2 de agosto de 2012

Tadeo

A Diana de Monte

Tadeo, el pelo hecho greñas mugrientas y crispadas, la cara sucia y la nariz mocosa, llegó corriendo al metro, bajó apresuradamente los escalones, atravesó el pasillo, bajó más escalones y llegó a un lugar oscuro junto a la vía. Allí estaba Emilio y el resto de su pandilla. Tadeo miró a Emilio con expresión interrogadora.

-¡Venga, sácalo, idiota! -gritó Emilio-. ¿O es que lo quieres todo para ti? 

Algunos de los otros niños rieron. Fernando Luis dijo con tono burlonamente comprensivo:

-Bah, déjalo, es que ha estado tomando ya por el camino.

Las risas de los otros retornaron.

Tadeo desabrochó su cazadora, extrajo del interior de su ropa una bolsa negra, se la dio a Emilio y se sentó en el suelo junto a los demás. Emilio pasó la bolsa al niño que había al otro extremo.

-Cuidado no os paséis del tiempo o perdéis una ronda -dijo.

El niño al que le dieron la bolsa la abrió, la aproximó a su rostro e inhaló con repetidas inspiraciones durante veinte segundos. Luego la pasó a su vecino más inmediato.

-Después del trabajo del día viene bien algo para entrar en calor -dijo uno de los niños tratando de imitar el lenguaje de los mayores.

-Sí -dijo Emilio-. El pegamento es muy bueno. Estoy deseando que llegue la noche para esto.

-Si no fuera por el pegamento, me tiraría delante de un coche -dijo otro niño.

-Tu mamaíta se apenaría mucho, Joaquín -dijo Emilio-. Y el perro de su querido estaría llorando una semana con lagrimitas tiernas. "¡Pobrecillo, Quinito, se ha ido con los angelitos del cielo...!"

Todos los niños mostraron sus risas llenas de acidez.

-Le doy el dinero con el que bebe -dijo Joaquín-. Seguro que lloraría. Pero, cuando pueda tener una pistola,  lo mato.

-Yo sé dónde puedes conseguir una sin ser mayor de edad -dijo Fernando Luis. 

-Y yo -dijo otro niño.

Varios más afirmaron entonces que también conocían ese lugar.

La bolsa llegó a Tadeo y la esnifó intensamente. El metro llegó y paró. Unos viajeros bajaron y otros entraron. Tadeo los observó con los ojos alelados. 

-Quino, yo te consigo el dinero si tú matas a tu padrastro -dijo.

-¿Pero cómo lo vas a conseguir? -dijo Emilio.

Tadeo respondió: 

-Ese ricachón del maletín que está dando vueltas para arriba y para abajo, seguro que tiene una cartera llena de billetes.

Tadeo se aproximó con disimulo a un hombre muy pulcramente vestido y con un maletín en la mano que paseaba junto a la via. Al cabo de un tiempo, volvió con sus compañeros. 

-El maldito no lleva nada, más que las llaves de su coche y un preservativo -dijo a los otros. 

-Lo habrás visto mal, Tadeo -dijo Fernando Luis-, será un globito para su hijo.

Todos los niños rieron.

-Quítale el maletín -dijo Emilio-. Llevará dentro la cartera. 

Tadeo dijo entonces:

-Pásame el pegamento. Cuando le quite el maletín, tendré que salir corriendo y no podré volver hasta mañana.

Tadeo respiró el pegamento con intensidad y salió en dirección al individuo elegante. Tras acercarse por su espalda, dio un golpe en la muñeca de la mano que sostenía el maletín y, aprovechando el momento en que el hombre relajó la mano, le arrebató el asa la cogió con su mano y echó a correr. 

El individuo corrió detrás de él y estuvo a punto de cogerle en la escalera mecánica pero el niño le empujó hábilmente y el hombre cayó de espaldas. Cuando pudo levantarse, ya había perdido de vista al niño.

Al día siguiente, Tadeo, el pelo bien arreglado, la cara limpia, perfumado, vestido con ropa nueva de abrigo y sonándose la nariz con un pañuelo de seda, entró en el metro. Llegó al escondite habitual de la pandilla y al llegar, miró interrogativamente a Emilio. 

Emilio, al verle, silbó sorprendido y dijo:

-¿Tadeo, es que te ha adoptado un marica?

-No me ha adoptado nadie, me he vuelto rico por mi espíritu de empresa. 

Los otros niños rieron ruidosamente la gracia.

-¿Qué has hecho? -preguntó Emilio.

-En el maletín del tipo de anoche había una montaña de billetes.

Tadeo sacó de su bolsillo una pistola y se la entregó a Joaquín. 

-Mátalo cuando no te vea nadie -le dijo-. Así no te llevarán al reformatorio. 

-¿Habrás traído el pegamento? -preguntó Emilio. 

-No -respondió Tadeo sin más-. Os llevo a todos a un hotel. Os ducharéis con agua caliente, veréis los dibujos animados, comeremos pizza y dormiremos contándonos cuentos unos a otros...

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