1 de septiembre de 2012

El árbol de Navidad

A Marta Moran

Francisco había vivido toda su vida trabajando para un terrateniente que cultivaba árboles frutales en una explotación de Colombia pero su único hijo había logrado hacer una fortuna desde la nada y había conseguido su propio latifundio. Sin embargo había enviado a su padre a una residencia de ancianos, quizá porque lo avergonzaba con sus maneras ordinarias ante los frecuentes invitados que llegaban a su casa, que eran gente de clase alta y notable refinamiento.

Una Navidad, Francisco, como de costumbre, pasó la Nochebuena en casa de su hijo por ser una fecha familiar en la que no estaría bien dejarle olvidado en la residencia. Francisco nunca había visto con buenos ojos el modo en que su hijo celebraba la Navidad pues lo hacía con tal lujo y ostentación que incluso contrataba un pianista y una soprano para que les interpretaran villancicos. Después de la cena, su hijo y su esposa se marcharon a sus asuntos mientras en el comedor quedaron Francisco y su nieto de ocho años, Miguel. Este era un niño consentido con actitudes de zangolotino y, pensando que iba a impresionar a su abuelo con la inteligencia anacrónicamente infantil de su pregunta, le dijo fingiendo estar intrigado:

-Abuelo, ¿qué es la Navidad?

-Miguel -dijo Francisco-, yo te diré lo que es la Navidad. Siéntate en mis rodillas... Así. ¿Ves ese árbol tan lleno de adornos y luces? Eso es la Navidad... Un árbol muy pequeño que no crece por dentro, que es como crecen los árboles de verdad, sino por fuera. Y, a falta de hacerse alto y extender sus ramas y hacerlas frondosas y llenarlas de hojas y flores y frutos de verdad, lo llenan de guirnaldas y bombillas y regalos que cuelgan que ningún árbol serio toleraría jamás en su ramaje pero que éste, sin raíces y artificialmente erguido, ha de resignarse a sostener. Y las personas que celebran la Navidad suelen pensar mucho en las cosas que les hacen crecer por fuera y muy poco en las que les harían crecer por dentro. Y los que solo viven para acumular dinero y bienes son como ese mismo árbol que hay ahí, seres que crecen por fuera porque no pueden crecer por dentro y toda la piedad del Creador no bastaría para enderezarlos en el camino que han elegido porque han perdido sus raíces y están muertos.

El hijo de Francisco se enteró de las palabras que este le dirigió a su nieto y tomó la determinación de no invitarlo ya ninguna vez más a casa pero no le hizo falta buscar en sí mismo el valor para llevar a cabo esta decisión pues Francisco murió a la primavera siguiente.

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