27 de septiembre de 2012

Esperanza

A Bea Viña

   Soy malo para las fechas, pero nunca lo había sido para los idiomas. Por eso, cuando me robaron la cartera, donde guardaba el nombre de la calle, lo lamenté enormemente por mi dinero pero no por mi memoria. Al fin estaba en Bilbao, al fin iba a ver a Isabela, la chica de mis sueños, a la que había conocido a través de internet. Era mi última oportunidad de verla en mucho tiempo pues se iría en cuestión de semanas o quizá días (dependía de cuándo fuera llamada) a Colombia por un año a realizar un trabajo docente con una ONG. 

   Me moría de ganas de besarla y abrazarla pero, al llegar a aquella gran ciudad del norte, sentía sueño y busqué un hotel para descansar un par de horas. Había viajado toda la noche en el tren sin apenas poder pegar un ojo porque uno de los pasajeros no paraba de hablar cerca de mí sobre el psiquiátrico en el que había sido celador en tiempos de la transición democrática. Cuando estaba ya intentando recuperar el sueño perdido en una cama limpia y cómoda, llegaron a mi mente, antes de que el sueño me venciera, como un eco de la noche anterior, las imágenes de degradación humana que el antiguo celador se complacía en hacer llegar a su vecino de asiento con aquel tono enfático con que, dentro de una mal disimulada jactancia, pretendía impresionarlo.

   Muy pronto caí en un sopor inquieto en el que me perturbaban sueños muy vívidos donde una extraña joven, a la que veía en mi sueño como Betty Boop, me decía:

   -Ponte muy triste, eso es bueno para ti. 

   Antes de despertar, Betty Boop me decía: 

   -Tienes que ir a Atxeta.

   Me desperté y vi en mi reloj que eran las doce de la mañana menos diez minutos, me vestí y me dirigí a pagar la cuenta del hotel para dirigirme a la calle Atxeta, pues era en esa calle, como decía el sueño, donde vivía mi amiga . Cuando me vio, el recepcionista, con una sonrisa de guasa, me dijo: 

   -¿Ha visto usted a Betty?

   -¿A quién? -pregunté yo.

   -El anterior dueño del hotel me contó que en esa habitación murió una chica de toma pan y moja por consumir más barbitúricos de la cuenta. El tío me aseguró que, desde entonces, los que se quedan un tiempo ahí ven a Betty Boop. 

   Mi estupor fue absoluto pero tras recuperarme del escalofrío que me recorrió la espalda le pregunté si le habían hablado otros clientes de ese fantasma:

   -No, qué va -respondió el recepcionista-. Sólo el dueño anterior. Yo regento este hotel solo desde hace dos meses y, si el fantasma existe, aún no ha dado señales de vida... Bueno aunque, si no me equivoco, usted es el primero desde que estoy aquí que alquila esa habitación o sea que a lo mejor hasta es verdad la historia -y rió alegremente-. Pero tranquilo, hombre, que se ha puesto hasta pálido -y volvió a reír-. Le digo yo que el Más Allá es un cuento chino, todo es materia, amigo... Treinta euros, por favor...

   Busqué en un callejero la calle Atxeta y me dirigí al número 10 pero miré en el portero automático y comprobé que el piso donde ella decía vivir era propiedad de una persona desconocida. Me sentí tan descorazonado que casi se me saltaron las lágrimas. Al final, todo había sido un engaño, mi chica había decidido por inmadurez quizá darme los datos erróneos para no comprometerse conmigo pues no le debía gustar. Esa fue la interpretación que di al suceso. Me tocaba volver a casa tal y como había venido, eso sí con una absurda historia de fantasmas para contar a los amigos. 

   Entonces, aun frente a la puerta del número 10 de Atxeta, me acordé de aquellas palabras de Betty Boop: "Ponte muy triste, eso es bueno para ti". El recuerdo de esas palabras me indujo a hacer lo propio de cuando uno está triste, que es mirar al suelo y, al hacerlo, descubrí una pequeña agenda de tapas violetas y flores rosas que recogí enseguida, llevado por el instinto de la curiosidad. Nada más abrirla por las páginas del centro, descubrí, para mi asombro, el nombre y los apellidos de Isabela y, al lado, su dirección: Atxeta, número 23, 5º-A junto a su número de teléfono. 

   Rápidamente, me dirigí hacia allí con la intención de pedirle explicaciones. Llamé al portero automático, me abrieron sin preguntarme nada, subí hasta el 5º-A y llamé a la puerta.

   Isabela me abrió, estaba vestida como para salir y, tras poner expresión de asombro, con rapidez se lanzó sobre mí y me abrazó con fuerza. 

   -¿Cómo me has podido encontrar? -me dijo con lágrimas de alegría en los ojos-. Se ha adelantado el viaje a Colombia de mi ONG estoy a punto de irme. Te he estado intentando avisar de que hace seis días tuve que abandonar el piso de la calle Atxuri para no tener que pagar el mes entero por usarlo una semana solamente. 

   En ese momento, me llevé las manos a la cabeza y exclamé: 

   -¡Es verdad, era Atxuri y no Atxeta!

   Isabela me miró estupefacta y entonces le saqué la agenda hallada en el portal del edificio donde había ido por error a buscarla. Ella la vio y dijo:

   -¿Quién te ha dado esto? Es la agenda de mi prima Tekale. 

   -Si te digo que me la ha dado Betty Boop, ¿te pondrás celosa? -dije yo entonces.

   La abracé, sin darle más explicaciones porque el tiempo apremiaba. La acompañé al aeropuerto y le prometí amor eterno.

   Pensando en lo tortuoso del camino que me llevó a ella y en la distancia que todavía me quedaba por recorrer para disfrutar de su compañía, compuse este poema:
ESPERANZA
   Dulce amada,
una espesa bruma
borra el sendero
que me lleva a ti
pero la fe me guía
y mi corazón no ignora
que, más allá
de este espeso velo de plata,
brilla como una aurora
el mágico fulgor de la esperanza;
mis pasos ya no vacilan,
sin descanso me conducen,
con luminoso optimismo,
hasta tu anhelado regazo.

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