27 de agosto de 2012

Inferioridad

A Isi Dávila

   Estudiante universitario de 20 años, cumplidos la semana anterior, Alberto, encerrado en su habitación del piso de estudiantes y con el libro abierto ante él pero sin leerlo, cavilaba con amargura acerca de su mediocridad. 

   Los compañeros de piso con los que se comparaba, desbordaban erudición mientras que él desconocía la mayoría de las materias cuyo dominio demostraban sobradamente ellos en las horas de tranquila tertulia de la noche. 

   Además, pensaba que su inteligencia dejaba mucho que desear pues no solo era frecuente objeto de los comentarios satíricos de sus compañeros y amigos sino que, extraordinariamente tímido, apenas sabía manejarse bien en el mundo en las pocas ocasiones en que se arriesgaba a hacer solo una gestión. Por ejemplo, cuando no conocía la localización de una calle en la que iban a celebrar una conferencia o un concierto, se abstenía de ir si tenía que hacerlo él solo pues no era capaz de retener las indicaciones minuciosas que daba la gente a la que preguntaba por aquella dirección. 

   Sus compañeros de facultad, cuando hablaban de las asignaturas de su curso, mostraban haber llegado mucho más lejos que él en la comprensión de los temas y seguían perfectamente el hilo argumental de un autor difícil muchas páginas más adelante de cuando él lo había dado por absolutamente ilegible y había abandonado, decepcionado, la lectura.

   Pero lo que le producía ahora más dolor era que la chica en que él se había fijado el año anterior era este año novia de un individuo extrovertido y muy competente como estudiante pues intercambiaba impresiones con el profesor muy a menudo durante las clases. 

   De ese sujeto lo envidiaba todo: era de inteligencia despierta y personalidad arrolladora y físicamente era atractivo; en resumen, tenía todo lo que él echaba en falta en sí mismo. No le extrañaba que aquella chica, Natalia, lo considerara mejor partido que él. 

   Bajó a la calle y comenzó a caminar sin rumbo. Le gustaba caminar de noche, la ciudad parecía vacía a esas horas. Más de una noche la había pasado entera recorriendo por placer avenidas y callejuelas, descansando, cuando ya sus piernas le pedían un respiro, en un banco de un parque en penumbra o en el saliente de piedra de la pared del río, y retomando luego la caminata en el silencio tranquilizador de la madrugada que le dejaba escuchar su paso apresurado y solo interrumpido por el paso de algún coche o camión, como el de la basura, con el que se tropezaba de vez en cuando. Veía amanecer rumbo a casa y entraba en ella cuando los compañeros aún dormían o estaban desayunando con el pijama puesto todavía y se asombraban de verle vestido y llegando del exterior.

   Pero aquella noche no tenía previsto hacer ninguna caminata trasnochadora. Solo quería liberarse de la frustración que le producían sus pensamientos dando un paseo. 

   -Nacer siendo un Basilio sí es tener suerte en la vida -pensó refiriéndose al dechado de perfecciones con quien ahora iba Natalia-. Pero al que nace siendo alguien como yo solo le espera amargura...

   Muchas veces sentía cierto deleite como ahora en martirizarse hablando de sí mismo como de alguien que hubiera fracasado para siempre en la lucha por la felicidad a pesar de no haber pasado ni una semana desde que se estrenó como veinteañero. Viendo en su desgracia algo definitivo, al menos podía  desentenderse de ella y sentirse como si fuera otro, liberado ya de ese problema. Cualquier cosa era buena con tal de evitar  prolongar el sufrimiento al que le sometían aquellos remordimientos y preocupaciones. De ese modo, pagaba con su tristeza el verse libre de la ansiedad.

   -El mundo está lleno de los Basilios -se dijo-, las personas normales son triunfadoras, no se ahogan en un vaso de agua como yo. Jamás seré nadie. No puedo competir con los Basilios. Voy a fracasar. Tendré que acabar trabajando en el negocio de mi padre...

   Caminaba por las cercanías de la Universidad cuando vio emerger de las penumbras de la calle una figura de rasgos intensamente familiares cuya presencia le hizo acelerar los latidos de su corazón y llenó su ánimo de una triste añoranza. Era la chica de la que se había enamorado el curso pasado, Natalia. Venía sola, con una carpeta y un libro entre sus brazos. 

   De no ser por cierto incidente, habrían pasado uno al lado del otro sin decirse nada, si acaso esbozando una sonrisa cordial, pero Natalia tropezó en el ripio de una zanja y cayó sobre el pecho de Alberto. Este cayó al suelo con ella pero, mientras que ella cayó sobre el mullido cuerpo de Alberto, este dió con uno de sus codos en una piedra produciéndole un enorme dolor que manifestó con un bufido quejoso.

   -¡Por Dios! ¡Perdona, Alberto! -dijo Natalia incorporándose- ¿Te has hecho daño?

   -Cayéndome tú encima, nunca -dijo con ironía Alberto.

   -¿Por qué yo especialmente? -preguntó Natalia. 

   Alberto, mientras se levantaba del suelo, dudaba si le diría la verdad o le podría la timidez.

   -Bueno, porque... -Alberto dejó pasar unos segundos más antes de acabar de atreverse a decirlo, después continuó- estuve enamorado de ti.

   -¿En serio? -dijo Natalia-. ¿Y ya no lo estás? ¿Por qué? 

   -No es que no lo esté -dijo Alberto- pero como ya tienes novio... 

   -Yo no tengo novio, Alberto -dijo Natalia-.

   -¡No tienes novio! -exclamó Alberto-. Yo creía que Basilio era tu novio. 

   -Basilio no me interesa nada -dijo Natalia-. Mira, Alberto, te voy a confesar una cosa que quizá te haga pensar mal de mí pero confío en que lo acabes comprendiendo. Me dejo ver mucho con Basilio para dar celos a un chico en el que estoy interesada. 

   -Bueno -dijo Alberto-, no tienes novio pero tu corazón está ocupado de todas formas. No tengo ninguna esperanza, a eso me refería. 

   Natalia, con sus bellos ojos negros brillándole en la semioscuridad y fijos en el rostro de Alberto dijo con voz profundamente seductora:

   -Es que el chico en el que estoy interesada eres tú, imbécil.

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