13 de agosto de 2012

Los racistas

A Katy Reyes

Abelardo Estepona Sotelo y su esposa Marta Suárez Pimienta eran oriundos del mismo Madrid, salidos de dos familias de la alta sociedad del Madrid Madrid de siempre. Lo que más odiaban en la vida eran dos cosas: la gente de piel más o menos oscura en primer lugar y, en segundo, siguiéndoles muy de cerca, la gente pobre, tan ordinaria, sucia y estúpida, según ellos.

En verano, eran de los pocos madrileños que se quedaban en casa. Para ellos, no había ningún sitio decente en el mundo fuera de Madrid o el Vaticano. Todos los demás eran para gente chabacana y medio imbécil o estaban llenos de comunistas y hombres perversos.

Por no ir, no iban ni a Las Ventas a ver torear a los mejores por San Isidro porque les parecía que no era de su alcurnia y cultura asistir a un espectáculo donde los toreros mostraban en la entrepierna semejante bulto y donde todos los que participaban eran vulgares y medio incultos. No, Abelardo y Marta los únicos sitios a los que iban eran la cadedral de la Almudena los domingos y al Prado o al Bernabéu, a ver jugar al mejor equipo del mundo.

Su cultura no era, sin embargo, tan vasta como ellos creían, más bien tiraba a basta. Sus familias eran de las que, por no leer, no leían ni los prospectos de los medicamentos. Preferían dedicar el tiempo a visitar a las duquesas y burguesas para conocer detalles escabrosos sobre las vidas de los miembros de su clase cada vez que les dejaba algo de tiempo su obcecado empeño en superar el billón en su cuenta de ahorros.

Abelardo y Marta se toleraban bien el uno al otro. Eso sí se les daba bien: la condescendencia paternal con lo que no les molestaba en exceso. Por ejemplo, toleraban bien que los seguidores del Real Madrid rompieran el mobiliario urbano el día que celebraban una victoria grande. Aquella gente enloquecida por el alcohol y el fanatismo les parecía la parte más sana del pueblo de Madrid, la que acataba y admiraba la superioridad de la clase pudiente de la capital.

Si ya odiaban a los inmigrantes musulmanes antes, desde el atentado del 11 de marzo, el odio que les tenían los superaba y les hacía hervir la sangre provocándoles tales crisis de indignación que al domingo siguiente tenían que decir al confesor que habían cometido pecado de ira. El cura los absolvía tranquilamente al conocer la causa. Sin embargo, como eran defensores de la tesis conspirativa que divulgó el diario El Mundo, jamás declaraban en público que su odio a los musulmanes tuviera que ver con aquel atentado masivo, según ellos, obra del grupo terrorista ETA aunque el PSOE lo estaba haciendo pasar por una matanza islamista en una conjura contra el PP sin precedentes en la reciente historia española.

Pero el destino les tenía reservado, dentro de sus opulentas aunque insatisfechas vidas, un encuentro inesperado y de gran trascendencia con una persona de aquella cultura. Bajaba un sábado por la noche Abelardo de su despacho en la oficina de su empresa cuando, al ver a una de las limpiadoras fregando los escalones, sabiendo que era musulmana por el velo que llevaba a la cabeza, se apartó con repugnancia a un lado haciendo un aspaviento despectivo, que la mujer, muy bella y de unos 30 años, no pudo dejar de percibir pero, acostumbrada a resignarse a tener un papel inferior ya en su propio ambiente, como mujer que era, transigió modestamente. 

Bajados tres escalones más, Abelardo dio un traspiés y, cayendo hacia adelante, se abrió una brecha en la frente y quedó inconsciente. La mujer musulmana, que se llamaba Fadwa y era Marroquí, bajó inmediatamente a socorrer a Abelardo. Se quitó el velo y, tras formar con él una cinta, taponó con la parte central la herida, de la que manaba abundante sangre, y ató fuertemente los dos extremos en el lado opuesto de la cabeza para poder tener las manos libres para transportar al herido al ascensor.

Mover el cuerpo de Abelardo, aunque iba mucho al gimnasio, no era tarea ligera para una mujer. No era, ni mucho menos, el prototipo exacto del hombre delgado pues no se privaba de ningún placer gastronómico; de hecho, llamarle corpulento parecería un eufemismo. Con un grandísimo esfuerzo y sacrificio, Fadwa lo llevó arrastrando hasta el ascensor y comprobó que no funcionaba, entonces cayó en la cuenta de que el sobresalto le había hecho olvidar que el ascensor estaba averiado desde por la mañana, motivo por el cual Abelardo había intentado bajar por las escaleras.

Hasta la planta baja restaban tres pisos, que Fadwa se creyó en la necesidad de bajar con el herido pues, a pesar de la compresa improvisada, la herida seguía manando un pequeño hilillo de sangre y no había tiempo que perder. Sabía que moverle bruscamente sólo conseguiría aumentar la gravedad de la hemorragia, de modo que fue hasta el cuarto de los utensilios de limpieza, que era el único del que tenía la llave y estaba en la primera planta, separó con gran esfuerzo los goznes de la puerta y, arrastrando la hoja, porque era de madera muy pesada, la subió hasta donde estaba el herido. Una vez allí, colocó el cuerpo de Abelardo sobre la hoja y comenzó a empujarla hasta la escalera que llevaba al rellano de abajo. Temiendo que la puerta se deslizara tan rápidamente cuando la dejara sobre los escalones que derribara al herido, se colocó delante y sentándose de escalón en escalón para guardar mejor el equilibrio y sujetando por la espalda el borde de la puerta, fue bajando los escalones hasta la planta baja donde dejó enseguida a Abelardo y corrió bajo las farolas encendidas de la ciudad, inhóspita ciudad, para pedir ayuda al primer coche que parara.

