3 de septiembre de 2012

El tubo atacordones

A Miren E. Palacios

Xabier Arizkun fue un hombre obcecado, empeñado, al llegar a la vejez, en inventar una máquina para no agacharse a atarse los cordones de los zapatos. El invento le dio muchos problemas. Cuando resolvió la dificultad del atado, que le llevó cinco años, tuvo que emplear a fondo su mente en conseguir transmitir los movimientos del artilugio a través de un tubo que fuera desde las manos hasta los pies. Otro año se lo pasó para conseguir plegar ese tubo al máximo para que cupiera en un bolsillo. Finalmente, pasó seis meses más para conseguir que la estructura tubular se desplegara sola mediante un resorte que se accionaba con un botón. No pudo conseguir que el tubo se volviera a plegar solo, antes dio con sus huesos en la tumba. 

En su último mes de vida, cuando se vio morir, se lamentaba con gran amargura de que iba a dejar este mundo sin encontrar la manera de evitar a la gente molestarse en plegar de nuevo el largo tubo atacordones cada vez que cumpliera su función. Su última frase fue, según los biógrafos: 

-Traedme un tubo atacordones que lo vea antes de morir.

Cuando llegó al más allá, donde uno encuentra lo que más ama y se funde con ello, pensó, en su descuido, que iba a encontrarse con su esposa Edurne y que su alma se mezclaría con la de ella y serían uno. Estaba deseando encontrarla porque tenía prisa para seguir trabajando en el tubo atacordones. Pero Edurne no apareció nunca. En su lugar, fue trasladado a una extensa sala, a modo de taller, con una mesa llena de herramientas y, apoyado en su borde, un tubo atacordones completamente desplegado... 

Edurne se había fundido con un amigo al que quiso mucho.

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