6 de agosto de 2012

La Guerra del Archipiélago Malayo

A Mónica Benítez Tarrés

El escuadrón E-50 estaba acampado frente al templo sin atreverse a cometer una infamia contra Dios entrando con violencia en el recinto sagrado, donde estaba metido el mando supremo del último reducto de resistencia en el sudeste.

El oficial al mando del escuadrón pidió a su subordinado a cargo de la radio que le pusiera con el cuartel general. El subordinado accionó los botones del artefacto y le pasó el auricular:

-Aquí el comandante Álvarez, aquí el comandante Álvarez, general Smith, tenemos una problemática.

-Aquí el general Smith -respondió el aparato-. ¿De qué problemática se trata?

-Mi general, estamos a punto de cazar a la cúpula de la resistencia del sudeste pero no nos atrevemos a continuar la ofensiva porque se han refugiado en un templo.

-Mi enhorabuena, es una gran noticia, Álvarez, serás condecorado si conseguimos solucionar este contratiempo de narices. De momento continúa cercando el templo sin hacer nada. Voy a pedir consejo al Secretario de Defensa.

El general Smith, dejó el auricular de la radio y volvió a su despacho en un barracón del frente noreste abanicándose con un pai-pai. Una vez allí, conectó el ordenador y envió un mensaje al chat del Secretario de Defensa. Su mensaje decía:

Estimado y honorable señor Secretario de Defensa, la guerra está a punto de terminar, gracias a Dios, pero el oficial que lleva a cabo la batalla final necesita permiso para entrar con sus fuerzas en un templo.

Al cabo de unos diez minutos, en el chat aparecía este breve y desconcertante mensaje:

¿Quién es usted y de qué guerra me está hablando?

El general Smith se apresuró a teclear la respuesta que se le demandaba no sin un cierto grado de perplejidad.

¿Qué guerra va a ser, señor Secretario de Defensa? La del archipiélago malayo. Fue usted mismo quien me nombró para dirigir la campaña, soy el general Smith...

Está bien, Smith, siga a la espera.

El Secretario de Defensa, Alberto Krulls, sentado en su despacho de la capital del Estado, cogió el teléfono y llamó a su secretario.

-Chi Tsi, hazme el favor, búscame entre los asuntos pendientes "guerra del archipiélago malayo"

-Jamás he oído hablar de ese asunto, señor Krulls -dijo Chi Tsi- dudo que en el archivo haya un tema con ese nombre. Pero buscaré por si acaso.

Al cabo de media hora, Chi Tsi entró con una enorme cara de felicidad esgrimiendo un escueto portafolios y diciendo:

-Tenía usted razón, señor Krulls. ¡Hay una "guerra del archipiélago malayo"! Se me pasó totalmente por alto, ¿cómo he podido ser tan despistado? 

Alberto Krulls tomó en sus manos el portafolios y comenzó a leer. 

-Esta guerra hace cuatro años que se inició y ya ni me acordaba de ella -dijo una vez leído todo el informe-. Claro, tiene uno la cabeza en los problemas de todos los días y pierde de vista lo más importante. ¿Sabes que mi hija ha suspendido el francés? La voy a castigar duramente...

Chi Tsi sonrió, condescendiente, de pie ante la mesa del Secretario de Defensa.

-Pero aquí no dice por qué iniciamos el conflicto, Chi -continuó Krulls repasando con los ojos los tres folios del informe-, y yo no me acuerdo tampoco. Ponme al teléfono con el Alto Mando Militar.

John Juan Huang, un hombrecillo de edad mediana de baja estatura y movimientos vivarachos que estaba comiendo un canapé en una fiesta muy elegante, escuchó el sonido de su móvil, pidió disculpas al corrillo de señoritas en cuya compañía estaba y se dirigió a la terraza para contestar.

-Dígame. Buenas tardes, señor Secretario. ¿La guerra del archipiélago malayo? ¿Y es seguro que somos nosotros los que la hacemos? Perdone mi ignorancia, ya sabe que estoy poco tiempo ascendido... En media hora le informo del detonante y de las motivaciones del conflicto, señor secretario, tenga la seguridad.

Casi una hora después, Alberto Krulls, levantó el auricular del teléfono de su despacho.

-¡No me diga! -dijo con tono de asombro-. ¿Ese es el motivo por el que se inició? No me puedo creer que estemos manteniendo todavía esa guerra cuando podríamos haber utilizado el dinero que nos cuesta en investigación sobre armas superpotentes y entrenamiento de hombres de peligrosidad elevada. Y lo peor es que hemos estado tirando piedras contra nuestro propio tejado. Hay que buscar enseguida responsables. Chi Tsi será el primero que caiga, no me gusta su cara de hombre dormido...

El general Smith tras mucho tiempo de esperar, al fin recibió en el chat el siguiente mensaje.

Smith, diga a su hombre que abandone el campo de batalla. Vuelvan todos a casa en el primer portaaviones que encuentren.

Smith, absolutamente asombrado tecleó este mensaje:

 ¿Y cual es el motivo de esta decisión? Si nos vamos ahora, perderemos la guerra...

El mensaje que el secretario de Defensa  introdujo a continuación en el chat decía esto:

Smith, iniciamos esa guerra para conseguir petroleo del país en el que estás. Pero, a los tres días, su rey nos hizo donación de todo el crudo que se extrajera de sus yacimientos a cambio de la paz. Sin embargo hasta hoy no hemos podido beneficiarnos de esta cesión porque el país estaba en guerra.

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