El primero que paró fue un tunecino con un coche que superaba el nivel de polución permitido. Rápidamente agarraron a Abelardo de brazos y piernas y, con más voluntad que fuerzas, lo metieron en el coche y enfilaron hacia el hospital La Paz. Cuando el celador que estaba en información vio a Fadwa y al tunecino pedirles una camilla con sus acentos extranjeros, lo primero que les dijo fue:

-Si no están cotizando a la Seguridad Social o abonan los gastos, no podemos atenderles.

Pero Fadwa con gran nerviosismo dijo:

-¡Es hombre importante... muy rico... español... se está desangrando...!

La expresión del celador cambió por completo y llamó a unos camilleros. Abelardo salvó la vida, según los médicos, gracias a la acción de Fadwa y del tunecino, que se llamaba Abdul-Mujîb. Según sus estimaciones, si lo hubieran atendido un cuarto de hora más tarde, no habrían podido salvarlo.

España es país abierto a todas las culturas y que acoge con simpatía a todas las razas y credos. Solo las personas que ven en peligro sus anacrónicos privilegios ante la llegada al país de gente a la que la mentalidad tradicionalista no es capaz de coaccionarles del mismo modo que a los españoles autóctonos, pueden tener algo que decir contra los extranjeros que llegan al estado español. Lo único que pueden temer los racistas españoles de la inmigración es el advenimiento, dentro de nuestras fronteras, de la inteligencia y la racionalidad.

Abelardo se enteró de la hazaña de Fadwa y del gesto del tunecino pero no quiso que las televisiones hablaran del asunto y el caso no llegó a ser conocido públicamente. Abelardo, para compensar a sus dos salvadores, los invitó a comer a su casa un día de entre semana para que no coincidieran con invitados de postín, a los que habría sentado mal la comida si la hubieran compartido con dos musulmanes de tan humilde extracción social.

Marta, después de la comida, enseñó a Fadwa la colección de pipas que heredó de su padre, pero no le quiso enseñar ninguna otra cosa de importancia porque temía despertar su codicia y tener que dársela. Por su parte Abelardo enseñó a Abdul-Mujîb un libro sobre la Guardia Civil porque pensaba que quizá tuviera algo que ver con terroristas y quería infundirle temor por las fuerzas de seguridad del estado. Fadwa invitó a Abelardo y Marta a comer a su casa para corresponder a su hospitalidad pero Abelardo se negó:

-De ninguna forma, Fadwa, tu sueldo de limpiadora no te permite agasajarnos de esa manera -dijo-. Nos damos por cumplidos, muchas gracias.

A todo esto Marta dijo a Abelardo delante de sus anfitriones:

-Abelardo, ¿no les vas a dar nada?

Abelardo se quedó blanco y respondió tartamudeando:

-Sí, por supuesto, voy a buscar en la billetera...

-¡No, por favor...! -dijo Fadwa avergonzada. Pero luego, viendo en el rostro de Marta su expresión de fingida bonachonería infantil, sintió que era objeto de un irreprimible menosprecio por parte de aquella gente y decidió que era inútil intentar convencerles de su nobleza de carácter.

9 comentarios:

  1. Es un relato con una carga social muy importante, donde se muestra el sentimiento rancio de unos señores que se creen superiores a otros por el capricho de la naturaleza. Ademàs analizas y compones unas situaciones sociales que este gobierno està poniendo en entredicho como es la emigraciòn, creando un clima de intolerancia y xenofobia. Me da vergüenza.

    un abrazo

    fus

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  2. Pedòn se me olvidò decirte que me ha gustado mucho este relato. Enhorabuena.

    un abrazo

    fus

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  3. Es preciso escuchar al corazón más que a la cabeza, el corazón es sabio y la cabeza solo lo es cuando escucha al corazón. Gracias, Fus.

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  4. Que triste, pero que cierto. El miedo y la falta de cultura nos hacen cometer multitud de atropellos. Esperemos que la conciencia social que levantan relatos como estos. Ayuden a entender, que somos todos personas. Que no importa para nada nuestro credo,raza o condición. Un abrazo

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  5. De verdad,me ha gustado mucho este cuento.Refleja la realidad amarga que vivimos cada día.Como si vivieramos en un bosque donde el fuerte mata al débil sin consideración a sus sentimientos.Si no duzgamos el libro su tapa por qué sí a la persona?La desciminación fue y sigue siendo,clasficando la gente según su religión,su color o su raza.Qué verguenza!!!!
    Me da rabia.
    Te agaradezco del profundo de mi corazón por tratar estos temas.
    Un fuerte abrazo.

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  6. Nadia, amiga, no todo el mundo en España es así, sólo la gente con poca formación es racista, lo que ocurre es que a veces los menos cultos y los más zoquetes son los más ricos.
    Muchas gracias por dejarme este comentario.
    Un abrazo muy fuerte para ti.

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Gracias por su comentario