23 de agosto de 2012

La charla del café

A Encarnación Alcalde Brotons

-Como te cuento, Fani... No descansas hasta que no sabes qué es el hijo que has tenido. Cuando el médico me dijo el nombre, me dio un alegrón porque pensé: "Amelia, no sabes qué diantre significa esa palabra pero, por lo menos, ya puedes estar tranquila porque tu hijo no es raro y, si es raro, al menos está en manos de la ciencia, lo cual tranquiliza un montón..."

Amelia sorbió la taza de café y mordió el pastelito de crema mientras su amiga Fani le replicaba así:

-Ay, Amelia, lo que pasé yo con mi madre hasta que el médico me dijo que le quedaban dos meses de vida... A ella no le gustó nada pero yo sentí que me tranquilizaba por dentro porque la incertidumbre es... ¡horrorosa! -Fani remarcó con voluptuosa intensidad cada una de las sílabas de la palabra horrorosa; queriendo con ello enfatizar lo mal que lo había pasado pero también indicar que el quid de la cuestión estaba en la palabra incertidumbre a la que se refería ese adjetivo.

-Pues sí, hija, sí... -dijo Amelia-. El doctor me dijo que mi niño era autista y yo no le pregunté ni lo que era. Solo sonreí de oreja a oreja y le dije: "Doctor, no sabe lo que me alegra saber que lo que tiene mi niño tenga un nombre científico, ahora ya me lo pueden curar." "La enfermedad de su hijo es prácticamente incurable" -me contestó él. Yo me puse triste pero, al instante, me sentí animada de nuevo y dije: "Pero al menos, si tiene nombre, lo de mi hijo no acaba con la civilización occidental." 

-Gran pensamiento, Amelia -dijo Fani-. Estuviste poeta en aquella ocasión.

-No soporto lo que está fuera de lugar -dijo Amelia-. Es superior a mis fuerzas. Cuando veo que el perro se hace pis en el salón, me pongo mal de los nervios...

-Y yo cuando a mi marido se le cae la baba sobre la almohada cuando duerme de lado -dijo Fani dando una palmada sobre la mesa-. Y lo malo es que, cuando se pone boca arriba, es peor porque ronca...

-Yo hace tiempo -dijo Amelia- que le prohibí a mi marido roncar. "O duermes en silencio o dormimos cada uno en una habitación." Y, desde que se lo dije, ni rechista. 

-¡Qué misterioso! -dijo Fani mirando embobada a Amelia.

-Pues yo creo que lo que pasaba es que subconscientemente me quería hacer rabiar y, cuando se dormía, al aflorar los contenidos latentes, roncaba una cosa mala -dijo Amelia.

-Vaya, vaya, Amelia, con ese libro de Freud que has leído has aprendido bastante; estás hecha una doctora -dijo Fani.

-Tenía que leerlo porque me daba miedo encontrarme con un loco y no darme cuenta -dijo Amelia-. Ahora ya los identifico mejor.

-Eso está bien -dijo Fani-. Yo también he leído un libro sobre perros y ahora distingo muy bien las razas; menos en los casos de cruces o de chuchos callejeros, que para eso ya no me alcanza la ciencia.

-Mujer -dijo Amelia, deseosa de liberar a su amiga de su modestia-, con saber las razas ya te basta. Los cruces son cruces y los chuchos, chuchos lo mismo que los pastores belgas, pastores belgas y los doberman, doberman.

-Hablando de tu hijo -dijo Fani entonces-. ¿Qué porcentaje de minusvalía tiene?

-El setenta y cuatro con cuarenta y cinco -dijo Amelia.

-¡Qué precisión la de los técnicos! ¡Para pasmarse! ¿Y qué le vieron a tu niño para ponerle hasta decimales? -dijo Fani sorprendida.

-Algo muy grave seguramente porque mi niño no es normal -Amelia pronunció estas palabras con el énfasis de quien quiere que el oyente sobreentienda todo un mundo detrás de ellas.

-Los que sí lo somos deberíamos apreciar en su justa medida lo maravilloso que es ser una persona normal -dijo Fani.

-Y que lo digas, Fani -dijo Amelia-. Yo, a veces, quisiera hasta ser un hombre para ser completamente normal...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario