27 de agosto de 2012

Una condena a muerte en Quietania

A Rosa Mari Rodríguez Olmedo

En la Quinta Satrapía del Imperio de Quietania, en el siglo XIII después del Gran Computador Planetario, se juzgó a un hombre por robar para entregarle lo hurtado a los pobres.

En el juicio, un jurado de ciudadanos respetables, obcecados cumplidores de todas las normas, lo mismo las profanas que las parapsicológicas, declaró culpable al acusado. El juez, aunque comprendía que el delito de aquel hombre tenía un atenuante porque no se quedaba él con lo robado sino que lo daba a gente necesitada, dictaminó condenarlo a la pena capital: degüello y sangrado yugular. Contaba con que el Supervisor Provincial no avalara aquella pena pero no quería que tan poderoso dignatario, cuando supervisara la sentencia pensara que había dejado a un ladrón sin una condena a muerte.

Cuando la sentencia llegó a manos del Obediente E Ilmo. Sr. Supervisor Provincial para ser ratificada con su graciosa firma, lamentó, con muy sonoros alaridos, la suerte de este buen ladrón pero pensó que correspondía al sátrapa rebajarle la pena y evitarle tan ominosa muerte y firmó.

El Sátrapa Morigerado Y Dadivoso de la Quinta Satrapía del Imperio de Quietania, al ver los documentos sobre la condena, llevados a su presencia para que los ratificara con su firma, se mostró indignado y dijo:

-¿Y a tan gran hombre se le va a degollar? No puedo creer que haya crueldad tan grande en unos berzotas del calibre de ese juez y ese supervisor provincial. 

Sin embargo pensó que, tratándose de un ladrón, era mejor firmar la condena a muerte y dejar que el Primer Ministro decidiera la rebaja de la pena. Murmuró unas oraciones en presencia de sus camareros y secretarios y firmó.

Cuando el caso llegó al Magnánimo, Magnífico, y Magno Tres Veces Primer Ministro, pues todas las penas de muerte pasaban por su mano, leyó el informe y dijo, moviendo su cabeza:

-¡Santo Falo de Herbert von Karajan! ¿Y a este noble hombre vamos a degollar? Firmaré para que sea nuestro Potente, Bien Testiculado Y Buen Semental, Rey De Los Noventa Estados quien le haga la gracia de perdonarle la vida.

Y firmó.

Cuando el informe del caso llegó al monarca, éste leyó los documentos y dijo:

-¡Por el Santo Falo de Herbert von Karajan! ¿Cómo se condena al degüello a tan honorable hijo de madre y, sobre todo, de padre? ¿Está loco este mundo? ¿Mis súbditos ya no tienen alma? ¿No hay sangre en las venas de mis jueces, sátrapas y ministros? Pero sea pues. Si mi pueblo es tan ruin que quiere degollar a sus mejores hombres, su rey los degollará.

Y, dirigiéndose a sus cortesanos, les dijo:

-Recemos 200 letanías por las tres almas de este gran hombre.

Y todos juntos recitaron las doscientas letanías con golpes de pecho. Una vez acabadas las oraciones, el monarca firmó.

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