27 de agosto de 2012

El juez Hakêm

A Nadia Benkouider

Farid, un jovencito de 17 años, fue a casa de un juez llamado Hâkem a pedirle unos documentos de parte de su padre, que era un abogado. Farid tenía poca malicia, no creía que nadie necesitara que los demás le prodigaran muestras de excesivo respeto, un respeto que, pensaba Farid, siendo algo natural y corriente entre los seres humanos, se sobreentendía con tan solo mostrar una simple sonrisa de camarada.

Este poco advertido muchacho llamó a la puerta de Hâkem y le abrió su esposa. 

-Hola, señora, ¿cómo te encuentras? -dijo Farid alegremente-. He venido a hablar con Hâkem, ¿es esta su casa?

La mujer, en silencio y reclinando en rostro modestamente, asintió y dejó la puerta abierta para que pasara Farid.

Farid siguió a la mujer mientras comentaba lo bella y grande que le parecía aquella casa. Mucho más bella y grande que la de su padre y, desde luego, muchísimo más que la de cualquier campesino. La mujer guardaba silencio mientras seguía caminando hasta la habitación donde el juez trabajaba a esas horas.

Al llegar, vieron a Hâkem dando cabezadas en su despacho y roncando desmesuradamente con unos papeles todavía agarrados en la mano pero se despertó ante las carcajadas de Farid.

-¡Ah, Hâkem, amigo mío...! -dijo Farid alegremente-. Te he encontrado durmiendo como un dromedario en noche de luna creciente... Me has hecho reír, alabado sea Alá por esto y tú bendecido mil años.

A Hâkem, que unía a su mal humor por haberse despertado su indignación al comprobar lo poco que  se intimidaba aquel jovenzuelo desconocido ante su venerable presencia, le vino una cólera tremenda pero, como, si la descargaba sobre aquel muchacho que parecía desconocer el respeto por la jerarquía, este no aprendería nada y seguiría tratándole con irreverencia, cogió su bastón y le dio un bastonazo a su esposa diciéndole:

-¡Mala mujer, vete a la cocina con los sirvientes! ¿O es que quieres escuchar lo que hablamos los hombres?

Farid, que nunca había visto a un hombre mostrándose tan a las claras dueño y dominador de una mujer, se sintió cohibido y pensó que había entrado en un reino donde unos valían más que otros y comenzó a preguntarse cuánto valía él y cuánto el juez Hâkem.

Hakêm dijo entonces en tono muy cordial y amable:

-Dime, muchacho, ¿a qué has venido a esta casa que es tuya?

-Hâkem... -comenzó a responder el muchacho.

-Muchacho, has de llamarme "señor juez", no Hâkem -dijo el juez entonces gravemente.

Farid se llenó de extrañeza ante lo que el juez le decía. ¿Cómo podía una persona obligarle a hablar de una manera y no de otra? ¿Por qué, si él era persona igual que el juez, tenía que ceder parte de la soberanía de su lengua a aquel individuo? En ese momento, empezó a sospechar que el de aquella casa era un reino donde él valía menos que Hâkem.

-Señor juez -continuó Farid-, vengo por unos papeles por los que me envía mi padre el abogado.

-Entiendo, muchacho -dijo el juez-. Pero has de esperar al menos dos horas en la habitación de los administrados, soy un hombre muy ocupado y no puedo perder mucho el tiempo -en realidad el juez pensaba dormitar un poco en la mecedora.

Definitivamente, el muchacho, que se disponía a aguantar dos largas horas de tedio, supo entonces que allí valía mucho menos que el juez pero un poco más que las mujeres porque no le había dado con el bastón.

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