25 de agosto de 2012

Seis microrrelatos comicopatéticos (VI)

A Txaro Cárdenas

-El Señor nos pide que amemos. ¿De qué estamos hablando? -decía el párroco en lo más inspirado de su prédica-. No penséis que hablamos de placer, de ese placer que, una vez satisfecho... -el párroco levantó sus dos manos como un conejo puesto de pie y dándoles un movimiento como para expulsar a alguien de su lado dijo:- si te he visto, no me acuerdo... Eso no es amor, no, ni mucho menos -el párroco hinchó su pecho, antes de continuar y dijo:- el amor de verdad es el de Cristo Redentor, el que por no buscar el placer, hasta nos obliga a amar a nuestros enemigos, a hacer penitencia para el perdón de nuestros pecados, a renegar de los bienes del mundo, a preferir la muerte a la vida, vamos... -el párroco se ahogaba con la vehemencia de sus propias convicciones- nada de peritas en dulce... Pero no hay otra; o esto o la condenación eterna...

Migmar, un tibetano de 34 años que había asistido a aquella misa porque quería conocer la religión cristiana para convertirse, por amor a su novia Josefina, tras oír estas palabras, sin que su novia lo advirtiera se escabulló hasta el exterior del templo y en una carrera llegó al restaurante chino del que era empleado. Sus compañeros, que le vieron con el semblante desencajado y lleno de terror, le preguntaron qué le ocurría. El respondió, cuando recuperó el resuello:

-Me iba a casar con Josefina porque pensaba que me quería. Pero lo que ocurre es que aquí lo hacen todo al revés. Aquí la gente se casa con sus enemigos y la palabra amor quiere decir odio.

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