3 de septiembre de 2012

El asesinato


A Ma. Gloria Carrión Zapata

Por lo que había podido deducir del transcurso del juicio, al inicio de la segunda semana del mismo, el jurado ya tenía más o menos clara la culpabilidad de Pedro Domingo Sándalo; había matado a un niño, eso sí estaba claro. Pero no podían de momento determinar si había sido un asesinato o un homicidio. La alevosía por una parte parecía clara, Pedro Domingo Sándalo no se arrepentía de su detestable acción, pero decía que la había hecho guiado por el impulso del bien. 

Cuando su abogado le preguntó cuántos años era miembro de la secta a la que pertenecía, respondió que cinco. A  continuación le preguntó si había pensado que podría matar a un niño antes de entrar en la secta. Respondió que no.

-¿Cómo definiría a las personas que forman la comunidad de su secta? -preguntó el abogado.

-Somos gente que quiere traer la paz al planeta Tierra -respondió Pedro Domingo-. Nos guía el más profundo altruismo. Somos los únicos seres bondadosos que quedan en el mundo.

-¿Mató a ese niño siguiendo alguna doctrina de su secta? -preguntó el abogado.

-Sí -respondió Pedro Domingo-, pero por favor no la llame secta, somos la única religión verdadera del mundo. Lo maté, en realidad el término exacto es "extirpación del planeta", porque perturbaba las vibraciones armoniosas del mundo con un karma excesivamente puro, era un niño demasiado feliz para seguir viviendo entre nosotros.

-¿Usted por propia iniciativa lo habría matado? ¿Le fue ordenado ejecutar dicha acción por un superior? 

-Un cuarto arconte de planeta, Miguel González, me habló de la necesidad imperiosa de matar al niño. Yo hube de librarme de una montaña de escrúpulos para atreverme a quitarle su tierna vida y sentí ahogarme de dolor y piedad cuando vi su cuerpecito yaciendo exánime en el suelo de la calle. Pero primaba mi idea del deber sobre cualquier otra consideración y los míos saben que actué como debía y por eso, aunque a veces lloro de pena por el niño, no tengo remordimientos.

El abogado preguntó por último antes de ceder la palabra al fiscal:

-¿Qué relación mantiene con sus correligionarios?

-La de la más prístina armonía... Son los únicos seres realmente bondadosos del mundo; antes yo era un hombre malo, con ellos he aprendido a ser bueno. La verdad y la razón están de nuestro lado. Me uní a ellos pensando encontrar otra cosa que mi maldad deseaba, luego, con el tiempo me he dado cuenta que eran muy distintos pero pura bondad porque yo tenía una idea equivocada de la bondad. Ahora lloro todos los días, mi corazón no quiere aprender a ser bondadoso y me hace sufrir, pero mi cabeza sabe que no hay otra opción y yo espero que alguna vez mi corazón también lo sepa.

Al día siguiente, el fiscal tras tomar el turno, dijo a Pedro Domingo: 

-Dígame, ¿quién ha creado el código moral de su religión auténtica?

-Nos lo ha revelado un elfo extraterrestre. 

-¡Hola! -exclamó el fiscal- ¿De modo que el acusado renuncia a la raíz más íntima de las ideas que tenía antes de ingresar en la secta, dadas por sus padres que lo amaban seguramente y por sus profesores, llenos de conocimientos adquiridos por los medios que nos han legado cinco arduos siglos de ciencia, renuncia a la raíz más íntima de esas ideas por seguir las recomendaciones morales que le ha dado un elfo extraterrestre? Explíqueme, si como usted mismo confiesa, prefiere escuchar a un elfo extraterrestre que a cualquier ser humano e incluso que a su propio corazón, que le hace llorar todos los días por ello, ¿qué le hace estar tan seguro de que el elfo le dice la verdad?

-Mis compañeros lo están y yo, por lo tanto, también -contestó Pedro Domingo-. Pero no satirice así a nuestro gran revelador, si usted estuviera con nosotros, comprendería su maravillosa importancia y el amor que despierta en todos nosotros.

-Quizá también me diría lo mismo de Hitler un soldado alemán o de Torquemada un dominico de la Edad Media -respondió el abogado-. Creo que usted es solo un cobarde y un asesino. El corazón no se ha de desoír, señor acusado, porque es el único órgano que nos muestra cómo somos de verdad y el único que nos permite saber cuál es nuestro verdadero papel en el mundo. Una persona decente defiende su corazón sin importarle enfrentarse por ello a su familia, a sus amigos, a su país incluso, defiende su corazón por encima de toda conveniencia y todo interés particular porque no hay nada que importe tanto en un hombre como su corazón. El corazón no ha de aprender nada porque ya es sabio desde que nacemos, es la cabeza la que ha de aprender de él y no al revés. Usted lo sabe pero ha actuado con pusilanimidad y espero que el jurado entienda que hay alevosía en el hecho que cometió pues aún sabiendo que es un cobarde asesino, no tiene remordimiento alguno y se escuda en un triste personaje infantil al que le atribuye la más delirante de las doctrinas.

Dos días después el jurado emitió un veredicto de culpable de asesinato.

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