29 de septiembre de 2012

Fe

A Txaro Cárdenas

   -¿La fe? ¿Qué se arregla con la fe? -se lamentaba con amargura Manuel, el anciano de la barba blanca que se sentaba todas las mañanas en aquel banco del parque para tomar el sol-. Nunca la fe ha cambiado la realidad. Hasta Mahoma tuvo que ir a la montaña porque su fe no fue suficiente para moverla...

   -Estás equivocado, muy equivocado, Manolo -dijo Iñaki esgrimiendo en el aire su humeante colilla, que sujetaba entre sus dedos llenos de arrugas y sucios de alquitrán y nicotina-, sin fe no se puede vivir... acabaríamos con nosotros mismos en menos de un cuarto de hora. La fe es lo que te hace seguir adelante y conseguir lo que te propongas. Hace que sigas respirando...

   Manolo se irguió un poco en el banco y haciendo un gesto despectivo con su mano respondió mostrando en su tono el fastidio que le causaba lo que acababa de oír:

   -Eso son tonterías, Iñaki. Si estás condenado a morirte hoy, ¿te va a salvar tu fe? Esas cosas me molesta mucho oírlas, son filosofía barata.

   Se hizo un silencio profundo. Ninguno de los dos volvió a hablar durante cinco minutos, al cabo de los cuales, Manuel golpeó el suelo con su bastón y dijo con abandono:

   -Son filosofía barata...

   De pronto un hombre de unos cincuenta años caminando tranquilamente se les acercó al banco y les dijo a los dos ancianos:

   -Yo de ustedes me recogería en un lugar seguro. Se ha escapado un toro de los que traían esta tarde para torearlos en la plaza y viene por toda la ciudad envistiendo a todo lo que encuentra. 

   Tras decir estas palabras, se marchó tan tranquilamente como había llegado.

   -¡Manolo! Vámonos al bar ese de enfrente que el toro nos puede coger... -dijo Iñaki agarrando del brazo a Manuel mientras el hombre de cincuenta años se marchaba.

   -¡Déjame, Iñaki, leche! -gritó enfurruñado Manuel mientras se deshacía de un empellón de la mano de Iñaki-. ¿Es que no te das cuenta de que es una broma? Estos jóvenes de ahora han perdido el respeto por todo, la vergüenza se ha perdido...

   -¡Que no era joven, Manolo! -dijo Iñaki desesperado-. ¡Que tendría más de cincuenta años...!

   -¿Y yo que tengo ochenta no soy más viejo aún o qué leches?  

   Iñaki, a la mayor velocidad que le permitían sus cansadas piernas y apoyándose en su bastón, se dirigió al bar. Aún no había entrado en él cuando Temprano, el toro que se había escapado apareció en el parque y arremetió contra aquel hombre sin fe que seguía sentado en el banco tomando el sol como todas las mañanas.

Manchas rojas

A Aura, 
administradora del blog Noches y Emociones

El celador del centro de salud que estaba a cargo del puesto de información, consultó un papel lleno de manchas rojas que él mismo había ocasionado con el ketchup de la hamburguesa con la que había desayunado. 

-Salud mental 3, segunda planta a la derecha -dijo al final a una mujer de unos 28 años, muy bella pero con una expresión en su rostro que mostraba que su alma estaba poseída por la amargura y que apenas encontraba luz en el camino de la vida.

Al llegar al segundo rellano de la escalera, una empleada del servicio de limpieza derramó un recipiente de lejía y salpicó a la joven en la falda, provocándole una mancha indeleble. 

-¡Oiga, tenga cuidado por donde pasa...! -dijo secamente la limpiadora, que creyó que había sido la joven la culpable del accidente.

La joven pasó de largo silenciosamente porque no tenía humor para contestarle que, mientras fregaba el suelo, no debía comer magdalenas pues aquella limpiadora no había tenido tiempo de desayunar en casa y combatía el hambre en ese momento con las magdalenas que se había traído al trabajo.

La joven llegó a la puerta en que se exhibía el rótulo Salud mental 3 y, tras comprobar en una nota informativa pegada a la pared que ella era la última de la lista y que la consulta estaba a cargo de un hombre llamado Pedro Borrego, se sentó callada y tristemente en uno de los sillones de la sección con la intención de esperar resignadamente hasta que llegara su turno.

En aquel módulo había otras tres personas. Una era una mujer de más de 70 años, muy delgada y con una expresión alegre, tan alegre cuando miraba a la joven que a ésta le pareció que rozaba lo jactancioso. También había un hombre de la misma edad sentado junto a la anciana que ponía caras de consternación y resoplaba de vez en cuando tristemente.

En un rincón, apartado de los demás, estaba la tercera persona, un joven de unos 30 años que apenas miraba a los demás y estaba la mayor parte del tiempo mirando al suelo y fijos los ojos en una de las losetas. 

De pronto la anciana rompió el silencio y dijo, sin más preámbulos, a la joven, siempre con su expresión sardónica: 

-Yo voy al peluquero que hace el peinado a la Martirio. 

-¡Vaya, qué bien! -dijo la joven intentando ser agradable pese a que no tenía ningún deseo de hablar con nadie.

-No me gusta tu peinado -dijo la anciana.

-¡Joaquina...! Ya está bien, deja a la chica en paz -suplicó su anciano acompañante.

Pero, al cabo de un par de minutos, la anciana volvió a romper el silencio:

-Si yo quiero, me pone hasta la peineta del coche de Fernando Alonso -y, moviendo sus manos y brazos como en un baile flamenco hasta quedarse en una postura de postal de sevillanas, dijo:- ¡Olé!

-Joaquina, que no haces gracia, que estás haciendo la tonta... -dijo con desesperación el anciano.

-¡Tú te chupas lo que yo me sé -gritó Joaquina-, a ver si se te pone tieso...!

-¡Joaquina...! -gritó el anciano callando lo que continuaba, que debía ser una amenaza conyugal repetida infinidad de veces por él y a la que recurría en los momentos en que ella le desobedecía.

El silencio volvió de nuevo pero sólo durante diez minutos porque, entonces, el hombre de 30 años, que en ese momento miraba como el resto del tiempo al suelo pero ahora con un brillo extraño en sus ojos, se levantó de su asiento y gritó con toda la furia de la indignación más grande al anciano, que en ningún momento se había dirigido a él:

-¡¡Te vas a tragar esas palabras, cochino...!! ¡¡Yo he jugado en una filial del Barça...me oyes!! ¡¡Y no te lo consiento... porque tú lo único que has hecho en tu vida ha sido limpiar retretes, socerdo...!!

A continuación, pegó una patada en uno de los sillones vacíos y se marchó hecho un basilisco.

Al poco, salió el paciente que estaba dentro y entraron los dos ancianos. El joven de 30 años volvió y, al ver que los ancianos ya no estaban, volvió a pegar una patada en el sillón y se volvió a marchar.

Cuando, al cabo de veinte minutos, salieron los ancianos de la consulta, el doctor Borrego llamó a Josep Girona dos o tres veces. La joven se aproximó a la puerta y dijo: 

-Si es un joven rubio y que mira siempre al suelo, se ha marchado.

-Bueno yo no sé si es rubio o del Japón -dijo el doctor con aspereza-. Si no entra él, es que no está... fijo.

A continuación llamó a Josefina Gutierrez.

-Tampoco está -dijo la joven.

-Francesc Pujol... -dijo el doctor, entonces.

-No hay nadie más que yo -dijo la joven sonriendo tímidamente.

-¡¿Señorita, me quiere usted dejar que haga mi trabajo?! -gritó el doctor enfurecido y llamó a otras tres personas más antes de dejar pasar a la joven.

El doctor estaba comiendo un donuts y tenía la mesa de su consulta llena de migajas. Cuando tuvo a la joven sentada a la mesa, fijándose en sus bellos rasgos, se sintió excitado sexualmente y relamiéndose el azúcar de sus viscosos e hinchados labios y arqueando las cejas sobre las que caía un largo mechón rizado procedente de su cabeza duramente atacada por la alopecia, dijo:

-Ya sé lo que le pasa a usted sin decírmelo: un desengaño amoroso... ¡Claro! Es que usted es un poco fea, perdóneme la libertad pero las cosas como son.

La joven, que aparentemente andaba con la autoestima muy dañada, calló como si el doctor Borrego tuviera razón en lo que decía sobre su apariencia física. 

-No es un desengaño, es que mi marido me ha violado. 

El doctor Borrego dio otro bocado a su donuts mientras guardaba silencio. Sus más perversas fantasías sexuales tomaron posesión de su mente sádica en aquel momento y quiso conocer los detalles más íntimos de la violación. Comenzó a hacerle preguntas sobre esta en su aspecto más físico, utilizando terminología anatómica muy especializada que ella no comprendía pero que a él le excitaba pronunciar, ebrio de jactancia y sadismo.

El hermetismo de las preguntas que le hacía, que, en realidad, se referían a si había sentido placer y otras cuestiones que no eran relevantes para un psiquiatra, parecía evitar que ella reaccionara violentamente o que se asustara y se marchara. Simplemente permanecía allí y no dejaba de repetir:

-Es que no le entiendo...

Pero él continuaba con sus preguntas porno de cirujano y sus comentarios de anatomista obsceno hasta que en su lenguaje técnico le dijo que le gustaría penetrarla violentamente, como había hecho su marido. En ese momento, ella se levantó disimulando una sonrisa en sus labios y se dirigió a la salida. En la puerta le dijo: 

-Me voy porque no le entiendo una palabra. Usted no me está atendiendo como es debido.

Dos horas después, la policía detuvo a Pedro Borrego, acusado de acoso sexual. Una grabación, hecha en su consulta de la sanidad pública, era la prueba. La autora de la grabación había sido la doctora Alicia Santos, prima de su víctima. Era la demandante una paciente que padecía una depresión, que el comportamiento deshonesto del psiquiatra había agravado notablemente. 

