8 de septiembre de 2012

Amor

A mi sobrina Marina

Lo que yo quería no era en rigor sexo, por supuesto que lo consideraba incluido en el lote porque al fin y al cabo tampoco es algo de lo que haya que horrorizarse pero yo quería ante todo afecto, ese afecto que siempre me había faltado. No me bastaba que fuera mera amistad, necesitaba que su corazón viera en el mío su mayor sostén en la vida, así como el mío en el suyo aquello de lo que dependía para ser feliz. La muerte muerde muy dolorosamente cuando te sientes solo, es un cuchillo que se te clava en las entrañas cuando sientes que no eres nada para nadie y que te vas a ir de este mundo sin que tu paso por él se haya notado.

¿Qué me importaba a mí que mis libros fueran admirados por algunos, que mis poemas o mis cuentos gozaran del aprecio general si ningún alma pura y buena quería ser mía? Sentía mi soledad como una maldición invencible en un mundo cada vez más aislador, más frío, formal y cínico. ¿Qué podía hacer yo para encontrar ese alma sencilla que se entregara a mí si apenas hablaba con nadie de la calle, si no salía por las noches, si pasaba los fines de semana sin ver absolutamente a nadie? 

Yo me enamoraba de mujeres jóvenes y hermosas en las que veía una forma de recuperar la ilusión de todos esos años de felicidad perdida. Ellas eran amistades de internet a las que nunca gustaba lo suficiente como para que hubiera algo más o, si les gustaba, estaban esperando a que yo tomase una decisión o hiciera algo que desconocía por completo pues no me llegaban a hablar del tema. El tiempo pasaba y el corazón de esas mujeres seguía igual de duro, como si no hubiera nada peor en el mundo para ellas que acceder a mis demandas. 

Mis obras despertaban la simpatía de cada vez más gente y ya no había día que no me expresara alguien su afecto y admiración pero mi tristeza por esa felicidad que se me negaba no la podía compensar la satisfacción por mi trabajo pues no era yo persona que pensara que una cosa inerte, aunque sea un poema, valiera más que aquel amor al que yo aspiraba sin conseguirlo. Y, aunque en principio la compañía de la gente de internet que me animaba a seguir escribiendo cada día me ayudaba a paliar mi soledad, cuando llegaban las horas de la noche en que ya nadie parece tener interés en tomar contacto con amistades que no sean muy íntimas, yo sentía cómo ese cuchillo de que he hablado, se me clavaba cruelmente en las entrañas y perdía hasta los ánimos para apagar el ordenador y conceder a mi cuerpo el necesario descanso.

Una de esas noches, pocas horas después de que una amiga me mostrara su desprecio ante mis simples muestras de afecto, recordé la muerte de mi padre. Siempre que me daba cuenta de lo solo que se hallaba mi espíritu, recordaba la vejez y muerte de mi padre. Pese a su enfermedad y avanzada edad, todavía pocos días antes de caer en la crisis definitiva de su enfermedad, estaba trabajando en sus tierras con muy escasa motivación pues sus achaques de la vejez lo sumían en la tristeza. Yo sabía que aquel hombre hecho a los duros trabajos del campo no sería capaz de sustituir la ilusión de la tierra por otra que pudiera cultivar con sus ya escasas fuerzas físicas y que se sentía ya lejos de todos, incomprendido por todos, menospreciado por todos, aunque años antes había sido el sostén de todos. Su silencio progresivo fue definitivo en una etapa de su enfermedad y, al verle mudo y con la mirada inquieta en su lecho, yo pensé en la soledad del enfermo de muerte, en el dolor del alma que sabe que se va de este mundo sin que sepa ya comunicar esos últimos pensamientos que brotan en su mente y que con toda seguridad necesitaría legar a quienes de verdad le amaron con sencillez.

