30 de agosto de 2012

Un corazón no amado

A Isabela Dávila 

Jonathan Silver sintió un estremecimiento de deseo y dolor cuando la vio esperándolo en el muelle. Desembarcó tras recibir su salario de cinco meses y corrió al encuentro de ella. Se besaron apasionadamente. Apenas diez minutos después, estaban en una habitación de hotel amándose con apasionamiento desmesurado. Al acabar, se prometieron amor más allá de la muerte y sellaron la promesa con un beso. 

Al día siguiente pasearon alegres cogidos de la mano por las calles de la ciudad. A cada momento se besaban, se abrazaban, se hablaban de amor y se llamaban con nombres cariñosos que sacaban de sus recuerdos de infancia. 

Jonathan hubiera deseado fundirse con ella en un abrazo eterno. Al medio día volvieron a hacer el amor. Pero Jonathan sentía que faltaba algo, nunca se saciaba de ella, su soledad no le abandonaba, necesitaba llegar todavía más cerca de ella. Cuando acabaron y ella estaba vistiéndose, la cogió de los cabellos y la besó con furia, ella cayó mansamente en sus brazos. Volvieron a desnudarse y comenzaron a tocarse como dos niños curiosos mientras se decían palabras llenas de ternura.

Por la noche, acostados en la misma cama, él le habló del mar, de lo solo que se sentía cuando estaba en el barco. Le dijo que partiría al día siguiente pero que la amaba más que a nadie y que en seis meses volvería para quedarse para siempre. Ella le dijo que también lo amaba y que le esperaría ansiosa. 

Antes de embarcar, se besaron entregándose las almas y se despidieron con la promesa del reencuentro. Cuando ya la figura de ella era casi inapreciable desde el lejano puerto, dejó la popa y se dirigió a la proa. La tarde era avanzada. Los rayos del sol eran mucho más débiles que cuando partieron. El mar tenía un color azul intenso y su inmensidad se extendía hasta la línea remota del horizonte.

Sus entrañas volvieron a sentir, entonces, aquellas brasas de hielo, aquella desazón que le producía la desoladora soledad que no podía desarraigar de su alma. Se acordó de su amada Conny, del idilio apasionado que acababa de vivir pero sentía que el calor de sus besos y la seguridad de que era amado por ella se le estaban escapando de las manos, poco a poco, a medida que el barco se iba adentrando en el mar. 

Estaba solo... nunca habitaría en el alma de nadie...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.