De no ser por aquella prueba, aquel tirano, con el consentimiento de un agonizante sistema público de salud, que le defendió de las acusaciones mientras no se logró la prueba, habría seguido reinando en su consulta, haciendo su más complacida rutina de la angustia y dolor de los demás.

27 de septiembre de 2012

Esperanza

A Bea Viña

   Soy malo para las fechas, pero nunca lo había sido para los idiomas. Por eso, cuando me robaron la cartera, donde guardaba el nombre de la calle, lo lamenté enormemente por mi dinero pero no por mi memoria. Al fin estaba en Bilbao, al fin iba a ver a Isabela, la chica de mis sueños, a la que había conocido a través de internet. Era mi última oportunidad de verla en mucho tiempo pues se iría en cuestión de semanas o quizá días (dependía de cuándo fuera llamada) a Colombia por un año a realizar un trabajo docente con una ONG. 

   Me moría de ganas de besarla y abrazarla pero, al llegar a aquella gran ciudad del norte, sentía sueño y busqué un hotel para descansar un par de horas. Había viajado toda la noche en el tren sin apenas poder pegar un ojo porque uno de los pasajeros no paraba de hablar cerca de mí sobre el psiquiátrico en el que había sido celador en tiempos de la transición democrática. Cuando estaba ya intentando recuperar el sueño perdido en una cama limpia y cómoda, llegaron a mi mente, antes de que el sueño me venciera, como un eco de la noche anterior, las imágenes de degradación humana que el antiguo celador se complacía en hacer llegar a su vecino de asiento con aquel tono enfático con que, dentro de una mal disimulada jactancia, pretendía impresionarlo.

   Muy pronto caí en un sopor inquieto en el que me perturbaban sueños muy vívidos donde una extraña joven, a la que veía en mi sueño como Betty Boop, me decía:

   -Ponte muy triste, eso es bueno para ti. 

   Antes de despertar, Betty Boop me decía: 

   -Tienes que ir a Atxeta.

   Me desperté y vi en mi reloj que eran las doce de la mañana menos diez minutos, me vestí y me dirigí a pagar la cuenta del hotel para dirigirme a la calle Atxeta, pues era en esa calle, como decía el sueño, donde vivía mi amiga . Cuando me vio, el recepcionista, con una sonrisa de guasa, me dijo: 

   -¿Ha visto usted a Betty?

   -¿A quién? -pregunté yo.

   -El anterior dueño del hotel me contó que en esa habitación murió una chica de toma pan y moja por consumir más barbitúricos de la cuenta. El tío me aseguró que, desde entonces, los que se quedan un tiempo ahí ven a Betty Boop. 

   Mi estupor fue absoluto pero tras recuperarme del escalofrío que me recorrió la espalda le pregunté si le habían hablado otros clientes de ese fantasma:

   -No, qué va -respondió el recepcionista-. Sólo el dueño anterior. Yo regento este hotel solo desde hace dos meses y, si el fantasma existe, aún no ha dado señales de vida... Bueno aunque, si no me equivoco, usted es el primero desde que estoy aquí que alquila esa habitación o sea que a lo mejor hasta es verdad la historia -y rió alegremente-. Pero tranquilo, hombre, que se ha puesto hasta pálido -y volvió a reír-. Le digo yo que el Más Allá es un cuento chino, todo es materia, amigo... Treinta euros, por favor...

   Busqué en un callejero la calle Atxeta y me dirigí al número 10 pero miré en el portero automático y comprobé que el piso donde ella decía vivir era propiedad de una persona desconocida. Me sentí tan descorazonado que casi se me saltaron las lágrimas. Al final, todo había sido un engaño, mi chica había decidido por inmadurez quizá darme los datos erróneos para no comprometerse conmigo pues no le debía gustar. Esa fue la interpretación que di al suceso. Me tocaba volver a casa tal y como había venido, eso sí con una absurda historia de fantasmas para contar a los amigos. 

   Entonces, aun frente a la puerta del número 10 de Atxeta, me acordé de aquellas palabras de Betty Boop: "Ponte muy triste, eso es bueno para ti". El recuerdo de esas palabras me indujo a hacer lo propio de cuando uno está triste, que es mirar al suelo y, al hacerlo, descubrí una pequeña agenda de tapas violetas y flores rosas que recogí enseguida, llevado por el instinto de la curiosidad. Nada más abrirla por las páginas del centro, descubrí, para mi asombro, el nombre y los apellidos de Isabela y, al lado, su dirección: Atxeta, número 23, 5º-A junto a su número de teléfono. 

   Rápidamente, me dirigí hacia allí con la intención de pedirle explicaciones. Llamé al portero automático, me abrieron sin preguntarme nada, subí hasta el 5º-A y llamé a la puerta.

   Isabela me abrió, estaba vestida como para salir y, tras poner expresión de asombro, con rapidez se lanzó sobre mí y me abrazó con fuerza. 

   -¿Cómo me has podido encontrar? -me dijo con lágrimas de alegría en los ojos-. Se ha adelantado el viaje a Colombia de mi ONG estoy a punto de irme. Te he estado intentando avisar de que hace seis días tuve que abandonar el piso de la calle Atxuri para no tener que pagar el mes entero por usarlo una semana solamente. 

   En ese momento, me llevé las manos a la cabeza y exclamé: 

   -¡Es verdad, era Atxuri y no Atxeta!

   Isabela me miró estupefacta y entonces le saqué la agenda hallada en el portal del edificio donde había ido por error a buscarla. Ella la vio y dijo:

   -¿Quién te ha dado esto? Es la agenda de mi prima Tekale. 

   -Si te digo que me la ha dado Betty Boop, ¿te pondrás celosa? -dije yo entonces.

   La abracé, sin darle más explicaciones porque el tiempo apremiaba. La acompañé al aeropuerto y le prometí amor eterno.

   Pensando en lo tortuoso del camino que me llevó a ella y en la distancia que todavía me quedaba por recorrer para disfrutar de su compañía, compuse este poema:
ESPERANZA
   Dulce amada,
una espesa bruma
borra el sendero
que me lleva a ti
pero la fe me guía
y mi corazón no ignora
que, más allá
de este espeso velo de plata,
brilla como una aurora
el mágico fulgor de la esperanza;
mis pasos ya no vacilan,
sin descanso me conducen,
con luminoso optimismo,
hasta tu anhelado regazo.

Un patrocinador

A Bea Magaña

El Comité Organizador de los Juegos Olímpicos de 2012 admitió como una de las marcas patrocinadoras del evento a Dow Chemical, la empresa que en ese momento era propietaria de Union Carbide, responsable del desastre de Bhopal. El Comité Organizador alegaba que Dow estaba comprometida con la "buena gobernanza empresarial", no sabemos si haciendo referencia a la forma taimada de recortar gastos omitiendo las indemnizaciones por el desastre y la limpieza de Bhopal para evitar que, casi 30 años después, siguieran padeciendo secuelas sus habitantes o bien a la solidaridad interna de los miembros de la empresa, que les hacía no obligar a su filial Union Carbide a rendir cuentas de verdad ante la justicia por la muerte de 25.000 personas y los problemas de salud de más de 100.000. 

El suceso fue denunciado por Amnistía Internacional pero lo que muy pocos sabían era que un empleado de Union Carbide, Belvedere Howard, vivía jubilado en la costa española. Esta lumbrera metodista había sugerido a uno de los directivos que ahorraran gastos desactivando el sistema de refrigeración de tanques y el catalizador de gases previo a la salida  a la atmósfera, lo que, al ser puesto en práctica, agravó las consecuencias del accidente.

Belvedere, hecho al clima benévolo de la costa levantina, había abrazado la religión católica con devoción fanática, tanta como la que practicaba en su época de metodista. Pese a ser un pensionista jubilado, llevaba adelante una pequeña empresa de saneamiento de piscinas llamada "Cristo sobre las Aguas" y estaba integrado en la comunidad española de un pequeño pueblo de Alicante. Sus esfuerzos económicos por patrocinar las fiestas del pueblo eran su obsesión. El pueblo tenía de patrón a san Bartolomé, el apóstol que predicó en la India y en Armenia y al que, todavía con vida, le arrancaron la piel.

Las fiestas de ese mismo año de las olimpiadas fueron suntuosas gracias a la colaboración económica del inglés. Los pueblos vecinos las vieron con pecadora envidia pues la crisis no contaba para ellas tanto como para las suyas. Todos los vecinos del pueblo de Belvedere veneraban casi tanto al inglés como a su patrono por aquel dispendio generoso que hacía para el disfrute de la gente y la honra del pueblo. Pero hubo un incidente que ensombreció notoriamente el transcurso de las fiestas.

El santo, que era de loza, fue sacado en la procesión del veinticuatro de agosto. Belvedere hacía las veces de organizador y daba las órdenes oportunas para que todo marchara correctamente. Cuatro personas sostenían las andas que transportaban la imagen del apóstol y Belvedere iba muchas veces a hablar con ellas para indicarles el ritmo al que caminar y las paradas que habían de hacer. Pero a mitad de la procesión ocurrió el más desgraciado de los accidentes posibles. El hombre que cargaba las andas desde el lado delantero izquierdo al parecer tropezó en algo y cayó, las andas se volcaron y el santo se precipitó contra el asfalto y se hizo infinitos trozos.

Hubo quien dijo que aquello con lo que el portador tropezó fue el pie de Belvedere pero nadie dio crédito a esta patraña inverosímil y el inglés fue elevado casi a la dignidad de santo benefactor del pueblo cuando expresó su deseo de traer de Italia una talla de mármol de un maestro del cincel. Para ello, se desplazó a Milán donde se encontró con Tiepolo Melone, un escultor religioso de tallas de mármol, que, al igual que Miguel Ángel, era chato pero, a diferencia de él, no aumentaba el valor del material con el que trabajaba.