Me preguntaba esa noche si la muerte me encontraría solo, amargado, sintiendo frío en el alma y si me iría sin que mi corazón hubiera visto jamás la primavera. Me imaginaba esos mendigos que mueren de frío en la calle, sin nadie en el mundo, ni siquiera un amigo, esos ancianos que son recluidos en residencias porque hacen estorbo a sus hijos, esa gente que vive décadas en sus pisos sin recibir siquiera la visita de un vecino, mujeres que no tienen la belleza suficiente para atraer a un compañero, hombres que no se atreven a acercarse a una mujer... Me imaginaba también los hombres y mujeres que son deportados por la guerra y viven en refugios donde agonizan de hambre y, perdidas sus raíces, casi han de pedir disculpas por existir. Me imaginaba lo solos que están los hombres que sufren injusticias, los que aguardan su ejecución, los que son discriminados, los que no tienen qué darles de comer a sus hijos. Me imaginaba lo solos que están aquellos a los que encañona un fusil al salir de su casa y que mueren lejos de su familia para que nadie sepa lo que ha ocurrido con ellos, lo solos que están los que por causas sexuales son menospreciados, las mujeres que mueren a manos de su esposo, los niños que viven en las calles, los periodistas que sufren amenazas o que mueren asesinados, los indígenas que pierden su casa por las cosas del progreso, el inmigrante que está enfermo y no puede costear los gastos de un hospital y muere como un perro en una esquina, enrollado en una manta, testigo de su sufrimiento final. 

Me imaginaba la inmensa cantidad de horrores y sufrimientos que han tenido que pasar los perdedores desde el inicio de la Historia, lo solos que se han de sentir frente a la injusticia de la que son víctimas. Me imaginaba el holocausto judío y el holocausto palestino. Me imaginaba el dolor de los saharauis o el espanto de aquel que supo de repente que su hijo, su hermano o su madre viajaba en los trenes del atentado del 11 de marzo en Madrid. Y toda esa injusticia, toda esa fría violencia de la que son víctimas esas almas perdedoras la comparaba yo con la amarga soledad de la mía. ¡Qué solos estamos!, pensaba. ¡Qué poco significamos para nuestros semejantes! ¡Qué poco cuenta un individuo para el dios sin rostro del poder y de la muerte! Y yo no podía afrontar esta idea más que con sarcasmo, me reía de los seres humanos, de su fría estupidez, de su envanecimiento, de su hipocresía, me reía de su brutalidad, de su culto al dinero, a la ciencia, a las reglas, de su afán de dominar y asfixiar a los que tienen ideas propias, me reía de mí mismo, de la mala suerte de haber nacido perdedor, objeto de acoso en el colegio, atrapado en una timidez que me aisló y enfermó durante media vida. Y, más tiernamente, me reía de las mujeres, de cómo prefieren un vientre plano a una cabeza bien amueblada, de cómo les gustan los hombres malvados y odian a los bondadosos, de cómo en nada se diferencian de los hombres a la hora de juzgar a las personas por su belleza y su atractivo sexual. 

Después de 47 años, seguía sin encontrar un corazón que me correspondiera. Mucha gente conocía mi problema y le daba una explicación tranquilizadora, en realidad lo hacían por ellos mismos, porque necesitaban convencerme para convencerse ellos. Pero yo sabía que el mundo no es justo, que a veces, el hombre que pide pan encuentra una bala y el hombre que pide amor encuentra desprecio y solo desprecio. Pensé que el hombre estaba olvidándose de lo que era el amor y que, de consolidarse ese proceso, las circunstancias del mundo se volverían mucho más peligrosas que hasta entonces. Las personas vestían a sus perritos con chaqueta pero las ranas estaban extinguiéndose... El planeta estaba siendo destruido por el hombre y no había ninguna ley o tratado posible que atajara eso. Solo el amor, la capacidad de darse a otra persona y encontrar la paz a través del más tierno afecto libraría al hombre de su afán desmedido de acumular cosas. 

Entonces, decidí escribir un cuento donde se hablara de la importancia del amor, de la necesidad de devolver al corazón del hombre la ternura, lo publiqué en internet y también le envié una copia a la chica que me había despreciado. Pensé que, pese a lo que algunos piensan, tal vez la literatura podría cambiar el mundo y también, pese a mi experiencia anterior, seducir a una mujer hermosa.


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