24 de septiembre de 2012

El túnel de La Engaña

A Susana Escarabajal Magaña

En 1951, comenzó el calado del túnel de la Engaña. Cientos de presos republicanos, que trabajaban a golpe de pico y barreno 12 horas diarias, abrían una vía de paso para que el ferrocarril uniera los puertos de Santander y Valencia. El Excelentísimo Señor Ministro de Obras Públicas les hacía la gracia de perdonarles la intolerable conducta de haber luchado a favor de la libertad y la democracia durante la guerra civil a cambio de llenarse las manos de callos picando la dura roca y la cabeza de chichones por las piedras que caían del techo y de enfermar de silicosis para el resto de sus vidas.

Un sábado de ese año llegó al lugar de las obras, desde Santander, Fuencisla Rodríguez, una mujer que no superaba en edad los treinta años, alto miembro de la Sección Femenina, institución de adoctrinamiento para señoritas cuya misión era convertirlas en mujeres obedientes y sumisas que delegaran en sus maridos el gobierno de la casa y la familia, lo que no deja de ser una ambiciosa y muy esforzada empresa.

La chica era flaca como un alambre y su rostro avinagrado parecía fotoimpresión del de su padre, militar de Franco, de humor tan gris que, cuando le tocó la lotería, algunos viejos conocidos tuvieron el privilegio de ver su sonrisa por primera vez. Llegó acompañada de otras dos muchachas, que estaban cumpliendo el Servicio Social, un reflejo del servicio militar de los jóvenes varones, y de un hombre de unos cincuenta años, bien vestido y con sombrero, en cuyas maneras se advertía la autoridad del macho de clase alta que protege a unas jovencitas ingenuas de bestias de trabajo sudorosas y sucias que codician los bellos cuerpos aristocráticos.

El hombre de edad mediana, que respondía al nombre de Arcadio, entró en la caseta de uno de los encargados y le dijo que la señorita Fuencisla deseaba ver el túnel. El encargado, hecho un ovillo de humildad y deshaciéndose en reverencias y signos serviciales, salió de su barracón y se dirigió al de los militares. Reapareció al cabo de diez minutos detrás de un cabo armado con su fusil, que, al llegar, se puso firme y dijo con tono enérgico:

-Acompáñenme.

Fuencisla siguió al cabo caminando al lado de sus otros tres acompañantes.

Mientras avanzaban hasta el túnel, Fuencisla comentaba con una moderada animación lo que sus ojos le mostraban por el camino.

-Me ha parecido ver un pajarito de color verde -dijo cuando pasaban junto a un pino-. Pregunta luego a los niños del pueblo si tienen alguno en una jaula, Arcadio. Pero no seas tacaño con el que te lo venda; dale la mitad de lo que te pida, no hay motivo para ofrecerle menos.

-Sí, señorita Fuencisla -dijo Arcadio-, pero yo conozco bien a su padre y creo que le va a sentar como un tiro que le lleve animales a casa.

-Creo que ya hemos llegado, Arcadio -dijo Fuencisla al cabo de un rato-. Mira qué agujero. Pero todavía es muy pequeño...

-No, señorita -dijo el cabo-, esto es sólo la cueva donde los obreros guardan los picos al final de la jornada para que no los roben.

-Entonces debe ser un túnel extraordinario... -dijo Fuencisla con enojado desdén.

Cuando llegaron a la boca del túnel, Fuencisla se llevó una decepción. Los fuertes y musculosos obreros estaban tan lejos que no los podía ver. No quería adentrarse a través de la galería porque temía los desprendimientos. De pronto, se le ocurrió una solución y le dijo al cabo:

-Hágame usted el favor, traiga hasta aquí a un obrero o dos para que nos enseñen cómo trabajan. Que se traigan los picos y que piquen un ratito aunque sea en esta roca del camino.

Arcadio se puso blanco y agachó su rostro al suelo para que su mirada no se tropezara con la de ninguno de los presentes y no le demostrara mudamente que aquella petición de Fuencisla le parecía sicalíptica.

El cabo relajó el rostro, servicial, y dijo con aparente ingenuidad y alegre complicidad:

-¿Y cómo prefiere que se los traiga, señorita, robustos o delgados?

-Es lo mismo, pero que estén muy sudados... así toman el fresco un poquito aquí fuera.

-Es usted muy cristiana, señorita -dijo el cabo-. Voy para allá; ahora mismo vengo de vuelta con ellos.

Al cuarto de hora, aparecieron el cabo y dos hombres con el rostro blanqueado por una capa de polvo y con un pico al hombro.

-Buenas tardes -dijo Fuencisla a los obreros-, hemos venido mis dos alumnas y yo, en esta tarde de asueto y esparcimiento, para ver cómo trabajan ustedes. Pero no nos atrevemos a aventurarnos por tan arriesgados parajes como son aquellos en los que ustedes laboran la dura piedra y he pensado que podrían ustedes dos hacernos la escenificación de su trabajo aquí fuera, lo que les será remunerado con una peseta para cada uno y una medalla de la Virgen.

Los obreros, prisioneros republicanos, aceptaron encantados la invitación y comenzaron a dar picotazos sobre una roca de la orilla del camino. Fuencisla abría ojos como platos mirándoles los biceps a los hombres, que estaban en camiseta para paliar el calor. La roca que estaban picando se hizo dos partes pero, como Fuencisla no decía nada, ellos seguían haciendola picadillo. Fuencisla soñaba con ser estrechada por unos brazos como aquellos pero, si se casaba, tendría obligatoriamente que renunciar a su cargo y su puesto en la Sección Femenina y quería retardar al máximo un posible noviazgo.

-¡Bravo, bravo, caballeros! -dijo Fuencisla de pronto aplaudiendo a los dos reclusos y, a continuación, les alargó dos pesetas que extrajo del monedero que llevaba en el bolso y dos medallas de latón-. Pueden marchar ya a su lugar de trabajo, caballeros, no les molestamos más. Muchas gracias por tan amable exhibición de sus habilidades masculinas.

Pero Arcadio, algo ofendido por su papel de toro manso, quiso imponer su autoridad en ese momento y dijo:

-Ustedes, caballeros, podrían tener ahora un cómodo trabajo en una tienda de ultramarinos o en una oficina pero, por su pertinacia en defender el comunismo y vender la patria a los rusos, se ven en lo que se ven... cubiertos de polvo por todo el cuerpo y trabajando duramente, como pelanas pueblerinos.

En ese momento, uno de los dos reclusos se volvió de espaldas e, inclinando su espalda hacia adelante para que las nalgas quedaran más a la vista, se bajó los pantalones más abajo de ellas. Fuencisla se dejó caer desmayada en brazos del cabo ante un espectáculo tan erótico y el otro recluso aprovechó para iniciar una carrera campo a través intentando la evasión. El cabo, cuando logró desembarazarse del cuerpo de Fuencisla, disparó numerosas veces contra el recluso que huía pero no acertó a darle y le vio perderse a lo lejos con un trote incansable. Cuando el cabo pudo dar parte del evadido en el puesto de mando, ya el recluso había llegado cerca de Santander haciendo autoestop, donde, embarcándose en un pesquero logró salir del país.

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