A Belvedere, en cambio, le parecieron excelentes sus esculturas. Al san Francisco para un convento de Bulgaria, le faltaban las gafas para parecerse a un funcionario de una oficina de Hacienda pero a Belvedere le pareció el colmo de la gracia y la piedad. De modo que decidió contratar a Tiepolo Melone por 5000 euros, aunque Tiepolo le pidió 10.000 por si picaba.

Una vez contratado al artista, por llamarlo de alguna forma que economice nuestras palabras, Belvedere le expresó, después de afectar mucha vergüenza y cohibimiento, su deseo de que en la imagen se simbolizara su comunión con el santo patrono poniéndole sus propios rasgos faciales. Tiepolo, que no era precisamente un maestro de la diplomacia, dijo, al oír aquello, con su italiano de todos los días:

-Pero usted es un hombre muy feo. Le sentaría mejor esa cara a una gálgola demoníaca que a san Bartolomé...

Belvedere, que no entendía muy bien el italiano porque lo aprendió de un amigo alemán que había estado cinco años en Nápoles, al oír la palabra brutto, no pensó que le estaba diciendo feo sino bruto, necio, incapaz. De modo que se ofendió tanto que le gritó indignado que iba a contratar a otro escultor menos insolente y que se despidiera de los 5000 euros y que él no tenía nada de bruto, que había trabajado de ingeniero químico en la India y que era un cerebro privilegiado.

-Calmati, per favore -dijo entonces Tiepolo, poniendo las palmas de las manos en actitud conciliadora-. Si farà quello che dici...

Un mes después, la nueva estatua de san Bartolomé llegó al pueblo del inglés en un cajón de madera lleno de virutas. Los primeros ojos que la vieron fueron los del párroco, quien, meneando la cabeza delante del sacristán, dijo:

-Lo que nos vamos a acordar de la otra... dichoso accidente... con lo bien parecido que era el san Bartolomé que se nos cayó...

Colocaron la estatua en el altar entre tres hombres y, al domingo siguiente, fueron honrados con la visita del obispo, que fue al pueblo precisamente a bendecir la imagen.

Pero cuando los feligreses, entre los que había gran expectación por contemplar lo que imaginaban un prodigio artístico llegado de la patria de Leonardo da Vinci, vieron las facciones horrendas del nuevo san Bartolomé, al que no faltaba la enorme verruga que Belvedere tenía junto al ojo derecho, se comenzaron a persignar pero no por veneración piadosa sino por horror supersticioso, pues no hemos dicho que mirar a Belvedere, pese a su nombre, era una empresa de lo más desagradable.

Belvedere vivía justo al lado de la iglesia parroquial, al otro lado de la plaza y un viernes recibió la visita de un amigo de Gibraltar. Este hombre, pelirrojo y cojitranco, producto de un disparo de su arma de caza  que se dio accidentalmente en la pierna mientras caminaba detrás de un rebeco, iba casi todo el año vestido con una camisa abierta que mostraba la pelambrera rojiza de su pecho y tenía tanta flema que, si veía que atropellaban a un niño en la calle desde la barra de un bar, se tomaba un sorbo más de cerveza antes de decir "¡Oh my God!".

Este gibraltareño tenía una pareja de monos de Gibraltar que siempre le acompañaban. Y ese viernes los dos macacos, abandonados con descuido por su confiado dueño, mientras éste era recibido y agasajado por Belvedere, como amigo de toda la vida que era, se introdujeron por la puerta de la Iglesia, abierta en ese momento porque unas mujeres estaban limpiando el templo. Con tanto sigilo se movieron los monos que no fueron advertidos por las mujeres. Pero en el momento en que una de ellas fue, con mucha aprensión, a pasar un trapo mojado al feísimo san Bartolomé, vio saltar desde detrás de la imagen lo que ella, con la percepción alterada por semejante sobresalto, describió como dos hombres feísimos y muy pequeños que le parecieron diablos.

La noticia se extendió por todo el pueblo muy pronto y sobre la nueva imagen de san Bartolomé cayó un pesado estigma que desembocó en la evidencia máxima que se le manifestó al párroco de que era necesario sustituir la talla por una nueva de loza y guardar la desechada en la sacristía poniendo, a ser posible, una tela que la ocultara.

Cuando Belvedere conoció la decisión del cura, su fe católica apostólica romana comenzó a flaquear y, al poco, volvió a entregarse al credo metodista, religión que le parecía mucho más verdadera que la católica porque, por ejemplo, permitía que los asesinos fueran al Cielo a condición de que no se arrepintieran nunca.

24 de septiembre de 2012

Carta de un asesino al director de un periódico

A Encarnación Alcalde Brotons

   Mis crímenes han sido un error. Los ingenuos pueden jurar que una simple mancha de humedad en un muro es la imagen de un rostro sagrado que una fuerza sobrenatural ha querido grabar para despertar la fe de los que han abandonado su religión. Del mismo modo, yo juzgué como rostro lo que era una mancha, creí que debía matarlos por sus culpas cuando la culpabilidad no existe.

   No hay propósito en la humedad de las paredes, al igual que no lo hay en el comportamiento humano. La mayor indignación me embarga ahora cuando observo que alguien avergüenza a un niño reprendiéndole por un comportamiento o que dos personas, en un arrebato de paranoia, se acaloran tratando de definir entre ambas con precisión el carácter de un tercero ausente. Sencillamente, así lo he dicho y así quería decirlo, se trata de arrebatos de paranoia, de construcciones demenciales. 
   
   ¿Quién, observándose a sí mismo con un mínimo de lucidez, es capaz de describirse en un momento de su vida concreto olvidando el río de pensamientos, la catarata de impulsos y el mar de incertidumbres a que se ve sometido y en el que se debate cada vez que hace algo, siendo las decisiones de lo que llamamos erróneamente su voluntad algo tan casual como el resultado del lanzamiento de un dado o los números que saldrán primero en una partida de bingo?

   Heráclito decía que un río cambia tan rápido que no es dos veces el mismo y yo sé ahora que una persona no es más de una vez la misma. Dentro de la misma persona están todas las personas y, así como en una pared puede surgir una mancha con todas las formas imaginables, del mismo modo, cualquier individuo puede ser depositario de las más horrendas culpas.

   Yo no soy un loco, ni siquiera un asesino. Solo soy alguien que ha asesinado. He matado a ocho personas, de la manera más aséptica posible pues soy médico. Los maté porque me irritaba la corrupción de sus cuerpos, unos viejos, deformes otros, incitantes y juveniles otros pero igualmente corruptos en su esencia más íntima y puramente material. Los creí responsables de la repugnancia que me causaban. Pero ahora sé que no existe la responsabilidad.

   Quizá usted se pregunte ahora mismo si me arrepiento de lo que he hecho. Señor director, no me arrepiento y bien que lo siento. Las manchas de humedad no tienen conciencia... simplemente se extienden. 

   Quedo en mi domicilio esperando a la policía.

   J. H. S.

El túnel de La Engaña

A Susana Escarabajal Magaña

En 1951, comenzó el calado del túnel de la Engaña. Cientos de presos republicanos, que trabajaban a golpe de pico y barreno 12 horas diarias, abrían una vía de paso para que el ferrocarril uniera los puertos de Santander y Valencia. El Excelentísimo Señor Ministro de Obras Públicas les hacía la gracia de perdonarles la intolerable conducta de haber luchado a favor de la libertad y la democracia durante la guerra civil a cambio de llenarse las manos de callos picando la dura roca y la cabeza de chichones por las piedras que caían del techo y de enfermar de silicosis para el resto de sus vidas.

Un sábado de ese año llegó al lugar de las obras, desde Santander, Fuencisla Rodríguez, una mujer que no superaba en edad los treinta años, alto miembro de la Sección Femenina, institución de adoctrinamiento para señoritas cuya misión era convertirlas en mujeres obedientes y sumisas que delegaran en sus maridos el gobierno de la casa y la familia, lo que no deja de ser una ambiciosa y muy esforzada empresa.

La chica era flaca como un alambre y su rostro avinagrado parecía fotoimpresión del de su padre, militar de Franco, de humor tan gris que, cuando le tocó la lotería, algunos viejos conocidos tuvieron el privilegio de ver su sonrisa por primera vez. Llegó acompañada de otras dos muchachas, que estaban cumpliendo el Servicio Social, un reflejo del servicio militar de los jóvenes varones, y de un hombre de unos cincuenta años, bien vestido y con sombrero, en cuyas maneras se advertía la autoridad del macho de clase alta que protege a unas jovencitas ingenuas de bestias de trabajo sudorosas y sucias que codician los bellos cuerpos aristocráticos.

El hombre de edad mediana, que respondía al nombre de Arcadio, entró en la caseta de uno de los encargados y le dijo que la señorita Fuencisla deseaba ver el túnel. El encargado, hecho un ovillo de humildad y deshaciéndose en reverencias y signos serviciales, salió de su barracón y se dirigió al de los militares. Reapareció al cabo de diez minutos detrás de un cabo armado con su fusil, que, al llegar, se puso firme y dijo con tono enérgico:

-Acompáñenme.

Fuencisla siguió al cabo caminando al lado de sus otros tres acompañantes.

Mientras avanzaban hasta el túnel, Fuencisla comentaba con una moderada animación lo que sus ojos le mostraban por el camino.

-Me ha parecido ver un pajarito de color verde -dijo cuando pasaban junto a un pino-. Pregunta luego a los niños del pueblo si tienen alguno en una jaula, Arcadio. Pero no seas tacaño con el que te lo venda; dale la mitad de lo que te pida, no hay motivo para ofrecerle menos.

-Sí, señorita Fuencisla -dijo Arcadio-, pero yo conozco bien a su padre y creo que le va a sentar como un tiro que le lleve animales a casa.

