vergüenza se ha perdido...

   -¡Que no era joven, Manolo! -dijo Iñaki desesperado-. ¡Que tendría más de cincuenta años...!

   -¿Y yo que tengo ochenta no soy más viejo aún o qué leches?  

   Iñaki, a la mayor velocidad que le permitían sus cansadas piernas y apoyándose en su bastón, se dirigió al bar. Aún no había entrado en él cuando Temprano, el toro que se había escapado apareció en el parque y arremetió contra aquel hombre sin fe que seguía sentado en el banco tomando el sol como todas las mañanas.

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