25 de agosto de 2012

La lucha por un pupitre

A Dee

En una escuela de un pequeño pueblo de México, los pupitres escaseaban y tocaban a pupitre por cada dos niños. Uno de los niños era un indio, muy bondadoso e inocente, y su compañero de pupitre, que era el hijo del maestro, había separado con una raya de lápiz su parte de la de este niño para que no hubiera conflictos  entre ellos sobre el espacio de la mesa pero el hijo del maestro había sido tan avaro que al niño indígena le había dejado solo la tercera parte dibujando la raya además en forma esquinada por lo que tenía muchas incomodidades a la hora de trabajar con su material escolar.

El niño indio estaba muy molesto por la mala vida que le daba el hijo del maestro, que le pegaba cachetes cada vez que algún lápiz o libro suyo se salía un milímetro de la raya o que incluso a veces hasta se permitía invadir su territorio con sus libros haciéndole todavía más estrecho el espacio que tenía para maniobrar. Un día le dijo a su madre que ya no iba más a la escuela, que como su padre estaba en la cárcel, que él trabajaría para ayudarla a ella.

-No, Pascual -dijo la madre-, tu padre saldrá pronto de la cárcel. Sabes que lo han metido por un robo que no ha hecho. Cuando el maestro le diga al juez lo honrado que es tu padre, el juez tendrá que declararlo inocente.

-Explícame por qué lo han metido entonces en la cárcel -dijo el niño.

-El cacique le tiene odio porque tu padre está haciendo todo lo posible porque no robe nuestra agua para regar sus tierras. Tu padre es un héroe del pueblo indio. Gracias a él, la gente de nuestra raza no desaparecerá.

-Mamá -dijo al oír aquello el niño-, ¿el hijo del cacique va a la escuela?

-No, Pascual... -dijo la madre, cuyo titubeo al responder, en cambio, no dejó de observar el inteligente niño-, todos sus hijos están estudiando en Europa.

-Madre -dijo Pascual-, ¿por qué dicen que el hijo del maestro es hijo del cacique? ¿Puede un niño tener dos padres?

-Sí, hijo -contestó, apurada, la madre-, uno para cuando nace y otro para criarlo. El cacique solo es el padre de nacer, por eso te había dicho distraída que no iba a la escuela ningún hijo suyo. 

-¿Y quién es mi padre de nacer, madre? -preguntó con preocupación Pascual.

Su madre rió con alegría, le alisó el pelo con la mano y le respondió:

-Tú solo tienes un padre para las dos cosas.

Al día siguiente, el niño fue a la escuela con el propósito de imitar a su padre y reclamar al hijo del cacique la parte del pupitre a la que tenía derecho. 

Cuando se hizo la hora de empezar la clase aquella mañana, Pascual entró en la escuela y, como de costumbre, se sentó en un ángulo de su pupitre humildemente. El hijo del maestro llegó después alborotando y dejó de un golpe la cartera sobre el pupitre sin preocuparse si sobrepasaba o no la línea que él mismo dibujara. Entonces, miró con una sonrisa cruel a Pascual y dijo: 

-Enséñame cómo has hecho los deberes, anoche fuimos a comer con mis tíos y, como volvimos tarde, no tuve tiempo de hacerlos.

Pascual le pasó su cuaderno una vez más. Era ya una costumbre casi que el hijo del maestro copiara sus deberes; Pascual transigía por temor pero no creía en sus escusas, sabía que era un perezoso y que abusaba de su esfuerzo. Pero mientras el hijo del maestro copiaba literalmente con su lápiz todos los deberes del día anterior a gran velocidad, Pascual le preguntó:

-¿Te gustaría que todo el pupitre fuera tuyo y que yo me sentara en el suelo?

El hijo del maestro paró un segundo de escribir y dijo:

-Sí, porque eres un indio y no vales lo mismo que yo, que soy el hijo del maestro.

-Haré una apuesta -dijo Pascual-, si me dices quién es el presidente de México, te doy todo el pupitre para ti pero, si no me lo sabes decir, me das tu parte y tú coges la mía. 

El hijo del maestro rió y se frotó las manos, lleno de jactancia. 

-¡Está chupado! -dijo-. ¡Qué fácil! De acuerdo, acepto la apuesta... El presidente de México es Enrique Peña Nieto.

-Dame tu sitio -dijo Pascual-, ese no es el presidente de México.

-¡Sí que es el presidente de México! -gritó nervioso el hijo del maestro.

-No lo es -dijo Pascual-, ese es el presidente de los que crían México pero el presidente de los que lo hicieron nacer es mi padre.

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