-Creo que ya hemos llegado, Arcadio -dijo Fuencisla al cabo de un rato-. Mira qué agujero. Pero todavía es muy pequeño...

-No, señorita -dijo el cabo-, esto es sólo la cueva donde los obreros guardan los picos al final de la jornada para que no los roben.

-Entonces debe ser un túnel extraordinario... -dijo Fuencisla con enojado desdén.

Cuando llegaron a la boca del túnel, Fuencisla se llevó una decepción. Los fuertes y musculosos obreros estaban tan lejos que no los podía ver. No quería adentrarse a través de la galería porque temía los desprendimientos. De pronto, se le ocurrió una solución y le dijo al cabo:

-Hágame usted el favor, traiga hasta aquí a un obrero o dos para que nos enseñen cómo trabajan. Que se traigan los picos y que piquen un ratito aunque sea en esta roca del camino.

Arcadio se puso blanco y agachó su rostro al suelo para que su mirada no se tropezara con la de ninguno de los presentes y no le demostrara mudamente que aquella petición de Fuencisla le parecía sicalíptica.

El cabo relajó el rostro, servicial, y dijo con aparente ingenuidad y alegre complicidad:

-¿Y cómo prefiere que se los traiga, señorita, robustos o delgados?

-Es lo mismo, pero que estén muy sudados... así toman el fresco un poquito aquí fuera.

-Es usted muy cristiana, señorita -dijo el cabo-. Voy para allá; ahora mismo vengo de vuelta con ellos.

Al cuarto de hora, aparecieron el cabo y dos hombres con el rostro blanqueado por una capa de polvo y con un pico al hombro.

-Buenas tardes -dijo Fuencisla a los obreros-, hemos venido mis dos alumnas y yo, en esta tarde de asueto y esparcimiento, para ver cómo trabajan ustedes. Pero no nos atrevemos a aventurarnos por tan arriesgados parajes como son aquellos en los que ustedes laboran la dura piedra y he pensado que podrían ustedes dos hacernos la escenificación de su trabajo aquí fuera, lo que les será remunerado con una peseta para cada uno y una medalla de la Virgen.

Los obreros, prisioneros republicanos, aceptaron encantados la invitación y comenzaron a dar picotazos sobre una roca de la orilla del camino. Fuencisla abría ojos como platos mirándoles los biceps a los hombres, que estaban en camiseta para paliar el calor. La roca que estaban picando se hizo dos partes pero, como Fuencisla no decía nada, ellos seguían haciendola picadillo. Fuencisla soñaba con ser estrechada por unos brazos como aquellos pero, si se casaba, tendría obligatoriamente que renunciar a su cargo y su puesto en la Sección Femenina y quería retardar al máximo un posible noviazgo.

-¡Bravo, bravo, caballeros! -dijo Fuencisla de pronto aplaudiendo a los dos reclusos y, a continuación, les alargó dos pesetas que extrajo del monedero que llevaba en el bolso y dos medallas de latón-. Pueden marchar ya a su lugar de trabajo, caballeros, no les molestamos más. Muchas gracias por tan amable exhibición de sus habilidades masculinas.

Pero Arcadio, algo ofendido por su papel de toro manso, quiso imponer su autoridad en ese momento y dijo:

-Ustedes, caballeros, podrían tener ahora un cómodo trabajo en una tienda de ultramarinos o en una oficina pero, por su pertinacia en defender el comunismo y vender la patria a los rusos, se ven en lo que se ven... cubiertos de polvo por todo el cuerpo y trabajando duramente, como pelanas pueblerinos.

En ese momento, uno de los dos reclusos se volvió de espaldas e, inclinando su espalda hacia adelante para que las nalgas quedaran más a la vista, se bajó los pantalones más abajo de ellas. Fuencisla se dejó caer desmayada en brazos del cabo ante un espectáculo tan erótico y el otro recluso aprovechó para iniciar una carrera campo a través intentando la evasión. El cabo, cuando logró desembarazarse del cuerpo de Fuencisla, disparó numerosas veces contra el recluso que huía pero no acertó a darle y le vio perderse a lo lejos con un trote incansable. Cuando el cabo pudo dar parte del evadido en el puesto de mando, ya el recluso había llegado cerca de Santander haciendo autoestop, donde, embarcándose en un pesquero logró salir del país.

22 de septiembre de 2012

La perplejidad de Shu Chiao

A Saoirse Jignesh

   Un periodista chino, Shu Chiao, había logrado de la gran promesa del toreo, Piolín González, el permiso para rodar su vida durante una jornada entera. El principal momento del rodaje fue el de los preparativos previos a la corrida en un hotel de Sevilla. Shu Chiao preguntó a Piolín mientras los ayudantes vestían al torero: 

   -¿Por qué llamar como pajarito dibujos animados, Piolín?

   Piolín contestó, poniendo una entonación de hombre muy hombre, de los que tienen estómago para lo que sea:

   -Desde niño me llaman así. Me llamo Pío, pero como era pequeño, me llamaban Piolín.

   -Ahora ser grande hombre ¿cómo llamarte como cuando pequeño? ¿No salir con mujeres aún?

   A Piolín se le heló la sangre y, para descargar su rabia por las palabras del chino, que agravaba su ayudante ajustándole los pantalones por la entrepierna con una mano demasiado buscona, con tono hosco y amenazante, respondió: 

   -Menos cachondeo, chinito, no vayamos a tener un disgusto esta tarde...

   -Piolín -continuó Shu Chiao-, ¿qué ser retratos y figuritas con velas sobre la mesa? ¿Toreros también ser hechiceros?

   -No, amigo -dijo Piolín, cambiando a un tono más amable; se dirigió a la mesa donde se exhibían diversos símbolos religiosos junto a los que ardían tres velones y dijo, señalando a los diversos objetos sobre los que hablaba:- Esta es la Virgen del Rocío, de la que soy devoto y a la que rezo para que me guarde de una mala tarde. Este es San Blas, a quien le rezo para que el pitón del toro no me entre por la boca cuando entre a matar. Este es San Pedro Regalado, el patrón de los mataores, muy buena persona en vida. Este es el Cristo de la Buena Muerte para que se la dé al toro y me den, si es posible, las dos orejas y el rabo. Este es el Cristo del Gran Poder, para poder yo con el toro. Este es el Cristo del Consuelo, para que, si no me sacan a hombros, por lo menos, que me saquen algunos pañuelos, lo que es un buen consuelo. Y este, el Cristo del Rosario, al que rezo con mucha fe para que el toro no me haga ningún daño.

   -¡Interesante, señor! ¿Qué ser Cristo? -dijo Shu Chiao.

   -Cristo es Dios -dijo Piolín, decepcionado por la ignorancia del chino, mayor de la que sospechaba-. El Padre Celestial que no deja que pase nada malo que no sea estrictamente necesario.

   Shu Chiao quedó unos segundos en silencio como meditando algo y luego dijo, como sumido en la  perplejidad:

   -¿Y Padre Celestial creer estrictamente necesario clavar pinchos en buey?

(Del libro "Ironías para las Conciencias")

La ruleta rusa

A Silvia Torres

-Hola, Sheriff, ¿qué le pongo?

-Mmm, algo fuerte; hoy he atrapado a un tipo tan duro que se enciende las cerillas en la barba de un día. Seguro que le espera la horca.

-¡Chico, trae el ácido corrosivo! ¿Y qué es lo que ha hecho?

-Ese villano mal nacido ha matado a alguien jugando a la ruleta rusa. 

-¿Por diversión? Hay gente para todo.

-No, el caso es que lo hizo porque, según él, el mundo era demasiado pequeño para los dos, Charlie. No le importaba morir a cambio de perder de vista para siempre a la otra persona. ¡Qué escoria de sujeto!

-No creas, Sheriff, yo haría lo mismo con más de uno si tuviera valor para ello. Hay que tenerlo para jugarse la vida en la ruleta rusa.

-Sí, Charlie, y yo también lo haría con más de uno si no fuera el Sheriff de este pueblo pero es que este gran bellaco, bastardo, idiota y mal nacido con quien lo ha hecho es con su propia madre. 

-¡Chico, qué demonios haces que no traes el ácido corrosivo!

Carta a Videla

A Cleopatra Smith

(AGRADEZCO A MALVADO DILAN SU ADVERTENCIA SOBRE MIS ERRORES EN LA REPRESENTACIÓN DEL DIALECTO ARGENTINO QUE ME HA PERMITIDO MEJORAR EL TEXTO)

Querido y boludo Jorge Rafael Videla: 

Soy beneficiario de la política de adopciones que vos instituiste para los niños que nazcan de las comunistas que agarrás. Tengo una nena de buen cuerpo y cara bonita y cerebro que promete ser de una mujer de verdad porque es boba y atolondrada. La piva me tiene a mal traer porque heredó las ideas de su vieja. 

Ahora mismo no caigo en si las ideas son hereditarias, no me estudié bien esa cuestión cuando iba a secundaria. Supongo que no lo serán porque, si lo fueran, no me habría hecho falta ir a la Universidad a estudiar para abogado porque mi viejo ya era un zorro de las leyes cuando se acostó con mi vieja nueve meses antes de tenerme a mí. Pero esa nena siempre se está torciendo a la izquierda como persona irreflexiva que es.

¿Podés creer, Videlita, que esa nena me pregunta por qué el perrito de nuestro jardinero es chiquitito y dócil y le deja que lo acaricie y el nuestro es feo y fiero y gruñe y enseña los dientes a cualquiera que llega? Yo le respondo que porque el jardinero no tiene plata que guardar porque ella es inocente y no hace los razonamientos por sí misma. Pero, entonces, ella me responde: 

-Y por qué no tiene plata si trabaja mucho. Papi, ese hombre trabaja más en un día que vos en una semana... 

Videlita, esa nena me mata, me mata... Entonces, le tengo que responder:

-Dora, trabaja más porque los pobres no han conseguido todavía ganar toda la plata que tienen los ricos.

