20 de septiembre de 2012

El poeta

A Isi Dávila

Un día de abril de 1980, la DINA recibió del mismísimo Pinochet una llamada para que sacaran de la circulación a cierto poeta que había publicado esa misma mañana un poema de amor en un periódico de Santiago de Chile. Pinochet pedía que le interrogaran, bajo tortura si fuera necesario, y le sacaran el nombre de la mujer de la que estaba enamorado y que, cuando lo supieran, se lo comunicaran.

El máximo responsable de la DINA pidió a su secretaria un ejemplar de aquel periódico y leyó el siguiente poema:

CIERRO LOS PÁRPADOS
Cierro los párpados 
porque mi corazón está sólo, 
porque me hurtas tu mano, 
porque no quieres que habite en tu pecho, 
porque no soy amado. 
Cierro los párpados 
porque mi felicidad era ilusión, 
porque todo es ilusión, 
porque sólo el mar es real, 
el mar amargo de la muerte. 
Cierro los párpados 
esperando el último día, 
el que los acabe de cerrar 
para que mis latidos cesen 
y mis huesos, 
polvo ya, 
te olviden. 
Cierro los párpados 
para ocultar a mis ojos 
la esperanza mendaz. 

Al final del poema, podía leerse la firma de Carlo Fioretti. Cuando el director general de la DINA acabó de leer el poema dijo a sus colaboradores directos: 

-El poema no es tan malo como para someter a tortura a este hombre. Además, no veo tendencias izquierdistas en él. También las mujeres dicen que no a los buenos fascistas. Pero, puesto que Pinochet quiere que le interroguemos, no hay más que hablar. Si no habla, le destrozamos los cojones a ese pájaro de pluma fina. 

Veinte minutos después de la llamada de Pinochet a la DINA, los militares se presentaron violentamente en la casa de Carlo Fioretti, rompieron los goznes de su puerta y se lo llevaron esposado y a empellones a un lugar donde realizar el interrogatorio.

Un oficial con un bigote hirsuto y rostro avinagrado se presentó ante él y le dijo:

-Dígame ahora mismo la persona a la que va dirigida el poema del periódico.

Carlo Fioretti respondió mostrando con gran expresividad su perplejidad.

-Pero, señor mío, yo soy un caballero, jamás diré el nombre de la dama que inspira mis poemas de amor. Es costumbre antigua de los poetas ocultar el nombre de sus musas, para no comprometerlas...

El oficial hizo una señal con la cabeza a un soldado que había en la sala y éste descargó una corriente eléctrica sobre el poeta con la ayuda de unos electrodos. Carlo Fioretti se retorció de dolor y, cuando se recuperó, dijo muy seriamente:

-No me hagan eso, che, que duele mucho. No me gustan las bromas de ese tipo.

-¡No es ninguna broma, idiota! -gritó el oficial-. O nos dices quién es la mujer que inspira tus poemas o te achicharramos vivo.

Carlo Fioretti meditó un momento y respondió:

-Prefiero decirlo, las murmuraciones son incómodas pero no tanto como para esto. Es Ana Francisca Beloni, la hija del ingeniero.

Cuando se informó a Pinochet del resultado del interrogatorio este dijo:

-Lo veía venir. Lo veía venir. En el poema del martes casi lo dejaba entrever y en el del día doce del mes pasado incluso decía su nombre de pila -Pinochet soltó una risita complacida y luego continuó:- Pues nada... ahora, casamiento por todo lo alto... ¡Y que no me rechiste nadie!

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