18 de agosto de 2012

El rey de los reencarnados

A Vanessa Richard

El enorme vientre de Jefuda Tragantre tembló blandamente mientras se acomodaba como podía en el trono. La hebilla metálica del cinturón de sus pantalones estuvo a punto de estallar bajo su túnica de relucientes estrellas bordadas con hilo de oro con el bailoteo que hubo de hacer para encajar el trasero en el asiento mesiánico.

Los dos sacerdotes oficiantes, vestidos a la manera de Star Trek, que le seguían en el cortejo hasta el altar, encajaron sus espadas láser de juguete en dos hendiduras en el respaldo del trono de forma que quedaron cruzadas sobre la cabeza de Jefuda Tragantre, el Gran Enviado de la Osa Mayor, Rey de los Reencarnados de la Tierra y Máximo Sacerdote del Dios Zumbadwey. 

Los fieles se habían puesto en pie al entrar estas tres figuras y estaban muy ocupados haciendo con los brazos, las manos y la cabeza unos extravagantes gestos que repetían una y otra vez del mismo modo. De pronto uno de los dos oficiantes dio en la mesa del altar unos golpes con una maza como de juez y dijo:

-Emitamos vibraciones al cosmos, hermanos.

Entonces todos los asistentes comenzaron a hacer vibrar sus cuerdas vocales tirando el aire por la nariz. Durante unos tres minutos, aquel sonido dio al templo una ligera semejanza con una cuadra de ganado vacuno. Un nuevo golpe de maza interrumpió los mugidos y recomenzaron los signos mímicos de los asistentes. El otro oficiante se colocó ante un atril con un micrófono y dijo:

-Zumbadwey no permite que tropecéis en el escalón de vuestro portal.

Y a continuación todos respondieron al unísono:

-Los portales son de Zumbadwey.

Entonces el oficiante buscó una página del libro del atril y leyó:

-Sentencia mil doscientos treinta y cuatro de las sesiones de ouija de Praga: "Oh, Prole Reencarnada de la Tripulación del Viaje Fecundador, Zumbadwey nos protege, Zumbadwey nos guía, Zumbadwey dispone, Zumbadwey castiga nuestros errores, debemos obedecer a Zumbadwey porque Zumbadwey es nuestro  gran plan, el único plan que nunca falla."

Buscó de nuevo una de las páginas y leyó:

-Sentencia cuatrocientos cincuenta y dos de las sesiones de ouija de Bucarest: "No temáis los cortocircuitos en el panel de mandos, temed solo a Zumbadwey porque no siempre el técnico electricista estará sobrio"

Luego leyó:

-Sentencia ochocientos noventa de las sesiones de ouija de Praga: "Zumbadwey os quiere iguales porque no tiene un plan para cada hombre."

Por último, leyó:

-Sentencia mil doce de las sesiones de ouija de Milán: "Oh, Prole Reencarnada de la Tripulación del Viaje Fecundador, para que todos los hombres sean iguales, Zumbadwey ha creado unos poquitos diferentes que cargan con lo que os sobra."

A continuación dijo: 

-Hermanos, sed generosos con Jefuda, él tiene que cargar con lo que os sobra.

El otro oficiante recogió entonces en una canastilla los abundantes donativos de los asistentes.

Cuando todos habían dado ya su dinero, Jefuda se intentó levantar pero estaba tan encajado en la silla que se puso en pie con ella pegada a su trasero. Los oficiantes consiguieron sacársela pero en ese momento la hebilla de su cinturón acabó de romperse y su pantalón quedó a la altura de sus talones. Los oficiantes iban a levantárselos de nuevo pero él temía que la operación descubriera parte de su rolliza desnudez y se lo impidió con un gesto. A pasitos cortos intentó bajar las escaleras con tan mala fortuna que tropezó y cayó sobre los escalones remangándose su túnica intergaláctica con lo que exhibió sus calzoncillos de lunares rojos a toda la feligresía. 

Los diligentes oficiantes le volvieron a tapar el trasero y le ayudaron a reincorporarse pero se olvidaron de subirle los pantalones y siguió caminando a pasitos cortos hasta franquear la puerta de la sacristía.

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