Pero la nena sigue haciéndome preguntas de comunista y me pone los nervios de punta. Me pregunta:

-Papi, ¿y cuánto le llevará al jardinero llegar a rico? Porque lo veo muy viejo y cansado y creo que se va a morir antes de tener un jardinero para él.

Y yo no puedo soportar que sea tan boba pero le contesto:

-Dora, él no tendrá jardinero, pero su hijo o su nieto, lo tendrá seguro.

Pero Dora es una nena boba y tonta, que tiene las cosas de su vieja y me dice:

-Papi, ¿y, cuando todos sean ricos, quién será jardinero? Tendrás que cuidar vos de las flores y a vos no te gustá mancharte de tierra el pantalón.

¿Sabés?, cuando me dijo esto, me puso los nervios de punta... ¡Che, nos rodean los comunistas! ¡Llegó el mal a nuestra propia casa! ¿Sabés lo que le dije, Videla?

-Hija, entonces habrá que hacer una guerra para que vuelva a haber pobres. 

Pero ella no callaba, no, seguía y seguía.

-Papi, ¿que te gusta más ir a la guerra que cuidar de tu jardín?

Che, Videla, si sigue así, te la mando para que la hagás desaparecer... ¡Ya estoy harto de esta nena...!

20 de septiembre de 2012

El horror de las miradas

A Aurora Tomás

   El mero hecho de situarse bajo la mirada de los extraños le producía una inquietud difícil de sobrellevar. Fuera de las horas de trabajo, apenas abandonaba su piso, de no ser por temas de pura necesidad. Le producía un malestar profundo pasear por las calles de su ciudad. La indiferencia fría que mostraban los transeúntes hacia su entorno le resultaba hasta cierto punto tranquilizadora. Pero no podía evitar el sobrecogimiento que le producía la sospecha de que tras aquella máscara de aséptica neutralidad de las personas con las que se iba tropezando, se escondieran sentimientos de desprecio o pensamientos de incisiva malicia. Las creía entregadas a un escrutinio cruel de su fealdad y de las imperfecciones escondidas en su alma, que suponía que captaban con un simple golpe de vista sobre su vacilante figura en el momento en que se colocaba al alcance de sus miradas.

   Tal fue su horror a ser observado que tuvo que dejar su trabajo. Sus necesidades de comunicación las pudo resolver con la ayuda de la informática, relacionándose con las amistades que iban proporcionándole sus actividades en internet. Pero acabó también por sospechar, tras los mensajes calurosos y afectivos de los chats, un secreto y profundo desprecio, solo oculto por un deseo  cruel y sucio de continuar contemplando las miserias con las que creía que cargaba su alma. Por esto, acabó cortando con todos sus contactos virtuales, con la excepción de Elma, una amiga muy íntima, por la que sentía un afecto muy especial. 

   A partir de entonces, su vida comenzó a convertirse en un inquietante asedio del resto de la humanidad. Cuando estaba fuera de casa, sentía físicamente clavarse en él los ojos de la gente como si fueran clavos que atravesaran cruelmente su cuerpo, depósito de todas las inmundicias. Por eso, por evitar salir de casa más de lo estrictamente imprescindible, agotaba todas sus existencias antes de salir a comprar alimentos. Un domingo lo pasó con apenas una tostada repartida en dos tomas y un vaso de leche no lleno porque no había tenido valor para salir a comprar el sábado.

   Elma conocía su situación y lamentaba profundamente el grado de perturbación de su amigo. Él no sabía qué aspecto tenía ella físicamente, tan solo conocía sus tiernas frases de afecto prodigadas en las conversaciones del chat. Por intentar demostrarle que mirar era algo tan inocente y natural como para una mariposa volar entre las flores, Elma le pidió que conectara la cámara de vídeo del ordenador para que pudieran verse el uno al otro a través de internet.

   -No, Elma, por favor, no me pidas eso -escribió él en el chat-. Eres mi último asidero. Eres ya la única persona en quien confío entre todos los seres que hay en el mundo. Si me ves, acabaré pensando que tú también me desprecias y serás uno más entre aquellos que liberan su crueldad y combaten sus frustraciones cebándose en mis miserias. La cara es el espejo del alma, Elma, pero mi cara es un espanto terrible, no es posible contemplarla sin exclamar: "¡Qué hombre tan miserable!".

   -Recuerda que soy médico -dijo Elma-. He visto rostros desfigurados por accidentes o malformaciones terribles. Nada me puede asustar. En cuanto a tu alma, la conozco y sé que es bondadosa aunque un tanto inclinada a despreciar lo feo por un prejuicio absurdo. Conecta tu cámara de vídeo, hazme caso, quiero que compruebes que no pasa nada en realidad.

   Aún buscó en su mente una excusa para evitar enfrentarse a la mirada de Elma pero todo lo que se le ocurría era absurdo e infantil y acabó por acceder a las demandas de Elma. Ella, a su vez, conectó su cámara ofreciéndole a él el espectáculo de una belleza tan extraordinaria que le provocó un escalofrío.

   Su espíritu, lleno de ansiedad, sintió como un suplicio extraordinario seguir sosteniendo la mirada de aquella hermosa mujer pero un impulso insoslayable le obligaba a no apagar todavía la cámara, a someterse segundo tras segundo a ese martirio, aunque el dolor de su piel le hiciera retorcerse y la aprensión le provocara calambres en el estómago.

   -¡Dios, Elma, qué hermosa eres! -exclamó temblando de angustia.

   -Bien, ya es suficiente por ahora -dijo Elma-. Estás demasiado nervioso.

   -Elma -respondió él-, te juro que estoy a punto de desmayarme de terror pero no quiero más que seguir contemplando tus bonitos ojos. Me están desgarrando por dentro pero son tan bellos que, por verlos un minuto más, soportaría el más horrible de los dolores.

El poeta

A Isi Dávila

Un día de abril de 1980, la DINA recibió del mismísimo Pinochet una llamada para que sacaran de la circulación a cierto poeta que había publicado esa misma mañana un poema de amor en un periódico de Santiago de Chile. Pinochet pedía que le interrogaran, bajo tortura si fuera necesario, y le sacaran el nombre de la mujer de la que estaba enamorado y que, cuando lo supieran, se lo comunicaran.

El máximo responsable de la DINA pidió a su secretaria un ejemplar de aquel periódico y leyó el siguiente poema:

CIERRO LOS PÁRPADOS
Cierro los párpados 
porque mi corazón está sólo, 
porque me hurtas tu mano, 
porque no quieres que habite en tu pecho, 
porque no soy amado. 
Cierro los párpados 
porque mi felicidad era ilusión, 
porque todo es ilusión, 
porque sólo el mar es real, 
el mar amargo de la muerte. 
Cierro los párpados 
esperando el último día, 
el que los acabe de cerrar 
para que mis latidos cesen 
y mis huesos, 
polvo ya, 
te olviden. 
Cierro los párpados 
para ocultar a mis ojos 
la esperanza mendaz. 

Al final del poema, podía leerse la firma de Carlo Fioretti. Cuando el director general de la DINA acabó de leer el poema dijo a sus colaboradores directos: 

-El poema no es tan malo como para someter a tortura a este hombre. Además, no veo tendencias izquierdistas en él. También las mujeres dicen que no a los buenos fascistas. Pero, puesto que Pinochet quiere que le interroguemos, no hay más que hablar. Si no habla, le destrozamos los cojones a ese pájaro de pluma fina. 

Veinte minutos después de la llamada de Pinochet a la DINA, los militares se presentaron violentamente en la casa de Carlo Fioretti, rompieron los goznes de su puerta y se lo llevaron esposado y a empellones a un lugar donde realizar el interrogatorio.

Un oficial con un bigote hirsuto y rostro avinagrado se presentó ante él y le dijo:

-Dígame ahora mismo la persona a la que va dirigida el poema del periódico.

Carlo Fioretti respondió mostrando con gran expresividad su perplejidad.

-Pero, señor mío, yo soy un caballero, jamás diré el nombre de la dama que inspira mis poemas de amor. Es costumbre antigua de los poetas ocultar el nombre de sus musas, para no comprometerlas...

El oficial hizo una señal con la cabeza a un soldado que había en la sala y éste descargó una corriente eléctrica sobre el poeta con la ayuda de unos electrodos. Carlo Fioretti se retorció de dolor y, cuando se recuperó, dijo muy seriamente:

-No me hagan eso, che, que duele mucho. No me gustan las bromas de ese tipo.

-¡No es ninguna broma, idiota! -gritó el oficial-. O nos dices quién es la mujer que inspira tus poemas o te achicharramos vivo.

Carlo Fioretti meditó un momento y respondió:

-Prefiero decirlo, las murmuraciones son incómodas pero no tanto como para esto. Es Ana Francisca Beloni, la hija del ingeniero.

Cuando se informó a Pinochet del resultado del interrogatorio este dijo:

-Lo veía venir. Lo veía venir. En el poema del martes casi lo dejaba entrever y en el del día doce del mes pasado incluso decía su nombre de pila -Pinochet soltó una risita complacida y luego continuó:- Pues nada... ahora, casamiento por todo lo alto... ¡Y que no me rechiste nadie!

17 de septiembre de 2012

Los problemas de Koldo

A Isi Dávila

   Su amor por aquella amiga que había conocido en una convención de lingüistas y con la que solo podía mantenerse en contacto por internet porque trabajaba al otro lado del océano Atlántico era desbordante. Recordaba con el más intenso sentimiento de agradecimiento hacia un ser humano el momento en que se conocieron del que ya habían pasado meses: aquella sonrisa reflejándose en los hermosos ojos de ella y aquellas frases llenas de ternura que le dirigió tras volver del estrado cabizbajo y apesadumbrado porque, por un lapsus, había dicho, durante toda la conferencia que acababa de dar frente al aforo en pleno, silepsis en lugar de sinopsis.

