30 de agosto de 2012

La tienda de ropa

A Isabel Olmos


Isabel Rebeca era juez... o jueza, pues ya por aquel tiempo había tres juezas por cada juez en España, desde hacía doce años. Su atractivo físico era tan extraordinario que eclipsaba cualquier otra virtud que pudiera poseer ante la mirada observadora de la gente, de ahí su lucha diaria por demostrar su responsabilidad y plena capacidad para desempeñar con acierto el trabajo que estaba haciendo. Muchas veces sus cuerdas vocales sufrían por el tono excesivamente grave que le quería dar a su voz en público y, aunque era de natural afable y muy bondadosa, durante su trabajo intentaba parecer agria y desagradable para parecerse más a un hombre, al que no se le juzga tan mal como a una mujer por ser guapo.

Pero esta necesidad de fingir no rozaba ni siquiera el extremo del vestido de su espíritu bondadoso y franco y mucho menos corrompía su buen criterio para la recta aplicación de las leyes en los casos que había de resolver. 

Sin embargo, todos sus esfuerzos por mantener un equilibrio entre lo que parecía, lo que era y lo que debía ser parecieron venirse abajo cuando dio la libertad a un presunto terrorista por falta de pruebas. El hecho levantó una ola de indignación generalizada en el país. 

Se decía que una mujer tan delicada era mucho más susceptible de tener miedo que cualquier otra persona. Hubo, además, insinuaciones brutales acerca del tipo de acciones que la juez había probablemente obstaculizado y que, sin duda, habrían impedido ese desenlace tan frustrante, decían, para todo español de bien. Dentro de estos mismos razonamientos, se argumentaba que aquella hermosa mujer debía poseer, para serlo tanto, un espíritu excesivamente delicado y condescendiente que no era apropiado para enjuiciar casos tan sucios como los del terrorismo.

Incluso algunos de los colegas de profesión de Isabel le animaron a dejar su oficio y cambiarlo por la abogacía, sin duda, convencidos de que había algo de cierto en lo que comentaban todos.

Ella no era todavía madre pero su corazón era tierno y aguerrido como el de una de ellas. Por eso le dolió aquella reacción pero no tuvo duda alguna de que lo que tenía que hacer era seguir al frente de su profesión, como había hecho desde hacía doce años pues no podía renunciar a su carrera como si hubiera cometido un crimen precisamente cuando lo único que había hecho había sido actuar conforme a la legalidad.

Sin embargo hubo quien se hizo el propósito de conseguir que, ya que no quería salir de la judicatura por voluntad propia, saliera a la fuerza. Se hizo una investigación minuciosa del caso y se hallaron presuntos indicios de negligencia. En concreto, la jueza se había negado a que se registrara un domicilio de una calle de Rentería.

Isabel fue por este motivo suspendida de sus funciones mientras se instruía su caso. Cuando Isabel fue llevada a declarar, le preguntaron si se había negado a dar la autorización para registrar la planta baja del número 10 de la calle Ronzal de Rentería. Ella respondió afirmativamente, sin más. Días más tarde volvió a ser citada y se le preguntó de nuevo acerca de este hecho pidiéndole el motivo legal por el que se negó a inspeccionar el domicilio. 

-Simplemente para evitar la lentitud en los trámites -dijo Isabel-. Ese domicilio era imposible que guardara relación con el caso. Le pedí  a la policía que se asegurara de que era esa la dirección y, al comprobar que seguían dándome el mismo dato, decidí denegarles la autorización.

-¿Por qué está usted segura de que ese domicilio no guarda relación con el caso? -preguntó el juez instructor.

-Es una tienda de ropa, la conozco muy bien.

Al juez instructor, que decidió no seguir con el interrogatorio aquel día, le faltaba tiempo para filtrar la noticia a la prensa después de oír esto. Al día siguiente, los periódicos de todo el país hablaban de este suceso. Hubo uno que llamaba a Isabel "la jueza Barbie" y la acusaba de haber cometido la frivolidad de confiar ciegamente en un colaborador de un terrorista porque vendía vestidos muy bonitos y elegantes. Toda la prensa prácticamente pedía su cese de la administración pública, no se podía ser jueza y ser "mona" al mismo tiempo. Incluso las altas instancias políticas querían que "esta señorita" dejara de ser juez a la mayor brevedad posible.

Isabel calló hasta el día de ser de nuevo citada. 

-Señora Isabel Rebeca -dijo el juez instructor-, ¿se da cuenta perfectamente de que usted ha cometido una grave negligencia al confiar en la honradez de su proveedor de ropa pese a las sospechas ciertas de la policía?

-Señoría -dijo Isabel-, creo que usted ha actuado con más negligencia que yo al filtrar mis declaraciones, lo que no tiene absolutamente ninguna disculpa y me encargaré de denunciarlo; en cuanto a mí, mi única negligencia fue no indicar el motivo por el que me negaba al registro domiciliario del número 10 de Ronzal. Ha de saber usted que no compro allí mi ropa pues es una tienda especializada en trajes de caballero y, si estoy completamente segura de que sus dueños y dependientes no están implicados en el caso que investigué es porque esa tienda es de mis padres y paso allí prácticamente todo mi tiempo libre.

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