20 de septiembre de 2012

El horror de las miradas

A Aurora Tomás

   El mero hecho de situarse bajo la mirada de los extraños le producía una inquietud difícil de sobrellevar. Fuera de las horas de trabajo, apenas abandonaba su piso, de no ser por temas de pura necesidad. Le producía un malestar profundo pasear por las calles de su ciudad. La indiferencia fría que mostraban los transeúntes hacia su entorno le resultaba hasta cierto punto tranquilizadora. Pero no podía evitar el sobrecogimiento que le producía la sospecha de que tras aquella máscara de aséptica neutralidad de las personas con las que se iba tropezando, se escondieran sentimientos de desprecio o pensamientos de incisiva malicia. Las creía entregadas a un escrutinio cruel de su fealdad y de las imperfecciones escondidas en su alma, que suponía que captaban con un simple golpe de vista sobre su vacilante figura en el momento en que se colocaba al alcance de sus miradas.

   Tal fue su horror a ser observado que tuvo que dejar su trabajo. Sus necesidades de comunicación las pudo resolver con la ayuda de la informática, relacionándose con las amistades que iban proporcionándole sus actividades en internet. Pero acabó también por sospechar, tras los mensajes calurosos y afectivos de los chats, un secreto y profundo desprecio, solo oculto por un deseo  cruel y sucio de continuar contemplando las miserias con las que creía que cargaba su alma. Por esto, acabó cortando con todos sus contactos virtuales, con la excepción de Elma, una amiga muy íntima, por la que sentía un afecto muy especial. 

   A partir de entonces, su vida comenzó a convertirse en un inquietante asedio del resto de la humanidad. Cuando estaba fuera de casa, sentía físicamente clavarse en él los ojos de la gente como si fueran clavos que atravesaran cruelmente su cuerpo, depósito de todas las inmundicias. Por eso, por evitar salir de casa más de lo estrictamente imprescindible, agotaba todas sus existencias antes de salir a comprar alimentos. Un domingo lo pasó con apenas una tostada repartida en dos tomas y un vaso de leche no lleno porque no había tenido valor para salir a comprar el sábado.

   Elma conocía su situación y lamentaba profundamente el grado de perturbación de su amigo. Él no sabía qué aspecto tenía ella físicamente, tan solo conocía sus tiernas frases de afecto prodigadas en las conversaciones del chat. Por intentar demostrarle que mirar era algo tan inocente y natural como para una mariposa volar entre las flores, Elma le pidió que conectara la cámara de vídeo del ordenador para que pudieran verse el uno al otro a través de internet.

   -No, Elma, por favor, no me pidas eso -escribió él en el chat-. Eres mi último asidero. Eres ya la única persona en quien confío entre todos los seres que hay en el mundo. Si me ves, acabaré pensando que tú también me desprecias y serás uno más entre aquellos que liberan su crueldad y combaten sus frustraciones cebándose en mis miserias. La cara es el espejo del alma, Elma, pero mi cara es un espanto terrible, no es posible contemplarla sin exclamar: "¡Qué hombre tan miserable!".

   -Recuerda que soy médico -dijo Elma-. He visto rostros desfigurados por accidentes o malformaciones terribles. Nada me puede asustar. En cuanto a tu alma, la conozco y sé que es bondadosa aunque un tanto inclinada a despreciar lo feo por un prejuicio absurdo. Conecta tu cámara de vídeo, hazme caso, quiero que compruebes que no pasa nada en realidad.

   Aún buscó en su mente una excusa para evitar enfrentarse a la mirada de Elma pero todo lo que se le ocurría era absurdo e infantil y acabó por acceder a las demandas de Elma. Ella, a su vez, conectó su cámara ofreciéndole a él el espectáculo de una belleza tan extraordinaria que le provocó un escalofrío.

   Su espíritu, lleno de ansiedad, sintió como un suplicio extraordinario seguir sosteniendo la mirada de aquella hermosa mujer pero un impulso insoslayable le obligaba a no apagar todavía la cámara, a someterse segundo tras segundo a ese martirio, aunque el dolor de su piel le hiciera retorcerse y la aprensión le provocara calambres en el estómago.

   -¡Dios, Elma, qué hermosa eres! -exclamó temblando de angustia.

   -Bien, ya es suficiente por ahora -dijo Elma-. Estás demasiado nervioso.

   -Elma -respondió él-, te juro que estoy a punto de desmayarme de terror pero no quiero más que seguir contemplando tus bonitos ojos. Me están desgarrando por dentro pero son tan bellos que, por verlos un minuto más, soportaría el más horrible de los dolores.

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