   -No te pongas triste -le dijo ella desde el asiento de al lado-, ha sido una bonita conferencia; piensa que solo te has equivocado en una palabra,  eso es estar prácticamente impecable.

   La realidad literal era muy distinta porque esa única palabra había tergiversado todo el sentido de la conferencia. Su respuesta, por ello, fue de desaliento:

   -Soy un idiota, es lo que tengo, todos mis amigos lo saben...

   Ella, afable y delicadamente, le dijo entonces:

   -Mi nombre es Bianca Rosa, me encantaría ser de los que saben que eres idiota si de verdad es así. ¿Podemos ser amigos?

   Él, pese a su alto nivel académico, carecía de auténtica vida social. Vivía torturado por la creencia de que la gente de su alrededor tenía una imagen negativa de él. En su infancia, el criticismo de su entorno había habituado su mente a pensar que los seres humanos cargaban con un fardo de culpas e imperfecciones que les alejaban de los demás porque, según se había grabado en su mente, las personas no tenían una auténtica capacidad para transigir con los defectos ajenos. Pensaba que todos los seres humanos experimentaban hacia sus semejantes sentimientos, a lo sumo, llenos de tibieza y el amor apasionado no lo entendía más que como un estado de locura transitorio que tenía como objeto la sexualidad y no pasaba nunca más allá.

   Pero aquella muestra tan extraordinaria de generosidad que le daba Bianca Rosa al ofrecerle una amistad libre de intereses, tan pura como la de un niño, desmadejó todos sus esquemas sobre el afecto humano, que tan desgraciado le habían hecho, e inflamó hasta tal punto su afición hacia aquella mujer, andando los meses, que su corazón acabó albergando verdadero amor, no ya la amistad que ella había solicitado de él.

   -Me llamo Koldo -le había contestado él sonriente.

   Ella le había cogido las manos mientras le decía:

   -Mira hacia arriba y hacia tu izquierda cada vez que te encuentres mal, Koldo; mientras haces eso, es imposible que tu mente albergue pensamientos oscuros...

   Desde aquel día, con la excepción de los lógicos contratiempos que ocurren en la vida, Koldo comenzó a sentir como posible la felicidad y, de hecho, la vivía durante una gran parte de su tiempo, entregado a la contemplación del hermoso lazo de afecto que le unía a aquella amiga a la que su corazón había convertido en el ser más importante de cuantos conocía y el más amado.

   Pero había una parte de él que todavía no se apartaba de los oscuros prejuicios que había marcado en su alma su desdichada infancia. Caía ocasionalmente en episodios de hundimiento moral en los que no sólo temía no ser amado de un modo real, incluso por la adorable Bianca Rosa, sino que, pese a ser un privilegiado en un mundo donde la gente puede morir de hambre, donde las enfermedades más terribles son frecuentes y donde no todos tienen techo, amigos, conocimientos, familia o cuentan con la plena posesión de sus facultades físicas y psíquicas, cosas de las que él estaba libre, dudaba de que fuera en realidad un hombre afortunado y se atormentaba a sí mismo acusándose de ser alguien sin valor y digno del desprecio general.

   Aquellas ideas heredadas de su niñez en las que no había redención posible para los individuos humanos perturbaban su sentido de la realidad todavía en sus años de madurez y ni siquiera la vivencia novedosa de la felicidad que conocía ahora gracias a Bianca Rosa podía con aquellas ráfagas de pesimismo y melancolía que dichas ideas le hacían sufrir.

   En cierta ocasión, presa de este tipo de dudas tan dolorosas acerca de su dignidad, escribió un poema para su amada Bianca Rosa donde quiso expresarle el dolor que sentía por no ser digno de su amor, ya que ella, por motivos de trabajo exclusivamente, se negaba a darle algo más que su amistad. Se lo envió en un email donde le decía estas palabras:

   "Mi amadísima y venerada Bianca, mi alma buena, mi querida niña, sé que soy repugnante para ti, que mis requerimientos amorosos solo te causan una profunda y desagradable aversión. No soy más que un ser deplorable que no merece el amor de nadie, ni siquiera de un perro, ni siquiera de Dios, que me odia desmesuradamente puesto que me ha dado una vida miserable y solitaria, vacía del afecto de mis semejantes. Debes saber, no obstante, que te amo, que muero por ti y que, aunque no tengo esperanza de lograr tu amor, mi mayor y única dicha en este mundo es amarte con la misma generosidad con que me ofreciste tú la amistad aquel día que nos conocimos y abriste mi corazón al amor como nunca nadie lo había abierto. Con mi escaso talento, he compuesto un poema en honor a ti. Con él me despido hasta mañana.

   Tus ojos son rosas rojas
con una inmensa belleza
que me han cautivado el alma
que, enamorada, se quema.
Mas en tus labios encuentro
las espinas que ellas llevan
porque el amor que te pido
ellos siempre me lo niegan.
Mi pecho mana la sangre
por sus heridas abiertas;
no puedes, Bianca, quererme
y comprendo que no puedas;
es mi destino terrible
ser odiado por quienquiera." 

 Inmediatamente después de leer este email, Bianca sintió la urgente necesidad de escribir la respuesta, que fue de este estilo:

   "¿Por qué supones, hombre simple y cansino, que yo no te amo? ¿Solo tú tendrás la prerrogativa de la ternura? Soy tu amiga, ¿no es cierto? ¿Qué más quieres? Mira, ¿sabes lo que me parece? Que no sabes dejarte querer. Me temo que no te gusta ser amado; cada vez que alguien te dice que te quiere debe ser un duro golpe a tu orgullo. Estás tan acostumbrado a la idea de que eres una birria de persona que, cuando te dicen lo contrario, lo tomas ya como un insulto.
   "Si te refieres a conseguir de mí algo más que una gran amistad, ya sabes lo que pienso de ese tema. Eso me haría contraer obligaciones que entorpecerían mi trabajo y yo me debo a mi vocación ante todo. Sin embargo, la amistad que te ofrezco no merece tu menosprecio pues, en una amistad, cabe todo el amor que pueda necesitar un ser humano y, si, por el sexo, echas a perder la relación de amigos que nos une, te habrás perdido una gran oportunidad de ser feliz, que, como sabes, te he brindado libre de condiciones e intereses.
   "Decide, pues, de una vez lo que quieres de mí. Si amistad, tendrás mi afecto de por vida. Si una relación de pareja, no estoy en condiciones de ofrecértela."
   Koldo, tras leer esta misiva, escribió esta respuesta:

   "Eres lo más hermoso que he hallado en esta vida. Tu amistad, mi extraordinaria Bianca, me llena hasta tal punto que no necesito más en la vida. Por primera vez me has dicho que me amas y, para mí, no hay mayor motivo de felicidad que saberme amado por una criatura tan maravillosa como tú. ¿Que solo es amistad? ¿Qué importan las etiquetas? Lo importante es que ya no estoy solo porque habitas en mi corazón ahora.
   "Ahora sé, porque tus palabras han tenido la virtud de revelármelo, que he estado toda mi vida lamentando una soledad y un desprecio hacia mi persona que no eran más que un producto de mi imaginación alterada por los sentimientos de culpabilidad larvados a lo largo del tiempo. Sé que mis tristezas no tienen razón de ser porque poseo cuanto necesita un ser humano para ser feliz sin impedimento alguno. Sé que mi necesidad de afecto ha logrado contigo una entera satisfacción pues, amigos como somos los dos, tu me quieres y yo te quiero a ti más allá de toda duda.
   "Todo eso he llegado a comprenderlo. Pero dime, mi adorada Bianca, ¿me puedes asegurar sin género alguno de duda que si, en lugar de ser yo quien te requiere de amor, fuera  alguien tan atractivo como Robert Redford o con el sex appeal de Harrison Ford, no mandarías al diablo tu vocación?"
   Tras esto, Bianca Rosa considero a Koldo un caso perdido y le recomendó encarecidamente dar largos paseos por el campo para relajar sus meninges.

Turismo


A Gladis Leonor Ataide

Los grandes banqueros del país estaban reunidos secretamente buscando un modo de incrementar sus beneficios en aquellos tiempos de vena escasa, término técnico con que ellos llamaban a la recesión económica. Un hombre de mucha corpulencia, el que mayor la tenía en aquella habitación, se levantó de la mesa ovalada y dijo: 

-Yo creo que deberíamos hacer atractiva, poco a poco, ante la opinión pública, la esclavitud. Sería un modo de hacer mucho dinero sin gastos apenas...

-Enrique, debes tomarte la medicación a sus horas -dijo un hombre enjuto y anciano-; no molestes, por favor. Tu padre se va a entristecer si se entera de que te has portado mal -y dirigiéndose a los otros reunidos, continuó:- ¿Alguna idea, al fin?

Un hombre joven y de complexión atlética dijo inclinándose hacia adelante y cruzando las manos sobre la mesa:

-No creo que se trate de inventar nada nuevo, sino de hacer más rentables los negocios que ya hay. El turismo es el futuro, todo lo que tenemos que hacer es reciclar las viejas estructuras.

Los reunidos, pese a su hábito de opacidad en los gestos, dejaron entrever cierto interés y satisfacción por la idea que acababa de ser expresada por aquel hábil y prometedor magnate.

-Nuestros lugares turísticos están demasiado depauperados, Carlos, el espectáculo de los habitantes famélicos por las calles espantaría a la clientela -dijo, de pronto, un hombre de cejas y cabellera totalmente blancas.

-No, si desalojamos a la población de los centros de interés cultural y turístico -contestó el joven delgado.

-Pero, ¿cómo vamos a conseguir eso en una democracia, Carlos? -preguntó el anciano enjuto.

