24 de septiembre de 2012

Carta de un asesino al director de un periódico

A Encarnación Alcalde Brotons

   Mis crímenes han sido un error. Los ingenuos pueden jurar que una simple mancha de humedad en un muro es la imagen de un rostro sagrado que una fuerza sobrenatural ha querido grabar para despertar la fe de los que han abandonado su religión. Del mismo modo, yo juzgué como rostro lo que era una mancha, creí que debía matarlos por sus culpas cuando la culpabilidad no existe.

   No hay propósito en la humedad de las paredes, al igual que no lo hay en el comportamiento humano. La mayor indignación me embarga ahora cuando observo que alguien avergüenza a un niño reprendiéndole por un comportamiento o que dos personas, en un arrebato de paranoia, se acaloran tratando de definir entre ambas con precisión el carácter de un tercero ausente. Sencillamente, así lo he dicho y así quería decirlo, se trata de arrebatos de paranoia, de construcciones demenciales. 
   
   ¿Quién, observándose a sí mismo con un mínimo de lucidez, es capaz de describirse en un momento de su vida concreto olvidando el río de pensamientos, la catarata de impulsos y el mar de incertidumbres a que se ve sometido y en el que se debate cada vez que hace algo, siendo las decisiones de lo que llamamos erróneamente su voluntad algo tan casual como el resultado del lanzamiento de un dado o los números que saldrán primero en una partida de bingo?

   Heráclito decía que un río cambia tan rápido que no es dos veces el mismo y yo sé ahora que una persona no es más de una vez la misma. Dentro de la misma persona están todas las personas y, así como en una pared puede surgir una mancha con todas las formas imaginables, del mismo modo, cualquier individuo puede ser depositario de las más horrendas culpas.

   Yo no soy un loco, ni siquiera un asesino. Solo soy alguien que ha asesinado. He matado a ocho personas, de la manera más aséptica posible pues soy médico. Los maté porque me irritaba la corrupción de sus cuerpos, unos viejos, deformes otros, incitantes y juveniles otros pero igualmente corruptos en su esencia más íntima y puramente material. Los creí responsables de la repugnancia que me causaban. Pero ahora sé que no existe la responsabilidad.

   Quizá usted se pregunte ahora mismo si me arrepiento de lo que he hecho. Señor director, no me arrepiento y bien que lo siento. Las manchas de humedad no tienen conciencia... simplemente se extienden. 

   Quedo en mi domicilio esperando a la policía.

   J. H. S.

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