13 de septiembre de 2012

El numero uno


A Saskia Eire Streeb

El soldado sirio arrebató a Yabar su escopeta de perdigones con la que estaba cazando serpientes. Al oficial Muhammad se le había ocurrido que, cuantos más presuntos terroristas transportara a las mazmorras del cuartel, más pronto ascendería en la escala militar. Soñaba con tener un cuartel a su mando, vivir en la mejor casa del recinto y tener una esposa obediente, que le hiciera todo lo que a él le complaciera ante las miradas admiradas y reverentes de los visitantes. 

Muhammad ordenó al soldado que esposara inmediatamente a Yabar y lo subiera al camión. Llegaron al cuartel a las ocho de la tarde; estaba a punto de oscurecer. Alguien empujó a Yabar desde lo alto del camión y cayó al suelo sin la ayuda de las manos, que estaban sujetas por detrás, mientras le gritaba:

-¡Abajo de una vez, perro!

Casi todo lo que recibió, durante las siguientes cinco horas, fueron, así mismo, golpes e insultos. El oficial Mustafá quería extraer a Yabar información sobre los grupos terroristas que habían atentado en Damasco, a 50 kilómetros de allí.

-¿Dónde ha ido Abdul el Químico? -le preguntaba por enésima vez a Yabar mientras un soldado delgado y alto como una espiga le pegaba con la porra en las pantorrillas?

Yabar ya no decía nada. Sabía que iba a morir; lo que le estaba ocurriendo era tan absurdo y aquella gente era tan espantosamente estrafalaria que no confiaba en salir de allí con la ayuda de ningún argumento, ya tuviera el colmo de la sensatez o ya fuera tan idiota como aquella gente.

A la una de la noche, Kadar, el jefe del cuartel, apareció en la sala de interrogatorios con una sonrisa de condescendencia para Mustafá, que miraba en esos momentos en un ordenador los escasos datos que tenía la policía militar sobre Hadi el Violento, un terrorista que se creía que andaba por la zona.

Kadar respiró hondo con expresión complacida y dijo: 

-Bonita noche, la brisa nos regala un clima excelente, vengo de afuera y aún tengo los pulmones llenos de aire fresco. Hoy ha hecho un buen trabajo Muhammad. No pasa día sin que nos traiga un terrorista. Es un buen oficial y una buena persona, tengo que recomendarlo para un ascenso.

-Hará muy bien, señor -dijo Mustafá.

-¿Qué has averiguado de este sujeto? -preguntó Kadar.

-Dice llamarse Yabar. Según él, estaba cazando serpientes para alimento con una escopeta de perdigones. Pero eso no se sostiene. Muhammad ha dicho que hubo un tiroteo con kalashnikovs. A él le acompañaban otros dos pero sólo capturaron a Yabar. Por desgracia, su arma se la llevaron sus compañeros.

-Sácalo que le vea -dijo Kadar.

Yabar fue sacado de la mazmorra y conducido de nuevo a la sala de interrogatorios.

Al llegar, le dijo el oficial Mustafá:

-¡Mira que tienes cara de tonto! ¡No mires a los ojos al jefe del cuartel! ¿Me oyes?

Yabar, que casi no se podía tener en pie y tenía la cara llena de magulladuras, agachó la cabeza al suelo.

El jefe del cuartel, Kadar, afectando ingenuidad y talante tolerante y empleando un lenguaje elegante, dijo: 

-Amigo Yabar, ¿tienes a alguien al que pongas sobre tu cabeza? ¿Cuál es la principal persona a la que obedeces? 

Yabar, con la boca hinchada y la voz acatarrada por los golpes, pronunció con dificultad este nombre:

-Aminah.

-¿Una mujer? -dijo extrañado Kadar.

Yabar asintió con la cabeza.

-¿Pero cómo es posible? -dijo Kadar, y repitió poniendo cara de asco:- ¡Una mujer!

Yabar dijo entonces, después de un nuevo golpe de los torturadores, ordenado por el oficial Mustafá:

-Es mi novia. Hago todo lo que me manda y la pongo por encima de todo el mundo porque es muy celosa.

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