-Con una ley para la protección física de las construcciones antiguas -contestó el joven delgado-. Reconstrucciones a fondo con  derribo  controlado de edificios adyacentes y creación de perímetros inmensos para evitar dañar tan valiosas obras de arte.

-Eso tiene mucho sentido -dijo el hombre de pelo blanco.

-No, Carlos... -dijo un hombre con una larga barbilla prognata-, sería un esfuerzo financiero enorme para unos resultados más bien raquíticos. No hay turistas suficientes hoy día. La gente no tiene ya dinero para viajar, ir a restaurantes lujosos, disfrutar de la cultura, divertirse...

-¿Y quién dice que tiene que hacer todo eso la gente? -dijo enigmáticamente el joven delgado-. Hay que dar un nuevo paso adelante. Ya no queremos consumidores, que sea el dinero mismo el que consuma, que vaya a restaurantes lujosos el dinero, que disfrute de la cultura el dinero, que se divierta el dinero, que haga turismo el dinero... señores, ese es el futuro.

15 de septiembre de 2012

Seis microrrelatos para promover la generosidad (III)

A Isabela Dávila

Un hombre tuvo dos hijos. Uno se llamaba Ricardo y otro Francisco. Corrientemente les decía que un hombre ha de tener generosidad por encima de cualquier otra cosa y que ellos harían bien en conducirse con generosidad en todas las facetas de su vida. Sus hijos interiorizaron este consejo y procuraron toda su vida actuar generosamente.

Con el tiempo, Ricardo y Francisco se hicieron hombres maduros. Ricardo, que pensó que la generosidad la ejercería mejor si estaba provisto de una gran suma de bienes materiales, se aplicó durante toda su vida a ganar dinero pero, pese a que agraciaba a mucha gente con sus donaciones para fundaciones y sus puestos de trabajo, el mundo que le rodeaba era gris y triste. Francisco, en cambio, no se hizo rico sino que vivió toda su vida desempeñando un puesto de trabajo modesto pero en el que se sentía feliz. Su familia, sus amigos y sus compañeros de trabajo disfrutaban de la mayor felicidad cuando estaban a su lado. Ricardo, que era consciente de esta realidad, le dijo un día a su hermano:

-Paco, estás siempre rodeado de alegría y amor pero eso no es lo que me extraña. Lo que me extraña es que yo tengo mucho más dinero que tú, creo puestos de trabajo, ayudo a la gente a salir de la miseria y sin embargo nadie me lo agradece y todos me miran con caras largas. ¿Te puedes explicar esto?

-Sí, hermano -dijo Francisco-, tú das dinero a fundaciones pero desgravas en el impuesto sobre la renta, sacas a la gente de la miseria pero, si no cumple con sus obligaciones, la vuelves a tirar al arroyo, creas puestos de trabajo pero expulsas a la gente que crees que no es competente para hacerte aumentar tus beneficios, das mucho a todo el mundo pero no más de lo que ellos te dan a ti. ¿Recuerdas lo que dijo nuestro padre? "Tenéis que ser generosos en la vida..." La generosidad no va desde tu mano hacia el que la necesita, como tú piensas, sino desde tu corazón a tu mano.

La puerta abierta

A Isi Dávila

La puerta de casa estaba abierta. Nadie se había dado cuenta del hecho. Quizá en otros lugares era en lo primero que reparaban y a lo que más importancia se daba de todo pero en aquella casa estaban todos demasiado entretenidos con cosas mucho más serias como para preocuparse de cerrar la puerta. 

La comida estaba lista para servirse. Mamá y los cinco hijos se afanaban por preparar la mesa. Había que poner los cubiertos, la ensalada de lechuga y tomate con aceitunas rellenas de anchoa y atún, las manzanas y peras y los plátanos de Canarias, que eran los mejores, unas gambas con un chorrito de limón, que llevaba en un plato el pequeño de la casa, los frutos secos tostados en sal, almendras, cacahuetes, garbanzos, pistachos y avellanas en tres platitos violeta con relieves vegetales, y los pasteles de bizcocho con chocolate, merengue, nata o vainilla y con guindillas dulces y rojas para adornar. 

Se sirvió la sopa y, cuando estaban todos sentados, apareció en la puerta del comedor una niña pequeña.

-Mamá, ¿quién es esta niña? -dijo el mayor de los niños, que tenía trece años. 

-¿Qué niña? -preguntó Mamá, que todavía no había visto a la pequeña porque era más bajita que la mesa; y, cuando la vio, soltó un grito tan suave que parecía un susurro y dijo:- ¿Quién eres tú? ¿Cómo te llamas?

-Vida -respondió la niña.

-Vida, ¿quieres comer? -preguntó Mamá.

La niña dijo sí con la cabeza y el del medio, que tenía 9 años, trajo una silla y un plato y la madre le echó sopa quitando un poco a cada hijo. 

-Mamá la puerta tiene que estar abierta porque, si no, Vida no habría entrado -dijo el segundo, que tenía 11 años-. Voy corriendo a cerrarla. 

El portazo sonó atronador y todos quedaron por un instante en silencio, como asustados. 

-¡Qué bestia, tú! -exclamó el mayor cuando volvió el segundo al comedor.

-¿Qué le pasa a Vida? -dijo el del medio de pronto porque la niña ya no comía y parecía dormida.

Todos miraron hacia ella y vieron que se había puesto pálida y sus labios y párpados estaban amoratados. 

-¿Qué te pasa, nena? -dijo Mamá. 

La niña se acabó desmayando y Mamá la cogió, muy asustada, la tumbó en el sofá y comenzó a darle aire. 

-Hay que abrir la puerta -dijo el penúltimo, que tenía seis años-. Para que entre el aire. 

-Sí -dijo el del medio-. Se ha puesto así cuando hemos cerrado la puerta. 

-Vuelve a abrir la puerta, tú -ordenó el mayor al segundo. 

El segundo fue corriendo a abrirla y, al poco de hacerlo, a Vida le volvió el color a las mejillas y al resto de su rostro, abrió los ojos y sonrió mostrando una simpática mella.

Las estampitas


A Isabela Dávila Santillana 

Sonaría increíble pero así había sido: Atilio González, un comisario de Ciudad Juárez, acababa de ser engañado con el timo de la estampita. Paseaba con el perro por el parque cuando vio acercarse, sonriendo, a un niño con una bolsa de basura. Le ofreció un billete de 5 dólares americanos a cambio de 15 pesos. La criatura decía que aquello era una estampita muy bonita y que las vendía y que llevaba la bolsa llena de ellas y que se las vendía todas por 500 pesos. Atilio había echado mano de su billetero de piel de serpiente y le había comprado al niño aquellas equívocas estampitas, convencido de que estaba haciendo el negocio del mes.

Pero, cuando Atilio abrió la bolsa, ya desaparecido con una ágil carrera el niño, comprobó que no había más que papeles del diario local recortados en rectángulos y hechos paquetes de cincuenta.

Juan Ramón Gómez y su novia, Carmen Aguado, escucharon el grito de frustración de Atilio: 

-¡Ya te pillaré, marrano!

Se acercaron a él y Juan Ramón le dijo:

-Señor, ya nos fijamos en el niño cuando echó a correr. Ese chavo anda haciendo el timo de la estampita a las personas que andan por aquí. No sé cómo no le agarraron ya.

-Ese chavo es más listo que un policía -dijo, entonces, inocentemente, Carmen.

A Atilio, cuando escuchó esta última frase de Carmen, se le demudó el rostro, ante tan grave ofensa a su pundonor.

-¿Qué dice usted, señorita? -dijo Atilio con aspereza-. ¿Desde cuándo un niño es más listo que un policía?

-Ah, es que los policías de aquí no son más que niños tontos -continuó Carmen, ajena al mal humor del comisario.

-Sí -dijo Juan Ramón tras reír la gracia de su novia-. Les gustan mucho las estampitas...

Atilio, completamente enrojecido por la ira y ante el temor de que hubiera sido reconocido, exclamó:

-¡Quedan ustedes dos detenidos por atraco a mano armada! Acompáñenme a la comisaría...


13 de septiembre de 2012

[Un cuento mío en el blog de Isabel Olmos, Poca Tinta]

Un cuento del libro Ironías para las conciencias, La tienda de ropa, se ha publicado en el elegante blog de la bella Isabel Olmos, Poca Tinta. Os invito, si no tenéis el libro, a leer el cuento en Poca Tinta pues en Cuentos con Ingenio no está publicado.

Seis microrrelatos para promover la generosidad (II)

A Susana Escarabajal

Adrian Thalassinos no robaba para vivir sino por hacer el mal. Robaba a los pobres sus pocas pertenencias de valor y las arrojaba al mar desde su yate de lujo. Una vez vio a un mendigo pidiendo en las calles de Atenas y sintió el impulso irresistible de hacerle un mal pero no sabía qué podía robarle para provocarle el suficiente sufrimiento. Lo meditó detenidamente pero no supo encontrar una respuesta. Por eso decidió preguntarle al mismo mendigo de qué cosa no se encontraba capaz de prescindir, si del dinero recolectado aquel día, su abrigo, su carro del supermercado donde transportaba los cartones o su sombrero con un agujero.

El mendigo, respondió que lo único de lo que no podía prescindir era de su capacidad para prescindir de todo. Adrian le dijo que le regalaba una mansión en las afueras de Nikea en la que podría vivir sin trabajar asistido por un mayordomo y todos los sirvientes necesarios. El mendigo aceptó y cuando pasaron tres meses, buscándose una excusa, Adrian lo expulsó de la mansión y lo dejó nuevamente en la calle.

Antes de que se marchara, el ladrón le preguntó al mendigo si le dolía mucho volver a vivir en la calle y pasar de tenerlo todo a no tener nada. El mendigo respondió al ladrón:

-Es cierto que lo acabo de perder todo y me duele pero, si recupero mi alegría de vivir pese a que ya no tengo nada, lo que tú me has dado estos tres meses no será nada comparado con la generosidad que habré tenido yo conmigo.

La conquista

A Isi Dávila

El coronel César Viola, que apenas había visto en su vida un campo de batalla de verdad, dedicado exclusivamente a misiones de paz, albergaba la secreta añoranza de dirigir la invasión y conquista de un territorio extranjero. Puestos a soñar, su imaginación le llevaba siempre hacia el norte. Se representaba una época de graves dificultades económicas en Francia, quizá por una crisis en la industria del automóvil. Renault y Citroën caían ante el empuje fulminante de los japoneses y los alemanes y Francia se convertía en un país prácticamente subdesarrollado y tercermundista. El Rey de España le encargaba la notoria misión de conquistar la zona francesa del País Vasco para detener las ansias independentistas de Euskadi obsequiando a esta comunidad autonómica con la anexión largo tiempo perseguida de la mitad norte de la nación vasca.

El coronel Viola se veía avanzando conquistador por sobre tierras montañosas y fértiles, haciendo huir de sus casas a la población civil y arrasando las tropas francesas. Al tercer mes, caía la última resistencia del territorio ante el empuje hostil y dominante de las fuerzas magistralmente dirigidas por él. Un fotógrafo lo inmortalizaría en una pose y con un rictus de gran autoridad y pasaría a la posteridad como el coronel que arrancó sin esfuerzo a los franceses un trozo de su territorio y vengó la invasión napoleónica.

El coronel Viola, pese a sus 47 años, todavía no tenía esposa. Había visitado muchas veces los prostíbulos, de los que, tras sacar de las mujeres todo a cuanto tenía derecho por su dinero, salía pletórico de orgullo por el cuerpo que había tenido bajo su poder durante unos minutos.

En una misión de paz en un país africano, su campamento quedó asentado junto al de una ONG de ayuda humanitaria. Debido a los frecuentes contactos entre el personal de la ONG y las tropas españolas, el coronel pudo conocer a una hermosa mujer llamada Anna Libero de la que, andando el tiempo, quedó completamente enamorado. El caso era que este aguerrido invasor era un tímido redomado con las mujeres; su inseguridad le hacía temer que, a la hora de declararle su afecto a alguna, le tomara por un acosador sexual o se marchara abochornada y escandalizada por oír proposiciones de tono tan personal.

Tenía el coronel amistad con un oficial subordinado, el teniente coronel Darío Dante. Una noche de verano, charlando con él a la luz de la luna disfrutando al aire libre de una agradable brisa que enfriaba la temperatura ambiental, le explicó que había hablado dos veces con una mujer de gran belleza e inteligencia, soltera y sin novio. Le confesó que sentía algo por ella pues pensaba que sería una buena madre para sus hijos y una esposa perfecta pero que no sabía cómo conquistarla.

El teniente coronel Dante, que hacía sus pinitos en poesía a pesar de su profesión de militar, como si fuera un modelo de humanista del Renacimiento, tras escuchar el problema del coronel, le dijo:

-Las dificultades no son tantas, César, sólo tienes que hablarle muy poéticamente para convencerla de que eres una persona en la que puede confiar.

-El caso es que yo no leo poesía, no entiendo los poemas, son pura algarabía -dijo el coronel.

-Es que los poemas no hay que entenderlos sino sentirlos -dijo Darío-. Yo te compondré un poema para ella y, cuando te pregunte por el autor, le dices que lo has compuesto tú. Llevará tanta intención pero tan sutilmente expresada que ella aceptará comenzar una relación.

El coronel se sintió entusiasmado ante aquella propuesta y, al día siguiente, Darío le entregó una hoja arrancada de una libreta con este poema escrito:

"No soy digno, noble Anna, de mancillar con mis manos la orla de tu vestido, pero ya me han derrotado las tropas del dios Amor y, manso, humilde y cuitado, te ofrece mi atrevimiento que me aceptes como esclavo." 

En cuanto leyó el coronel Viola la palabra derrotado y comprobó en el resto del poema que todo eran muestras de inferioridad en la voz que hablaba en él, le dijo a Darío:

-Pero Darío, por favor, ¿cómo voy a conquistar a una mujer poniéndome tan mal como me has puesto tú aquí? Me retratas poco menos que como un guiñapo...

-César -dijo Darío-, no seas bruto, y perdón por hablarte así pero a las mujeres no hay que irles con arrogancia, ellas han de valer en nuestro pensamiento mucho más que nosotros, eso las halaga y las tranquiliza con respecto a nuestras intenciones.

-Pero si el poema no explica lo mucho que valgo, ¿de qué me sirve? -dijo el coronel.

-Lo dicho, César: no seas bruto -dijo Darío-. El poema dice de ti más de lo que alcanzarías a hacer tú hablándole tres o cuatro horas seguidas de todas tus hazañas y condecoraciones. Hazme caso, el mundo de las mujeres es al revés que el de los hombres.

El coronel Viola quedó pensativo unos instantes, releyó el poema y respondió:

-Está bien, cuando la vea le digo buenos días, le hablo un poco del tiempo y le recito el poema, ¿quedará bien así?

-Lo dudo, César -dijo Darío-, es mejor que escribas el poema en un papel perfumado, recojas de los alrededores del campamento unas florecillas, enrolles el papel alrededor del ramito y se lo entregues, a ser posible un día festivo en el que tengáis tiempo de charlar y pasear juntos.

El coronel Viola aceptó todas las recomendaciones de su amigo y el domingo siguiente le entregó el precario ramo con el poema a Anna Libero. Luego estuvieron paseando, como había aconsejado el teniente coronel. El coronel aprovechó para abrumar a Anna con la narración de sus misiones en lugares de alto riesgo y la enumeración de cada una de las medallas conseguidas. Estaba tan convencido de que había causado una favorabilísima impresión en Anna que, cuando se iba a despedir de ella, se atrevió a decir con cierto empaque:

-Interpreto que te he conquistado completamente y que eres ya mi novia, ¿me equivoco en algo?

Ella demudó el rostro y dijo con frío desapego:

-Coronel Viola, su forma de entender el afecto hacia un ser humano deja mucho que desear. Usted no me ha conquistado puesto que, como ser humano, no soy propiedad de nadie ni lo seré jamás y, en cuanto a ser novia de usted, dudo que mi persona satisfaga lo que usted necesita de una mujer. Espero que encuentre quien lo haga pero, por el bien de ella, espero también que influya en su carácter para mejorar su mentalidad pues, si usted se comporta con ella como me ha mostrado hoy ser, la hará desgraciada en cualquiera de los casos.

Al coronel estuvo a punto de entrarle en la boca una mosca viendo a Anna marcharse hacia el campamento tras aquel rapapolvo tan fulminante. Herido gravemente su corazón, que empezaba a latir a un ritmo como nunca antes había latido, invadido por el dulce martirio del amor, en los días subsiguientes, el coronel perdió el color de su rostro y, falto de apetito, iba debilitándose físicamente mientras sus pensamientos se entregaban a un proceso convulso de calibrado de sus posibilidades y búsqueda de una manera de ganar el afecto de aquella mujer de pelo negro y ojos grises que, involuntariamente victoriosa, había clavado en su corazón la bandera del amor.

Pasaron tres semanas insoportables para el coronel, que pensaba que necesitaba algo que, a todas luces, se le antojaba imposible aunque no por ello sus sueños lo codiciaban con menos fuerza atosigando violentamente su ánimo. Finalmente cayó enfermo y, como los recursos médicos de la base militar eran menos apropiados que los de la ONG, fue trasladado al hospital que esta última mantenía.

Los médicos diagnosticaron depresión y debilidad física debida a la falta de alimentación. Anne Libero, que era pediatra, pasaba muchas veces junto a la cama del coronel produciendo en este la punzada tierna de la añoranza. La indiferencia que la doctora le mostraba le impedía mejorar de su enfermedad; lejos de ello, su inapetencia continuaba y los médicos no sabían ya con qué tratarlo. Al que soñaba con ser el futuro conquistador del País Vasco francés, le había neutralizado y vencido una sola persona mucho más débil físicamente que él pero dotada con las poderosas armas de la hermosura y excelencia que exhibía en todas sus facetas.

Al fin un día, el corazón de César Viola, transfigurado por los días de sufrimiento, al ver pasar a Anna una vez más junto a su cama sin hacer ademán de acercarse a hablarle y ni siquiera de mirarle, la llamó:

-Anne, por favor, aguarde un minuto.

Anne, se detuvo y se aproximó a su cabecera.

-Anne, las medicinas no me pueden hacer nada porque yo estoy enfermo de amor. Pero, de pronto, anoche, meditando en la oscuridad, comprendí que, cuando de verdad queremos algo, no tenemos que arrebatarlo y apropiárnoslo por la fuerza porque lo podemos dañar y, si lo dañamos, lo cierto es que jamás será moralmente nuestro. Pensé que es absurdo dejarse llevar por el egoísmo en las cosas del amor pues nada se gana materialmente con ellas y, así sucede también a la larga con todas las demás cosas. Llegué a la conclusión de que amar y querer algo no es, en realidad, poseerlo sino ofrecerle el corazón. Eso es lo que nos dice la voz de nuestros sentimientos aunque no siempre la oímos porque nuestro pensamiento la oculta en el clamor de la suya propia. Anne, estoy volviendo a tener apetito y recuperando también la alegría, y todo ello porque he comprendido que la felicidad de amar está en el hecho mismo de hacerlo y no en el beneficio que consigamos por tener ese sentimiento. Pero para que mi amor no quede encerrado y condenado a la esterilidad, debo confesárselo a la persona a la que amo con el único propósito de que sepa que es amada y piense en mí como alguien que la ha hecho parte de su corazón. Anne, sólo me resta decirle que la amo y que jamás la olvidaré.

Anne cogió la mano de César y le sonrió. Sin pretenderlo, César acababa de conquistar a aquella mujer.